EARL E. T. SMITH
EX-EMBAJADOR DE LOS ESTADOS UNIDOS EN CUBA
EL CUARTO
PISO
RELATO SOBRE LA REVOLUCION COMUNISTA DE CASTRO
La Moderna Poesia, Inc. Cultural Puertorriqueña, Inc. Miami, Florida San Juan, Puerto Rico
Título original: THE FOURTH FLOOR Publicado por Random House, Inc.
Ediciones previas en español: 1963, 1966 y 1968 publicadas por Editorial Diana, S.A., México
Traducción de: Eduardo Escalona
Copyright O Earl E.T. Smith, 1963. Copyright O Cultural Puertorriqueña, Inc., 1983.
Impreso en República Dominicana Printed in the Dominican Republic
Impreso por:
EDITORA CORRIPIO, C. por A.,
Calle A, Esq. Central,
Zona Industrial Herrera,
Santo Domingo, República Dominicana
A mi esposa Florence
Haré donación del producto de la venta de esta
obra al fondo de ayuda de los exiliados cubanos en
los Estados Unidos. La editorial norteamericana
Random House determinará la distribución que deba darse a dichos fondos
Contenido
Prólogo 9 Capitulo I
Me nombran embajador . 11 Capitulo II
Los primeros días . 16 Capitulo IF
El incidente de Santiago . 23 Capítulo IV
Dificultades con Batista . 33 Capítulo V
Fidel Castro y la CIA 35 Capitulo VI
La cuerda floja 41 Capitulo VII
Censura y propaganda 45 Capítulo VIH
La disolución 50 Capítulo TX
Asesinato y confianza . 57 Capítulo X
Conferencia de prensa en Washington . . . . 62
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Capítulo XI
Promesas rotas y decepciones Capítulo XII
Las elecciones y la intervención . Capítulo XIH
La base naval de Guantánamo . Capitulo XIV
Intervención norteamericana y caída de Batista .
Capttulo XV Los procedimientos comunistas . Capítulo XVI Las elecciones que fracasaron Capitulo XVII La ambigiedad del Departamento de Estado . Capitulo XVIH La eliminación de Batista Capitulo XIX La chusma en el poder . Capítulo XX Castro toma el poder . Capítulo XXI Obligaciones y facultades de un embajador Capítulo X XII ¿Qué significa todo esto? .
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Prólogo
Me decidí a escribir la Presente obra porque estoy con- vencido de que mi experiencia como embajador de los Estados Unidos en Cuba fue insólita en el sentido de que vivi la revo-
lución comunista de Castro, y considero que tengo con el
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riencia, no solamente he descubierto que el mecanismo de
Cuando empecé a trabajar en este relato de mi experiencia como embajador de los Estados Unidos en Cuba, me inguie-
ramental, había sido nombrado por el Presidente Eisenhower y había trabajado a las órdenes del Secretrio de Estado John Foster Dulles, Por quienes siento un gran respeto.
Los hombres a quienes tendré que censurar fueron mis colegas, y a algunos de ellos los admiro como funcionarios del gobierno y les profeso simpatía como seres humanos. Es difícil ser tan objetivo que se olvide uno de todos estos factores hy. manos, y es aún más diftcil introducir en la compleja vida de
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10 PRÓLOGO
una nueva administración pública la crítica de un gran depar- tamento del gobierno que, a mi juicio, necesita mejorar sus métodos internos.
¿Adoptaré la actitud de aquél al que le dan la oportuns- dad de vivir una experiencia interesante y guarda silencio? Mu- chos la adoptan porque es el camino más fácil. No está en mi naturaleza perjudicar a nadie ni considerar que mis ideas son superiores a las de los demás. ¿Por qué no dedicarme 4 lo que me interesa, llevar la vida tranquila a que estoy acostumbrado y dejar a los periodistas la tarea de revelar la verdad?
Por otra parte, no puedo olvidar que los Estados Unidos han sido generosos conmigo y con mis antepasados, y que mi primera obligación es para mi patria. Eso es lo que me ense. ñaron a creer. De lo contrario, nunca habría aceptado un puesto público ni habría prestado el juramento de proteger y defender a este país.
Por lo tanto, sólo he escrito este libro como una nota a la historia y a la ciencia del gobierno. No puedo tener otro
propósito.
EarL E. T. SMITH
Nueva York, junio de 1962.
Capitulo I
ME NOMBRAN EMBAJADOR
Presté juramento como embajador de los Estados Unidos en Cuba el 13 de junio de 1957, en una ceremonia a la que asistieron mi esposa; mis dos hijas, esposas de Augustus Paine H y de William Hutton; la esposa de un joven senador de Massachusetts, John F. Kennedy; el Secretario de Estado, John Foster Dulles; Wiley Buchanan, jete de protocolo, y otros fun- Cionarios del Departamento de Estado.
Cuando no he estado al servicio de mi país, he trabajado activamente como corredor de inversiones y director de una sociedad anónima. He sido miembro de la Bolsa de Nueva York durante más de treinta años.
He participado en la política, tanto en el nivel nacional como en mi Estado natal de Florida. He servido a los Estados Unidos por designación presidencial de Franklin D. Roosevelt como uno de los miembros de la Junta de Producción Bélica, con el sueldo de un dólar al año, y después de Pear] Harbor como miembro de las fuerzas armadas en ultramar durante la Segunda Guerra Mundial. Me nombró el Presidente Eisen- hower para acompañar al Vicepresidente Nixon en enero de 1956 como miembro de la delegación norteamericana a la toma de posesión del Presidente brasileño Juscelino Kubitschek en Río de Janeiro. Fui designado embajador del Presidente Ej. senhower en tiempos muy difíciles. Fui elegido personalmente por el Presidente Kennedy para servir como embajador en
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Suiza. Aunque me honró el hecho de que el Presidente Ken- nedy creyera que podía ser útil a mi patria, le pedí que reti- rara mi nombre debido a la controversia que esto suscitó.
El gobierno suizo representaba los intereses de los Estados Unidos en Cuba. Mi oposición a Castro y a su gobierno era bien conocida y se remontaba a la época en que presté mis servicios en La Habana. Había indicios de que los suizos con- sideraban que mi presencia en Suiza complicaria las respon- sabilidades que había asumido su gobierno a favor de los Estados Unidos en Cuba. Debido a ello, escribí al Presidente: “A mi juicio, será para bien de los intereses de mi patria en esta cuestión que no se tome en cuenta mi nombre como emba- jador en Suiza.”
Cuba fue una misión diplomática que desde hacía mucho había deseado. Mi interés por Cuba nunca fue superficial; he visitado ese país desde 1928. Conozco al pueblo y al país, y tengo muchos amigos cubanos. He hablado el francés y el ale- mán desde mi niñez. Estudié el español en la Escuela del Ser- vicio Exterior y seguí tomando lecciones de este idioma en la embajada de La Habana. Había viajado mucho y conocia bien a Cuba, y consideré que podría juzgar los pensamientos y sen- timientos del pueblo cubano debido a la estrecha relación que había tenido con la isla durante tantos años. Me daba muy bien cuenta de que la misión sería una especie de desafio personal, pero esto no hizo más que estimular mi interés.
Sabía, aun antes de ir a Cuba, que tendría que tratar con la revolución de Castro. Ignoraba entonces qué fuera una revolución comunista, y ni los funcionarios del Departamento de Estado, ni Herbert Matthews, del New York Times, con quien recibi instrucciones de obtener una orientación general, me informaron que entre mis obligaciones figuraría la de ob- servar la revolución comunista de Castro.
Hoy sé que quienes se encargan de los asuntos cubanos en el Departamento de Estado habían sido advertidos por mu- chas fuentes de la infiltración comunista en el Movimiento
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26 de Julio! y de que algunos simpatizadores comunistas ocu- paban puestos importantes en el Movimiento, sobre todo entre las tropas que dirigía Raúl Castro.
Desde la época en que Castro desembarcó en Ja Provincia de Oriente en diciembre de 1956, el Departamento de Estado recibió informes sobre la probable infiltración y explotación comunista del Movimiento 26 de Julio. El Departamento de Estado tenía conocimiento de las relaciones de Castro con los comunistas de México. Ciertos funcionarios de dicho departa- mento conocían el papel que había desempeñado Castro en el levantamiento de inspiración comunista de Bogotá, conocido con el nombre de "bogotazo”, de 1948. Además de mis infor- mes y de la información que recibía de otras fuentes, el Depar- tamento de Estado contaba también con los informes de su propia Oficina de Investigación e Inteligencia.
Nada de esto se dio a conocer al pueblo norteamericano. Ahora estoy convencido de que ni al Presidente Eisenhower, ni al Secretario de Estado John Foster Dulles, se les dio la información de que disponían los funcionarios del Departa- mento de Estado y la Agencia Central de Inteligencia (CIA).
Mi orientación oficial comprendió una larga conversación en Nueva York con Herbert Matthews. Dicha orientación me la sugirió William Wieland, director de la Oficina de Asuntos del Caribe y de México, y fue aprobada por Roy R. Rubottom, Subsecretario de Estado para los Asuntos Latinoamericanos.
El señor Matthews me informó que tenía puntos de vista muy bien fundados sobre Cuba y la América Latina en gene- ral. Tenía la firme creencia de que sería mejor para los inte- reses de Cuba y del resto del mundo que Batista abandonara el poder. El señor Matthews tenía una opinión muy desfavo- rable de Batista. Lo consideraba un dictador derechista, cruel y corrompido.
— mo. A es, Sl.
1 El nombre tiene su origen en el ataque al cuartel “Moncada”, en Santiago, el 26 de julio de 1953, que fue dirigido por Fidel y Raúl Castro.
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La importancia de la orientación que me dio el señor Matthews estriba en que revelaba el modo de pensar y los objetivos de quienes tenían influencia en el personal subal- terno del Departamento de Estado en esa época, pués las Opi- niones del periodista del New York Times sobre Cuba eran objeto de gran publicidad. En febrero de 1937, Herbert Mat- thews visitó a Fidel Castro en las montañas de la Sierra Maes- tro. Como resultado de esa visita, escribió tres articulos sobre Castro que aparecieron como columnas principales en la pri- mera página del New York Times durante tres dias distintos. El periódico publicó también fotografías de Fidel Castro y Herbert Matthews para disipar los rumores de la muerte del primero. En dichos artículos, Matthews elogiaba a Castro, lo pintaba como un Robin Hood político y lo comparaba con Abraham Lincoln.
El 30 de agosto de 1960, al responder al interrogatorio ante un subcomité de la Comisión Judicial del Senado de los Estados Unidos sobre el papel que habían representado los Estados Unidos en la toma del poder de Castro y el comunismo en Cuba, declaré:
Los órganos del gobierno de los Estados Unidos y la premsa nor- teamericana representaron un papel muy importante para que Castro Megara al poder.
Tres artículos de primera página del New York Times, escritos ya en 1957 por el editorialista Herbert Matthews, sirvieron para inflar a Castro hasta darle una estatura mundial y para que el mundo lo conociera. Hasta ese tiempo, Castro no había sido más que otro ban- dido en las montañas de la Provincia de Oriente de Cuba, con un puñado de partidarios que habían aterrorizado a los campesinos de toda la región.
Fidel Castro desembarcó en la costa meridional de Oriente en diciembre de 1956, desde México, con una fuerza expedicionaria de ochenta y un hombres. Interceptados por los cañoneros cubanos y los aeroplanos de patrulla, Castro y un puñado de rezagados consiguieron ocultarse en la cordillera de dos mil quinientos metros de la Sierra Maestra.
Después de los artículos de Matthews, que aparecieron tras una entrevista exclusiva por el editorialista del Times en el escondite
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Lincoln, pudo conseguir partidarios y fondos en Cuba y en los Estados Unidos. A partir de entonces, abundaron las armas, el dinero y los soldados de fortuna. Gran parte de la prensa norteamericana empezó a pintar a Castro como un Robin Hood político.
sobre sus palabras. Me había causado gran impresión la dife. rencia de la actitud del secretario hacia el gobierno de Cuba en comparación con las impresiones que había tenido durante mi prolongado periodo de orientación con el personal subal. terno, al que muchas veces se da el nombre de “El Cuarto Piso”.
Las instrucciones finales que recibí del Departamento de Estado eran de viajar por el país, ver a] pueblo y hacer saber a los cubanos que quería conocerlos y conocer sus costumbres,
Llegué a La Habana en el Grand Haven el 15 de julio de 1957, desde Palm Beach, Florida, acompañado por mi esposa y mi hijo, el aya de éste y Ruestro perro,
Capitulo II
LOS PRIMEROS DÍAS
Entre la salida de Ea Habana del embajador Arthur Gardner y mi llegada a esa ciudad, pasaron unas trés O cuatro semanas. A nuestra llegada, encontré una atmósfera de inquie- tud. También me conmovió la esperanza que abrigaba el pueblo de que el nombramiento de un nuevo embajador fuera indicio de una nueva actitud de los Estados Unidos hacia el gobierno cubano.
Algunos de los habitantes de Cuba pensaron que mi nom- bramiento podía presagiar la intervención directa en los tu- multuosos problemas políticos de su país. Sin embargo, mi partida de los Estados Unidos se retrasó deliberadamente para evitar la deducción de que dicho nombramiento había sido un caso de urgencia.
Inmediatamente después de nuestra llegada a Cuba, nos informaron que se habían encontrado tres bombas en los terre- nos del Hotel Nacional, donde pasaríamos nuestras primeras seis semanas mientras se preparaba la residencia de la emba- jada. El consejero ministro Vinton Chapin, que pronto saldría de Cuba para ocupar un nuevo puesto como embajador de los Estados Unidos en Luxemburgo, y Otros funcionarios de la embajada tenían la creencia de que las bombas habían sido colocadas por el Movimiento 26 de Julio para recordar a nuestro gobierno que había una oposición activa Contra el gobierno de Cuba. No obstante, los revolucionarios enviaron
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LOS PRIMEROS DÍAS 17
mensajes a la embajada, por medio de un correo, sosteniendo que las bombas habían sido colocadas por funcionarios del gobierno para impresionar al embajador con la indole terro- rista del movimiento revolucionario de Castro. Con ello, me vi inmediatamente complicado en el fiero oleaje de la política cubana.
En la primera reunión con los principales ayudantes de la embajada, expresé francamente que comprendía que en mi puesto no podría ganar ningún embajador, ya que, para ser correcto, el embajador de los Estados Unidos tenía que ser estrictamente imparcial en los asuntos internos del país al que se le envía. Por una parte, el gobierno norteamericano había sido censurado por querer perpetuar la dictadura de Batista. Por la otra, yo era el representante acreditado de los Estados Unidos ante el gobierno cubano de Fulgencio Batista.
Conocía lo bastante a los cubanos para comprender que hay que estar con ellos o contra ellos, El ser estrictamente im- parcial significaba que no le agradaría a ninguno de los dos bandos. Estaba dispuesto a aceptar la situación, y dije que mis actos no tendrían más guía que lo que yo considerara mejor para el interés de los Estados Unidos,
Uno de mis primeros actos fue el de dar instrucciones de que no se enviara ningún cable de la embajada sin mi apro- bación. Este procedimiento se siguió siempre. Si no estaba yo presente, los cables tenían que ser sometidos a la consideración del subjefe de misión, Vinton Chapin, y, más tarde, al con- sejero ministro Daniel E. Braddock. Lamenté la partida del consejero ministro Chapin para ocupar su puesto como emba- jador en Luxemburgo. Fue sustituido como subjefe de misión por el consejero ministro Braddock, funcionario capacitado, leal y escrupuloso del Departamento de Estado.
A las once de la mañana del 24 de julio celebré mi primera conferencia de prensa en la embajada de los Estados Unidos en La Habana. La conferencia duró una hora y quince minutos y estuvieron representados todos los grandes diarios cubanos (solamente en La Habana había diecinueve), así como
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los servicios internacionales, revistas y noticiarios de cine. La sala de conferencias del último piso de la embajada estaba apiñada. Sentados junto a mí, frente a la larga mesa, se halla- ban el primer secretario John Topping, el consejero ministro Chapin y un intérprete de la embajada que hablaba español. El procedimiento que escogí para reunirme con la prensa fue el de hacer primero una declaración general y luego abrir la conferencia a las preguntas.
Mi declaración inicial fue la siguiente:
Deseo hacerles saber que la señora Smith y yo nos encontramos muy complacidos en Cuba. Los dos estamos estudiando afanosamente el español. Me enorgullece haber sido escogido para esta misión por el Presidente Eisenhower. Admiramos a este país y al pueblo cubano, y nos proponemos ir con frecuencia a otras partes de la isla para conocerlas mejor. Efectivamente, pienso visitar a mediados de la próxi- ma semana, con algunos miembros del personal de esta embajada, a Santiago de Cuba, la Moa Bay, Nicaro y nuestra base naval en la bahía de Guantánamo. |
Estoy consagrado a mantener y fortalecer las buenas relaciones entre nuestros dos países. Los cubanos y los norteamericanos han luchado juntos en varias ocasiones en defensa de los ideales democrá- ticos, y las dos naciones, según considero, serán siempre amigas y alia- das en la lucha común contra la subversión comunista. Cuba es tan leal y ha sido tan buena amiga de los Estados Unidos como cualquiera de nuestras naciones hermanas. Con mucho gusto trabajaré por el for- talecimiento de esas magníficas relaciones.
Después de la declaración, se abrió la conferencia a las preguntas. Segui diciendo que:
La política fundamental de los Estados Unidos hacia Cuba es la de no intervención en los asuntos internos cubanos. Estamos más unidos que otros pueblos del mundo, no sólo geográficamente, sino por afinidad. Estoy cierto de que el pueblo cubano ama la paz y confío en que pueda resolver sus problemas a su manera, pues los problemas cubanos deben ser resueltos por el pueblo cubano, sin intervención exterior ?.
1 Times de La Habana, 25 de julio de 1957.
LOS PRIMEROS DÍAS 19
Naturalmente, los representantes de la prensa hicieron en seguida numerosas preguntas acerca de cuál de las facciones políticas cubanas sería recibida en la embajada, y socialmente en la residencia del embajador, Reiteré: “Estoy dispuesto a recibir y hablar con cualquiera que se acerque a mí por los conductos normales con el objetivo de explicarme sus puntos de vista, pero no celebraré ninguna reunión clandestina.”
Otro miembro de la prensa insistió en el mismo tópico, expresado en lenguaje distinto, pues, con la inquieta y agitada situación política de Cuba, era del mayor interés saber quién sería recibido por el embajador de los Estados Unidos. Querían saber con exactitud qué dirigentes de la oposición serían invi- tados para conferenciar conmigo en la embajada. Me pregun- taron: “¿Quiere usted decir que recibirá y hablará con todos y cada uno de los dirigentes de todos y cada uno de los parti- dos de la oposición, comprendiendo a los que están empeñados en derrocar al actual gobierno de Cuba por la fuerza?” 2
Repeti enfáticamente: “No celebraré ninguna reunión clandestina, pero hablaré con todo aquél que se acerque a mí por los conductos normales con el objetivo de explicar sus puntos de vista.”
Durante esta conferencia, procuré responder a todas las preguntas con franqueza. Únicamente en la cuestión de cuáles dirigentes de la oposición serian recibidos en la embajada, les pedí que no insistieran, fundándome en que ya había contes- tado y en que el seguir hablando de ello podría inducir a una mala interpretación. El hecho de que un embajador reciente- mente nombrado hubiera sido más preciso habría resultado, ciertamente, poco diplomático, y no habría servido de nada en las futuras relaciones con el gobierno ante el cual había sido acreditado, y tampoco habría servido a los partidos de la oposición,
La conferencia pasó a otros problemas. Interrogado sobre si creía que Batista estaba luchando contra el comunismo en
LR 0 e, cs
2 Times de La Habana. 25 de julio de 1957.
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Cuba de una manera satisfactoria para el Departamento de Estado de los Estados Unidos, repliqué: “A los Estados Unidos le complacen los pasos decisivos que ha dado el gobierno de Cuba para proscribir al Partido Comunista, romper las rela- ciones diplomáticas con Rusia y establecer un Buró para la Represión de las Actividades Comunistas (BRAC). Tengo la seguridad de que el pueblo cubano es demasiado inteligente para prestar ninguna atención a las mentiras y falsas promesas de los comunistas, o para dejarse engañar por ellas.”
Agregué: “Los Estados Unidos y el pueblo norteamericano aprecian, con admiración y respeto, la posición adoptada por el delegado de Cuba ante las Naciones Unidas, doctor Núñez Portuondo, en el discurso histórico que pronunció censurando el papel de Rusia en la supresión de la rebelión húngara del otoño pasado (1956). Consideramos que sus palabras son indi- cio de lo que siente el pueblo cubano hacia el comunismo.”
Los representantes de la prensa hicieron entonces pregun- tas personales y humorísticas. Un rasgo sobresaliente de la per- sonalidad cubana es el sentido del humor, que no descansa ni siquiera en los momentos más intensos. El embajador de los Estados Unidos en Cuba ocupaba un puesto que sólo era infe- rior al del Presidente cubano debido a nuestros estrechos lazos comerciales, culturales y sociales. Por lo tanto, el pueblo cu- bano tenía una curiosidad muy particular sobre los antece- dentes, la familia, los pasatiempos y todos los puntos que de una manera casi perturbadora recordaban el interés norteame: ricano por las estrellas del cine.
La conferencia se dispersó en una vena ágil. Me pareció divertido que me preguntara Ted Scott, columnista del Ha- vana Post, quien en los meses venideros resultó ser un amigo leal y valioso: “Señor embajador, como ex campeón de box de la universidad, ¿está usted a favor del derrocamiento del actual campeón del mundo de peso pesado por el retador cubano Nino Valdés, por la fuerza?”
Antes de que un embajador presente sus credenciales al Jefe de Estado de un país ante el cual ha sido acreditado, €s
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costumbre que la embajada someta el discurso de introducción del embajador al Ministerio de Estado de ese país. Esto se hace con el fin de que el Jefe de Estado tenga tiempo sufi. ciente para preparar una respuesta adecuada.
Mi discurso original de introducción, preparado por la embajada y el Departamento de Estado, declaraba que al pue- blo de los Estados Unidos le entristecía profundamente la san- gre que se derramaba en Cuba, y que todos los norteameri- canos abrigaban la ferviente esperanza de que Cuba encon- traría una solución pacífica a sus problemas. Cuando se en- tregó el discurso al Ministerio de Relaciones, produjo preocu- pación, ya que esa observación preliminar indicaba que el gobierno de los Estados Unidos no creía que el gobierno de Cuba pudiera dominar la situación política de la isla. Dicha declaración era poco diplomática. Por fortuna, recibí instruc- ciones de pedir que me devolvieran el documento y de supri- mir las palabras desdeñosas. Por lo que ve al público, no hubo perjuicio, pues nadie se enteró. Pero Batista, que ya tenía una copia del discurso, sabía que el Departamento de Estado había indicado con estas palabras que su actitud se volvía más rígida hacia su gobierno,
En la mañana del 23 de julio presenté mis credenciales al Presidente Batista como embajador extraordinario y pleni- potenciario de los Estados Unidos en Cuba. La breve y digna ceremonia, basada en tradiciones centenarias, se verificó en el Salón de los Espejos del Palacio Presidencial a las once y media de la mañana. No se permitió que asistieran las damas.
En Cuba, la señora Smith fue la primera esposa de un embajador que observara nunca toda la ceremonia. El Presi- dente rompió este viejo precedente invitándola a observar la ceremonia desde una pequeña galería que dominaba un enor- me salón con un magnífico techo abovedado.
¡No podía yo adivinar entonces que dieciocho meses más tarde estaría visitando en el mismo salón al hombre que Fidel Castro había designado Presidente del Gobierno Provisional, Manuel Urrutia!
22 EARL E. T. SMITH
Acompañado por una delegación de siete funcionarios mi- litares y civiles de la Embajada de los Estados Unidos, pre- senté mis credenciales al Presidente Batista. En mi discurso de introducción, le dije al Presidente que tenia la intención de hacer un viaje por Cuba "en cuanto tuviera la oportunidad a fin de conocer al país y al pueblo”. Afirmé que había sido “un admirador de Cuba desde hacía mucho tiempo”, insis- tiendo en que sentía “verdadero afecto por el pueblo cubano”.
El Presidente Batista respondió que se enteraba con placer de que en una ocasión futura me proponía viajar por la isla a fin de conocer mejor al país y a los cubanos. El Presidente cubano dijo que mis intenciones de viajar por Cuba le recor- daban otras visitas semejantes que habia hecho cuando vivía en los Estados Unidos. Dijo: “Fengo la impresión más pla- centera de vuestra patria.” Y agregó: “No olvido, y guardo con cariño el recuerdo de que, a pesar de que era yo entorices un exiliado político, pude ganar, gracias a mi conducta, el respeto de mis vecinos en ese país para Cuba y para mí, sin duda porque nunca intenté infringir su modo de vivir, o las leyes del país, la generosa hospitalidad que se me brindaba.”
Después del discurso, el Presidente Batista y yo sostuvimos una breve charla, y en ella el Presidente insistió de nuevo en que le complacía mi intención de viajar por Cuba. Ésa fue mi primera reunión con el Presidente Batista. Me produjo la impresión de ser un hombre resuelto, con la fuerza de un toro, del cual emanaba una personalidad vigorosa y agrada- ble. Era un ejemplo extraordinario de hombre viril, de hom- bre de la tierra y de antecedentes diversos, qué había subido, de ser un simple sargento, a la presidencia de su patria.
Al salir del Palacio, los soldados del batallón de artillería se pusieron firmes y presentaron las armas mientras la banda cocaba “Las Barras y las Estrellas”. El Presidente Batista se asomó al balcón del Palacio y agitó la mano para despedirse cuando nuestros automóviles emprendieron la marcha.
Capitulo HI
EL INCIDENTE DE SANTIAGO
Es costumbre que el embajador que acaba de llegar a un nuevo puesto dé una recepción a los miembros del personal de la embajada. Desgraciadamente, la residencia de la emba- jada no estaba lista para ser ocupada, por lo que mi esposa y yo dimos la recepción en el Hotel Nacional el 17 de julio, dos dias después de nuestra llegada.
En dicha fiesta, en una conversación entre el primer secre- tario de asuntos políticos John Topping, el consejero ministro Vinton Chapin y yo, se decidió que deberiamos salir a fines del mes en un viaje que comprendería Santiago, en la Provin- cia de Oriente, nuestra base naval de Guantánamo, la Moa Bay Mining Company, propiedad norteamericana (subsidiaria de la Freeport Sulphur), con una inversión de setenta y cinco millones de dólares aproximadamente, y los yacimientos de níquel del gobierno de los Estados Unidos, con una inver- sión de más de cien millones de dólares.
En cuanto se anunció el viaje el 25 de julio, seis días antes de nuestra partida, quedó forjado el molde de nuestro viaje. Se anunció con la suficiente anticipación para permitir al gobierno preparar el clima de la visita. Pero también le dio tiempo a la oposición para preparar una manifestación. El viaje se dispuso para ajustarse a mis instrucciones de recorrer la isla. Fue aprobado por el Departamento de Estado y el Presidente Batista.
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94 EARL E. T. SMITH
Aproximadamente a las ocho de la noche de la víspera de nuestra partida, fui informado de que las fuerzas del gobierno habían matado a tiros, en Santiago, a un dirigente del Movi- miento 26 de Julio y a un distinguido hombre de negocios, Frank Pais y Raúl Pujol. Cuando recibí la noticia, asistía yo a una recepción que daba el personal de la embajada en honor de un funcionario del servicio exterior, que se despedía de nosotros. Nos preguntamos si el suceso sería accidental, o si habrían hecho aquello con el objeto de inducirme a suspender mi viaje a la Provincia de Oriente. Pensamos en la posibilidad de aplazar el viaje.
Si se aplazaba, los revolucionarios alegarían que el gobier- no los había matado para impedir el viaje. Después de con- sultar con los miembros del personal de la embajada, se llegó a la decisión de emprender el viaje.
Salimos de La Habana en el aeroplano del agregado de aviación de la embajada la mañana del 31 de julio a las 7:00 a.m., y llegamos a Santiago a las 10:30. En la comitiva figu- raban la señora Smith, tres agregados militares, el segundo secretario de asuntos económicos, el primer secretario de asun- tos políticos, los funcionarios de negocios públicos y el jefe del servicio de inteligencia. Nos dirigimos al edificio colo- nial del Palacio Municipal de Santiago, donde me entregaron las llaves de la ciudad.
Nuestra llegada a Santiago, que es la capital de la Provin- cia de Oriente y la segunda ciudad de Cuba, ocurrió cuando la población se hallaba emocionalmente perturbada, al pare- cer debido a lo que había acontecido. Una huelga general de comerciantes de Santiago había cerrado a la ciudad. Esa tarde serían los funerales de los dos distinguidos revolucionarios. Millares de personas participarían en el cortejo fúnebre.
Cuando mi esposa y yo entramos en el Palacio Municipal, un hombre se abrió paso hasta «dlonde nos encontrábamos y le puso en la mano tres rollos de película. Le suplicó que los sacara de Santiago. Mi esposa tuvo que negarse.
EL INCIDENTE DE SANTIAGO 2%
Mientras recibíamos las llaves de la ciudad de Santiago de Cuba y se pronunciaban los acostumbrados discursos, se podía oir un creciente murmullo de voces en el exterior. Las madres de Santiago hacian una manifestación en la plaza. Un grupo de unas doscientas mujeres —algunas de ellas muy jóve- nes y, al parecer, representantes de la clase media superior— hacían una manifestación en el Parque Céspedes, frente al Palacio Municipal. Las mujeres iban vestidas completamente de negro. Muchas eran demasiado jóvenes para haber sido madres de hijos crecidos. Evidentemente, las habían llamado para la ocasión. Las manifestantes cantaban el himno nacional cubano y gritaban: “¡Libertadi ¡Libertad!” Cuando las muje- res quisieron romper los cordones de la policía, provocaron la ira de ésta y de los agentes de la inteligencia militar, Lle- garon los carros de los bomberos, y éstos abrieron las man- gueras, arrojando chorros de agua sobre las mujeres. Los poli- cías, innecesariamente las obligaron a retroceder golpeándolas con las macanas.
Los miembros de nuestra comitiva se aburrieron de los dis- cursos y se asomaron por las grandes ventanas que daban a la plaza, frente al Palacio Municipal. En cuanto la señora Smith y yo salimos a la calle, la manifestación aumentó. Algunas de las mujeres pudieron romper los cordones y llegar junto a nosotros. Las madres de Santiago se pusieron histé- ricas y luchaban por llegar a mí. Nos dejó aterrados la inne- cesaria rudeza y brutalidad de la policía, Algunas mujeres fueron derribadas al suelo, otras fueron metidas en el coche celular de la policía.
Los periodistas me preguntaron cuál había sido mi reac- ción ante los acontecimientos. Les dije: "Considero desafor- tunado el hecho de que algunos habitantes de Santiago de Cuba hayan aprovechado mi presencia aquí para hacer una manifestación y protestar contra su propio gobierno.” La prensa no quedó satisfecha. ¿Aprobaba yo aquella brutalidad y la acti- tud de la embajada de los Estados Unidos hacia el gobierno
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de Batista sería la misma que con el embajador Gardner? La prensa insinuaba que mi declaración podía ser interpre- tada en el sentido de que aprobaba el método con el que se había reprimido la manifestación.
En Santiago se presentó una de esas ocasiones en las que un enviado tiene que tomar una decisión inmediata. Les dije a los periodistas que habría una conferencia de prensa después del almuerzo.
Teníamos la creencia de que si no hubiera ocurrido el incidente de Santiago, tarde o temprano habríamos tenido que arrostrar una situación parecida. Todos sabían en la isla que mi antecesor, el embajador Arthur Gardner y la señora Gard- ner, habían sido amigos personales del Presidente Batista, al grado de jugar canasta varias veces a la semana. La oposición sostenía que el embajador Gardner había sido demasiado be- névolo con Batista.
Comprendí que se había presentado un delicado problema diplomático y que había que resolverlo. La cuestión había lle. gado a un estado decisivo y no era posible eludirla. Tenía instrucciones del Departamento de Estado de hacer que cam- biara la opinión prevaleciente en Cuba de que el embajador de los Estados Unidos intervenía a favor del gobierno cubano para perpetuar la dictadura de Batista. Al parecer, el gobierno consideraba que el Departamento de Estado estaba iniciando un “nuevo trato”. El gobierno de Cuba quería saber a qué atenerse. En consecuencia, tanto la oposición como el gobierno querían que se definiera la actitud del nuevo embajador. Los dos bandos procuraban usar para su provecho cualquier cosa que yo dijera o hiciera. Los dos bandos recibieron la respuesta en Santiago: que no estaba yo a favor de uno u otro, sino que era imparcial en la lucha política cubana.
Después del almuerzo en el restaurante del Rancho Chub de Santiago, en las afueras de la ciudad, en una conferencia informal de prensa hice la siguiente declaración:
EL INCIDENTE DE SANTIAGO 97
Querría hacer la observación preliminar de que considero que el pueblo de Santiago aprovechó mi presencia aquí para hacer una ma- nifestación y protestar contra su propio gobierno.
Como dije en la conferencia de prensa del 25 de julio, al pueblo norteamericano le entristece y de preocupa la inquietud política que ha conducido al derramamiento de sangre en Cuba. He.recibido una carta firmada por las madres de Santiago de Cuba, la cual será objeto de mi cuidadosa atención y consideración.
Para mí es odiosa cualquier forma de acción policiaca excesiva. Lamento profundamente que mi presencia en Santiago de Cuba pueda haber sido la causa de manifestaciones públicas que provocaran las represalias de la policía, Confío sinceramente en que los detenidos por la policía como consecuencia de sus manifestaciones hayan sido puestos en libertad,
En respuesta a una pregunta sobre el propósito de mi visita, dije que “no fue únicamente por cortesía, sino para enterarme por mí mismo, y que tenía libertad de mi gobierno a ese respecto”.
En respuesta a otra pregunta, agregué que “tenía libertad para observar e informar, pero no para intervenir”. Con estas palabras terminó la conferencia de prensa.
Mientras se celebraban esa tarde los funerales de los revo- lucionarios en Santiago, visité el cementerio para dejar una corona en la tumba del héroe nacional de Cuba, José Marti.
En la ciudad de Santiago, el sepelio de Pais y Pujol se convirtió en una huelga general espontánea. Desde sus escon- dites en las montañas, las guerrillas de Castro atacaron las avan- zadas militares aisladas de Minas y Bueyecito. "Tendieron em- boscadas a sus soldados, se apoderaron de sus armas y municio- nes, y prendieron fuego a un gran ingenio de azúcar en Maceo.
Esa noche cenamos tranquilamente en la casa del cónsul de los Estados Unidos, Oscar Guevara, y nos informaron que se había publicado un despacho informando que habían sido puestas en libertad más de treinta mujeres que habían sido detenidas en la mañana, durante la manifestación del Parque Céspedes.
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Á temprana hora de la mañana siguiente, primero de agosto, salimos hacia la base naval de los Estados Unidos en la bahía de Guantánamo. Después de los honores que se rinden a un embajador, el almirante me presentó a los jefes de depar- tamento y otros dignatarios de la base, quienes formaron filas, Entonces hice un recorrido completo de esa enorme base naval de los Estados Unidos, una de las principales bases navales de este país que se encuentran fuera de los límites continen- tales de los Estados Unidos. Pasamos la noche en la base y estuvimos encantados con el almirante Ellis, la señora Ellis y los oficiales del Estado Mayor.
Una vez más quedaron suspendidos los derechos civiles en Cuba, El Presidente Fulgencio Batista suspendió el primero de agosto las garantías constitucionales en todo el territorio cubano durante un periodo de cuarenta y cinco días. Con esta suspensión, el gobierno tenía autoridad para catear las casas sin orden judicial, detener a los ciudadanos y privarlos de la libertad sin proceso. Con estos mismos poderes, el gobierno impuso la censura de la prensa y la radio.
Me vi de súbito ante la posibilidad de interrumpir el viaje. La declaración hecha en la conferencia de premsa de Santiago había hecho furor. Las palabras “Para mí es odiosa cualquier forma de acción policiaca excesiva”, se tornaron ex- plosivas. Batista las objetó, y algunos de sus amigos iniciaron una campaña para que me llamaran 2 mi patria. Los perió- dicos del gobierno me atacaron enconadamente. La prensa de los Estados Unidos reprodujo los ataques publicados en la pren- sa del gobierno cubano. Resolví no hacer caso de la tempes- tad, continuar mi viaje como lo había proyectado y dar mi informe completo al Departamento de Estado después de terminar el viaje y cuando hubiera vuelto a La Habana.
El día siguiente, 2 de agosto, salimos para la Moa Bay Mining Company y los dominios del níquel de Nicaro. En estas vastas montañas, cubiertas de pinos, hay grandes yaci- mientos de hierro. El gobierno de los Estados Unidos y la Freeport Sulphur invirtieron separadamente un total de ciento
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setenta y cinco millones de dólares para la producción de níquel en estos dominios.
Mi viaje a Santiago demostró que todo lo que los Estados Unidos y sus embajadores hacían o dejaban de hacer en la América Latina afectaba a la situación política interna de estos países. Es necesario hacer observar e insistir en que cada acto de un diplomático norteamericano y cada palabra pro- nunciada oficialmente, y a veces extraoficialmente, en un país como Cuba, se consideraba intervención política, y dichas palabras se exageraban mucho más allá de su importancia. Todo esto hacía particularmente difícil la tarea de un emba- jador. Ántes de Castro, los Estados Unidos eran tan impor- tantes en la mente del pueblo cubano que al embajador nor- teamericano se le consideraba, lo repito, como el segundo per- sonaje más importante de Cuba. Era un símbolo de poderío y. a la vez, de amistad.
La estrecha relación que existe entre nuestros dos países se remonta a muchos años. Los Estados Unidos y Cuba lucha- ron juntos en la Guerra Hispanoamericana de 1898. En su casa de campo, la finca “Kuquine”, el Presidente Batista me enseñó orgullosamente la carta original escrita en 1902, del Presidente Theodore Roosevelt al Presidente Estrada Palma de Cuba. Era una carta de felicitación porque Cuba había ganado su independencia,
Durante muchos años, muestras relaciones con Cuba se basaron en la Enmienda Platt, que se agregó al Proyecto de Apropiación del Ejército de 2 de marzo de 1901. El 22 de mayo de 1903, la Convención Cubana la agregó como apéndice de la Constitución Cubana. Para evitar que la suprimiera un poder que quisiera reformar la Constitución, la Enmienda Platt se incorporó también en un tratado celebrado entre los Estados Unidos y Cuba el 22 de mayo de 1903. Dicha enmienda, que daba a los Estados Unidos el derecho de intervenir en los asuntos internos de Cuba, estuvo en vigor hasta el 29 de mayo de 1934, cuando terminó por una declaración mutua la abro-
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gación. Después de eso, Cuba alcanzó la soberanía plena. Se debilitó nuestra posición legal en Cuba, pero se fortaleció nuestro prestigio y nuestra significación,
Después de mi regreso a La Habana, me satisfizo ente- rarme de que el Secretario de Estado, john Foster Dulles, en una conferencia de prensa celebrada en Washington, me de- fendió calurosamente y defendió también la declaración que había hecho en Santiago. Dijo:
Leí la declaración y deseo decir que es una declaración que, quizá desde un punto de vista estrictamente técnico, no sea entera- mente correcta. Pero fue una declaración humana, Me alegro de que tengamos algunas; más aún, espero que muchos embajadores que no son meras máquinas automáticas, sino que tienen sentimientos de humanidad, los expresen a veces sin consideración, tal vez, a las minu- clas diplomáticas. Su declaración fue muy equilibrada y la hizo al considerar que lo habían complicado en un predicamento y había sido “causa de él. Por una parte, lamentó que su visita hubiera sido aprovechada para hacer manifestaciones, y lamentó, por la vutra, que para someter a los manifestantes se hubiera recurrido a lo que, en su opinión, eran brutalidades de la policía. Y una persona de carne y hueso, y de corazón, creo que, en las circunstancias del caso, habría hecho una declaración de la misma naturaleza. Estoy seguro de que aun cuando tal vez no fuera, en ciertos respectos técnicos, entera- mente correcta, la entenderán las autoridades cubanas porque fue una cosa muy humana y, como digo, queremos que nuestros embajadores sean seres humanos,
En el New York Times del 3 de agosto de 1957 apareció el siguiente editorial:
Nos complació oir que el Secretario de Estado Dulles defendió el martes a nuestro embajador en Cuba, Earl E. T. Smith. Por otra parte, 2 las declaraciones del secretario no les faltó importancia tanto como expresión del procedimiento diplomático como de una actitud implícita hacia la dictadura militar del Presidente Batista.
Con la introducción de las comunicaciones por teléfono, teletipo, cable y radio, la diplomacia ha perdido mucho de su sabor personal. Un embajador puede tener el título de “plenipotenciario”, pero rara
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vez sucede que tenga que usar sus facultades en el punto y lugar donde se encuentre.
Sin embargo, hay ocasiones en que un enviado tiene que usar su juicio rápidamente. El señor Smith se encontró en tal situación en Santiago de Cuba el 31 de julio. Su visita inspiró una manifestación pacífica contra Batista, realizada por doscientas mujeres de la ciudad. El señor Smith vio que la policía trataba a las mujeres brutalmente y se enteró de que habían detenido a treinta. Como es natural, se sintió responsable y consideró que era un atropello, y, como “persona de carne y hueso, y de corazón” (para repetir las palabras del señor Dulles), protestó contra la “acción policiaca excesiva” y expresó la esperanza de que las mujeres detenidas serían puestas en libertad, como sucedió.
Esto —para repetir nuevamente las palabras del señor Dulles— “quizá no sea enteramente correcto” desde el punto de vista diplo- mático tradicional, pero fue “una declaración humana”. Y también fue valiente. Las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos habían empeorado seriamente desde antes de que llegara el señor Smith. Hizo más por restablecer las buenas relaciones de un golpe que lo que pudiera haber hecho la diplomacia más hábilmente tradicional en muchos meses,
¿Significa esto que ha cambiado la actitud del Departamento de Estado hacia el régimen dictatorial del Presidente Batista? Es evi- dente que los cubanos no lo creen así. El cambio de embajadores y la actitud del señor Smith se toman como indicaciones. Lo mismo sucederá con el apoyo que ha dado el señor Dulles al embajador Smith y Su negativa a expresar una opinión acerca de la situación política de Cuba cuando se le pidió que lo hiciera el miércoles.
Descendió una cortina de tinieblas sobre Cuba con la imposición de la censura completa del primero de agosto. Es muy significativo el hecho de que la última noticia que saliera de Cuba sin haber sido censurada se refiriera a la defensa que hizo el embajador Smith de la decencia y la democracia. Muy bien puede haber existido cierta rela- ción entre lo que sucedió en Santiago de Cuba y la suspensión al día siguiente de las garantías constitucionales. La puerta se cerró dema- siado tarde,
Éstas fueron las últimas palabras lisonjeras que recibiría yo del New York Times y de su especialista en problemas latinoamericanos, Herbert Matthews. Cuanto más claramente vi a Fidel Castro en sus verdaderos colores, más se alejó de mí Herbert Matthews.
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El primero de septiembre de 1957 asistí a las carreras de caballos en el Parque Oriental, de La Habana, porque le die- ron mi nombre a una carrera, Centenares de cubanos se pusie- ron en pie y lanzaron vítores cuando entré, Según los perió- dicos cubanos, fue una de las mayores ovaciones que s* hayan dado nunca a un individuo en los cuarenta y dos años de historia de las carreras.
La ovación no fue un tributo personal, ni fue un recono- cimiento de virtud alguna como individuo, sino un vehemente tributo al respeto norteamericano por la humanidad, tan cla- ramente expresado en Santiago.
Capitulo IV
DIFICULTADES CON BATISTA
Debido al furor creado por el incidente de Santiago, existió durante varias semanas una relación diplomáticamente incómoda, y comprendí que me correspondía a mí restablecer las relaciones diplomáticas normales con Batista. Fui a ver al Ministro de Estado Gonzalo Giiell y le pedí una entrevista con el Presidente de la República.
El Ministro de Estado arregló la entrevista, y dos dias después vi al Presidente de la República en el Palacio. Habla- mos libre y francamente durante más de dos horas. Durante toda mi misión, ésta fue la única visita oficial que hice a Ba- tista en el Palacio Presidencial, Todas las demás conferencias oficiales se celebraron en las moches, en su casa de campo, la finca “Kuquine”, en las afueras de La Habana.
En esta reunión, le expliqué a Batista las circunstancias y razones de mi declaración de Santiago, a la cual se había opuesto su gobierno. Al principio protestó diciendo que yo era el embajador de los Estados Unidos acreditado ante su gobier- no; por lo tanto, a él le debía mi “constancia” mientras estu- viera en Cuba. Le contesté diplomáticamente que la embajada había sido acusada de tener relaciones muy estrechas con él. La oposición nos acusaba de perpetuar su régimen y Mis ins- trucciones eran las de conseguir que los cubanos pensaran en la Embajada de los Estados Unidos sobre una base imparcial en los difíciles momentos políticos por los que estaba pasando
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Cuba. Le hice observar al Presidente la presión que se ejercía sobre el Departamento de Estado debido a las relaciones tan amistosas de la embajada con él. Cuando le pregunté a Batista si sus acciones, o reacciones, habrían sido diferentes en mis circunstancias, en Santiago, acabó por decir que estaba de acuerdo conmigo y entendía mi situación.
Había cumplido mi primera misión de demostrar la posi: ción imparcial de la embajada en los problemas políticos de Cuba. Nuestro intercambio de puntos de vista sirvió también para restablecer las relaciones diplomáticas satisfactorias entre los dos países.
Empecé a ampliar mis relaciones personales y a concen- trar mi atención en la segunda misión: persuadir a Batista de que debería restablecer las garantías constitucionales y levan- tar la censura de la prensa.
Capítulo V
FIDEL CASTRO Y LA CIA
Hice un estudio intensivo sobre los antecedentes de Fidel Castro. Pasé días enteros hablando con personas que lo habían conocido desde la niñez. La opinión unánime fue de que Fidel era un terrorista inestable. Procuré, durante esta indagación y estudio exhaustivo, escuchar a cubanos sensatos € inteligen- tes que fueran opositores de Batista. Eran distinguidos profe- sionales, intelectuales y miembros del clero. Por mucho que se opusieran a Batista, creían que Castro sería peor para Cuba.
No es correcto suponer que la única oposición a Batista era la que ofrecían Castro y sus partidarios. Existía un pode- roso elemento que se oponía a Batista y que no era terrorista. Representaba a la clase media y a la clase culta del país. Yo la consideré como la oposición legal, y en este elemento figu- raban hombres que estaban capacitados para gobernar al país. Abrimos las puertas de la embajada a todas las tendencias del pensamiento político, comprendiendo la oposición legal. Pero no abrimos las puertas a los revolucionarios que intentaban derrocar al gobierno por la fuerza.
En mi testimonio del 30 de agosto de 1960 ante el Subco- mité del Senado sobre la Seguridad Interior, se produjo el siguiente diálogo:
Senador Eastland: ¿Advirtió usted al Departamento de Estado que Castro era marxista?
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Señor Smith: Sí, señor.
Senador Eastland: Y que el gobierno de Batista era amigo nuestro. ¿Fue eso lo que informó usted al Departamento de Estado?
Señor Smith: Permítaseme responder de la siguiente manera, que lo aclarará todo. Cuando fui a Cuba, salí de aquí con la impresión definida, según las orientaciones que recibí, de que el gobierno de los Estados Unidos tenía relaciones demasiado estrechas con el régimen de Batista y de que se nos acusaba de intervenir en los asuntos cubanos porque tratábamos de perpetuar la dictadura de Batista.
Después de haber estado en Cuba dos meses aproximadamente, y de haber hecho un estudio de Fidel Castro y los revolucionarios, me pareció evidente, como le parecería a cualquier otro hombre razonable, que Castro no era la solución, que si Castro Hegaba al poder, no sería para bien de Cuba ni para bien de los Estados Unidos.
Desafortunadamente, algunos de los funcionarios de la embajada en La Habana siguieron creyendo hasta el fin que Castro era la salvación de Cuba. Transcurrió un lapso de tiempo de un mes, aproximadamente, entre la salida del emba- jador Gardner y mi llegada a Cuba. Durante ese periodo, la embajada de La Habana notificó al Departamento de Estado que el gobierno de Batista se deshacia de toda oposición cali- ficándola de comunista, e informó que el llamar comunista a los opositores era el sistema acostumbrado por el gobierno de Cuba,
El 5 de septiembre de 1957, en la base naval de Cienfuegos, en la Provincia de Las Villas, los oficiales navales cubanos, con la ayuda de los revolucionarios civiles, iniciaron el mayor levantamiento hasta entonces contra el gobierno de Batista. La Embajada de los Estados Unidos recibió informes sobre los preparativos para la insurrección. El plan debía coordinarse entre las bases navales de La Habana y de Cienfuegos.
En La Habana, los responsables pospusieron la fecha del levantamiento, pero no lo comunicaron a los insurrectos de la base naval de Cienfuegos. Los elementos rebeldes pudieron apoderarse de la base y dominaron la ciudad entera durante algunas horas con la colaboración de los revolucionarios civi- les armados. Se enviaron bombarderos a la base naval desde el
FIDEL CASTRO Y LA CIA 37
campamento de Columbia. Algunos de los pilotos, no que- riendo matar a sus hermanos, dejaron caer las bombas en el mar. Tropas y tanques convergieron sobre Cienfuegos para aplastar la resistencia. El número total de muertos se calculó en más de trescientos.
Aunque la revuelta fue un fracaso y la aplastaron, hizo que Batista y su gobierno se dieran cuenta de que ya no podían contar con el apoyo ciego de las fuerzas armadas, de las que antes había estado Batista completamente seguro.
La información sobre la revuelta nos llegó por medio de nuestro agente número dos de la CIA en la embajada, cuyas actividades para dar ayuda y aliento a las fuerzas de Castro se revelaron en el consejo de guerra de los oficiales navales que participaron en la rebelión. En ese consejo se divulgó que un funcionario de la Embajada de los Estados Unidos había dicho a los revolucionarios que, si la revolución triun- faba y derrocaban a Batista, los Estados Unidos reconocerian a los revolucionarios, lo cual dio aliento moral a los rebeldes.
Aunque todos los funcionarios norteamericanos, cualquiera que fuese el servicio al que estuvieran comisionados, trabajan a las órdenes del embajador y deben informarle a él, no supe nada de las actividades de este agente de la CIA. Obrá por cuenta propia. Dudo que el Secretario de Estado haya sido informado sobre este incidente.
Cito algunos párrafos del testimonio que rendí ante el Subcomité del Senado:
Señor Sourwine: Señor Smith, ya antes nos habló usted del agente número dos de la CIA en su misión, que fue sorprendido cuando daba ayuda y aliento a las fuerzas de Castro. ¿Quisiera contarnos qué fue lo que hizo?
Señor Smith: Sí. En septiembre de 1957, hubo un levantamiento de la armada en Cienfuegos, Cuba. En la Embajada de los Estados Unidos se tenía conocimiento de que se produciría una revuelta, Dicha información nos llegó por medio de la CIA o alguna otra fuente de la embajada.
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Si me permiten divagar un momento, diré que eso es lo malo de los cubanos: hablan demasiado, Pero no sabíamos cuándo ocurriría.
Por último, nos enteramos de que se había aplazado la revuelta en Cienfuegos. Sin embargo, en La Habana, la armada se olvidó de comunicarlo a la armada de Cienfuegos, y éstos iniciaron el levanta- miento sin que participara la armada de La Habana.
La revuelta fue aplastada por el gobierno de Batista.
En el consejo de guerra de los oficiales de la armada, se reveló que el agente de la CIA había dicho que si la revolución triunfaba, los Estados Unidos reconocerían a los revolucionarios,
No creo que el agente de la CIA se propusiera decir eso. A mi me contó que lo habían llamado para entrevistarse con unos hombres que se creía que eran médicos, porque estaban vestidos de blanco, y cuando le informaron que iba a ocurrir un levantamiento, le pregun- taron cuál sería la actitud de los Estados Unidos.
Inadvertidamente insinuó, cosa de la que no estoy muy seguro, que los Estados Unidos podrían darles su reconocimiento,
En cuanto la embajada se enteró de esto, convoqué una reunión del personal y di a conocer la disposición de que (ni) el embajador, ni ninguna otra (persona) podría hacer (ninguna declaración) sobre quiénes serían reconocidos por los Estados Unidos; sólo había dos per- sonas en los Estados Unidos que tenían esa atribución:
Una era el Secretario de Estado y la otra el Presidente de los Estados Unidos.
La información de lo que había ocurrido me la dio Batista, que estaba indignado. Sin embargo, le expliqué lo (que había) sucedido y le dije que el agente de la CIA lo había hecho inadvertidamente y no se había dado cuenta de lo que decía ni de quiénes eran las personas con quienes hablaba.
Batista se mostró comprensivo y no me pidió que el agente saliera del país,
En septiembre de 1957, le pedí al jefe de la sección de la CIA agregada a la embajada que revisara las cifras sobre la fuerza del Partido Comunista en Cuba, tanto en lo que se refería a sus miembros como a los simpatizadores de los comunistas.
Me parecian dudosos nuestros cálculos porque nueve años antes, cuando los comunistas votaron por última vez en Cuba como partido con el nombre de comunistas, emitieron más de ciento veinte mil votos y Juan Marinello era el candidato.
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Á pesar de ello, los cálculos de la CIA de la embajada sobre la fuerza del Partido Comunista en Cuba indicaban que sólo había diez mil miembros, y aproximadamente veintitantos mil simpatizadores.
Es interesante hacer observar que el funcionario de la CIA era de mente cerrada y le incomodaban mis referencias a Fidel, que yo hacía en numerosas ocasiones durante nuestras reunio- nes del personal en las mañanas. En dichas reuniones, acos- tumbraba yo referirme a Fidel Castro como el “proscrito” y el “jefe de bandidos” de las montañas. En broma le preguntaba si no era “fidelista”.
Esta incomodidad se manifestó en una observación que hizo cuando salia de mi oficina. Después de que le pedí que revi- sara sus cifras, oí que decía: “No nos importa lo que usted piense.” Comprendí que esa observación podía haberla pro- nunciado inadvertidamente, como si fuera hipo. Sin embargo, también era indicio del esnobismo intelectual de los funcio- narios de carrera contra los que han sido nombrados poli- ticamente.
Este funcionario fue transferido más tarde a otro puesto. La decisión la tomaron en Washington, por propia voluntad de la CIA, porque ya había estado mucho tiempo en la em- bajada de La Habana.
Los funcionarios de carrera y los funcionarios del servicio exterior son los profesionales del Departamento de Estado. Se enorgullecen de serlo y, como es fácil entenderlo, tienen un gran espíritu de solidaridad o compañerismo, Existe un resen- timiento inevitable entre estos profesionales contra uno que ha sido designado políticamente, ya sea embajador, Subsecretario de Estado o inclusive Secretario de Estado. Los profesionales consideran que los políticos no ocupan sus puestos más que breve tiempo. |
El 3 de abril de 1958, el jefe del Departamento Centroame- ricano de la CIA visitó a la embajada de La Habana después de hacer una visita a Panamá y Venezuela, Me dijo que com:- partía mi temor de la influencia comunista en Cuba. La CIA
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tenía conocimiento de los lazos comunistas con Raúl Castro y el Che Guevara. Sin embargo, es significativo que a la CIA no le preocupara que Fidel Castro fuera comunista.
Casi once meses después de que Castro tomó el poder, el 5 de noviembre de 1959, se produjo el siguiente intercambio de puntos de vista ante el Subcomité de Seguridad Interior del Senado de los Estados Unidos entre el Senador Olin D. Johns- ton y el general C. P. Cabell (director suplente de ¿a Agencia Central de Inteligencia): X
Senador Johnston: ¿No es cierto que (Castro) es más peligroso que si aclarara las cosas y dijera que es comunista?
General Cabell: Personalmente, convengo en que tal vez Castro perdería gran parte del apoyo popular, o la mayoría de él, si ocurriera eso. Sin embargo, creemos que Castro no es miembro del Partido Comunista, y no se considera comunista.
Senador Johnston: Él sabe muy bien que, si saliera abiertamente a favor de los comunistas, dejaría de ser útil.
General Cabell: Es cierto. Hasta donde pierda el apoyo público, pierde la capacidad de alcanzar sus metas, aunque podría pintarse a sí mismo como víctima de las maquinaciones contrarrevolucionarias.
Varios meses después de que ocupé el puesto de jefe de misión en La Habana, envié un telegrama a Allen Duiles, di- rector de la Agencia Central de Inteligencia, con la siguiente indicación: “Para ser leído únicamente por Allen Duiles.” El telegrama recomendaba poner un agente entre los primeros oficiales de las fuerzas de Fidel Castro, que entonces se ocul- taban en las montañas de la Sierra Maestra, de manera que la CIA pudiera estar informada sobre el grado de infiltración comunista y sobre el grado del dominio comunista en el movi- miento castrista (Movimiento 26 de Julio). Debo suponer que nunca se hizo, ya que, de lo contrario, habrían estado mejor informados.
Capítulo VI
LA CUERDA FLOJA
Al principio, los miembros de la colonia norteamericana temían que yo estuviera frecuentando demasiado a la oposi- ción. Advirtieron que jugaba al golf con el ex embajador de Cuba en los Estados Unidos, Luis Machado, y con el repre- sentante de la industria azucarera cubana en Washington, Joaquin Meyer, de quienes se sabía que eran opositores de Batista. Los intereses comerciales norteamericanos estaban a favor del gobierno de Cuba, pues éste les daba protección contra los intentos de sabotaje de los terroristas y las correrías y el pillaje de los revolucionarios,
Poco después de mi llegada a Cuba, el embajador francés, Philippe Grousset, dio una cena oficial para mi esposa y para mí. El ex Primer Ministro, Jorge García Montes, se negó a asis- tir. Otros Funcionarios del gobierno de Cuba tenían temor de que los vieran conmigo porque consideraban que yo no era simpatizador de Batista.
Como mis simpatias parecían inclinarse hacia Castro cuan- do llegué a Cuba, el Ministro de Estado Gúell dijo más tardé que había escrito a los Estados Unidos para indagar sobre mis antecedentes. Era un diplomático de la vieja escuela, para quien los antecedentes familiares significaban mucho. Declaró que había recibido la noticia de que mi padre era un caballero, de quien se tenía buena opinión en los Estados Unidos. El
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doctor Gúell quedó convencido de que yo vería las cosas correctamente.
Cada vez me parecía más evidente que el Movimiento 26 de Julio, encabezado por Castro, abarcaba a todos los ele- mentos de ideas políticas radicales y de inclinaciones terroristas de Cuba,
A principios de 1958, la radio de Moscú apoyó abierta- mente a los revolucionarios de Castro. En los primeros días de marzo de 1958, informé al departamento que el ejército cubano había anunciado que la noche anterior la radio de Moscú había hecho transmisiones de onda corta pidiendo ayuda para las fuerzas de Castro e incitando a derrocar al gobierno de Cuba. Durante todo el año de 1958, la radio de Moscú apoyó al Movimiento 26 de Julio.
En los primeros días de noviembre de 1957, las organi zaciones revolucionarias habían formado un Pacto de Unidad en Miami, Florida, conocido como ''Junta de Liberación Cu- bana”. El Movimiento 26 de Julio era el grupo revolucionario más importante, pero las demás organizaciones representaron un papel muy importante en las actividades contra Batista.
Cualquier ilusión de que sería posible reprimir a Castro o de que colaboraría con otros elementos de la oposición se disipó el 14 de diciembre de 1957 con una carta que dirigió Castro a la Junta de Liberación Cubana. En ella se puso de manifiesto que era un ególatra dictatorial. Atacaba la organi- zación de los otros grupos revoluc:anarios. Átacaba el Pacto de Unidad de estos grupos, formado en Miami, Florida. Ata- caba tanto a Raúl Chibás como al doctor Felipe Pazos porque se habían atrevido a firmar a nombre del Movimiento 26 de Julio. Dijo que ninguno de jos dos tenía atribuciones para firmar en nombre de su movimiento. Esta carta reveló las in- tenciones de Castro de colocar en el poder a su candidato a la presidencia provisional, y de dominar el gobierno en persona.
Dos de sus ardientes partidarios, el doctor Manuel Ánto- nio de Varona, del Partido Auténtico, y Faure Chomon, diri- gente del Directorio Revolucionario, atacaron los objetivos de
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Castro, según los expresaba en esta carta. Algunos de los par- tidarios de Castro en los Estados Unidos, debido a su con- tenido, renunciaron al Pacto de Unidad de Miami. Tenían miedo de sus intenciones demagógicas.
Cada vez se hacía más claro para quienes tenían la mente abierta, que Cuba se desgarraba en una lucha entre un dicta- dor derechista y corrompido que demostraba su amistad a los Estados Unidos, y un supuesto dictador izquierdista, que podía ser comunista. Así como el mundo se negó a creer lo que decía Hitler en Mein Kampf, asi fueron pocos los que hicieron caso de los anuncios públicos de Castro en varias ocasiones antes de desembarcar en Oriente, en diciembre de 1956, de sus planes e intenciones socialistas. Era más popular considerar al bar- budo terrorista como un cruzado, inclusive como un salvador.
Batista pudo seguir en el poder debido a que tenía: a) el apoyo de las fuerzas armadas, b) el apoyo de los dirigentes obreros, y c) debido a la prosperidad económica general de la isla.
Capitulo VII
CENSURA Y PROPAGANDA
A los norteamericanos que vivían en Cuba les incomodó la censura de la prensa.
En La Habana circulaban los siguientes periódicos de los Estados Unidos: el Miami News, el Miami Herald, el New York Times y el Herald Tribune. Cada uno de ellos fue recortado por los censores de La Habana cuando se referían a las acti- vidades de los terroristas. Las revistas de noticias Time y New- week, pasaban por las tijeras de la censura del gobierno. Los norteamericanos que vivían en Cuba, abarcando al personal de la embajada, que creian en el principio de la libertad de prensa, no quedaron satisfechos hasta que desaparecieron los agujeros en todos los periódicos de La Habana, lo cual no ocurrió hasta que se restablecieron las garantías constitucio- nales.
El general Cabell, director suplente de la Agencia Central de Inteligencia, declaró ante el Subcomité de Seguridad Inte- rior del Senado de los Estados Unidos que uno de los medios usados por los comunistas para influir en Castro fue “me- diante sus órganos de propaganda abierta, los comentarios de la radio y la televisión, y la publicación de noticias escogidas o falsas, con la esperanza de los comunistas desevitar que Fidel y el público cubano se enteraran de las noticias favorables a la política de los Estados Unidos y de explotar las noticias desfa- vorables a los Estados Unidos”.
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Capitulo VIII
LA DISOLUCIÓN
Durante los dieciocho años en que fue, alternadamente, la fuerza dominante en la política de Cuba, Batista había hecho mucho por conservar la solidez de la etonomía. Esti- muló los programas de obras públicas, obtuvo la ayuda de las inversiones extranjeras, construyó escuelas, hoteles y mu- chas carreteras. Se construyeron tantos hoteles durante los casi dos años en que estuve ensCuba, a fin de atender a otra fuente de ingresos, los turistas, que el perfil de La Habana empezó a parecer una Isla de Manhattan en miniatura, Sin embargo, en las pequeñas poblaciones del centro de la isla las condi- ciones de vida dejaban mucho que desear. En las pequeñas aldeas había pocos refrigeradores para los víveres en la tienda. Muchas veces la calle principal no era más que un camino de tierra. Pocas casas, si acaso, tenían calefacción, y durante las súbitas temporadas de intenso frío, sufrian los ancianos y los pobres. En el interior se necesitaban alojamientos modernos de costo reducido, Sólo había hospitales a muchos kilóme- tros de distancia. Las escuelas eran edificios provisionales, Fuera de la Provincia de La Habana, el país era pintoresco, pero retrasado.
Aunque Cuba fue la última de las repúblicas latinoame ricanas que consiguió la independencia, una comparación de las cifras demuestra que ocupaba uno de los lugares princi- pales en el desarrollo económico.
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CENSURA Y PROPAGANDA 49
Efectivamente, como consecuencia de la revolución verdaderamente social y económica de 1933, los últimos veinticinco años de nuestra existencia como república vieron que Cuba alcanzó grandes alturas, y en algunos aspectos la pusieron entre las primeras filas del continente americano,
La vigorosa economía y el hecho de que Cuba gozara de un nivel de vida más alto que el de la mayoría de las naciones latinoamericanas se debía, en cierto grado, a los estrechos lazos que existían entre los Estados Unidos y Cuba, y la in- fluencia de las grandes imversiones norteamericanas en la isla,
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Esta afirmación, escrita en 1951, resume también la situación de 1956.
Á ningún observador experimentado en la América Latina puede dejar de impresionarle la variedad, cantidad y calidad de mercan- clas que se exhiben en los pueblos provincianos y en las ciudades de la isla. Aunque se exhiben predorminantemente artículos tales como refrigeradores mecánicos, estufas de gas y aparatos de televisión, la impresión más vigorosa la forma una inspección de las tiendas que venden artículos para el hogar, ropa y comestibles. Los artículos de esta naturaleza dan un indicio más exacto del poder adquisitivo en la América Latina que los automóviles, la televisión o los refrigeradores.
La cosecha de azúcar, con el subsidio norteamericano, daba a Cuba un presupuesto saneado. El Congreso Cubano pro- mulgó una ley cuando era presidente del mismo el hábil político doctor €. Márquez Sterling, la cual determinaba que las utilidades deberían repartirse entre los propietarios de tie- rras, agricultores y trabajadores de acuerdo con el precio medio del azúcar, con lo que era imposible la explotación.
El doctor Márquez Sterling, principal candidato presiden- cial de la oposición en 1958, que era también presidente de la Asamblea que promulgó la Constitución de 1940, hizo observar que:
En Cuba existía el derecho de poseer la tierra, lo cual hacía imposible que los hacendados, arrendatarios, copropietarios y traba- jadores del campo fueran desposeídos ni siquiera por el Estado tmismo, mucho menos por los grandes monopolios que, en Cuba, como sucede inclusive aquí, en los Estados Unidos, buscan siempre las áreas empo- brecidas. Dichos monopolios obligaron a Cuba, como también fue nece- sario hacerlo en esta gran democracia (los Estados Unidos de América), a promulgar leyes antimonopolistas para proteger esos derechos.
Aunque Cuba sufrió desigualdades, como las sufren todos tos países actuales, los problemas que quería resolver con su lucha armada tenían su origen en una política que se oponía a las libertades públicas. Pero, como fácilmente puede corroborarlo cualquiera que estudie la materia, el caso fue que, coincidiendo con esta lucha por el poder público, nuestro país gozaba de gran prosperidad, ya que el año 1957 fue el mejor en toda nuestra historia por lo que ve a la economía y las finanzas.
CENSURA Y PROPAGANDA 47
En 1957, los ingresos nacionales de Cuba fueron de 2,397.000,000 de dólares ?. La población era, aproximadamente, de 6.500,000 de habitantes.
Ingresos Nacionales en Millones de Pesos?
1953 1954 1955 1956 1957 1958 1,842 1,841 1,999 2,076 2,397 2,267
El peso cubano había estado a la par con el dólar de los Estados Unidos, salvo durante el periodo de 1936 a 1941. Los ingresos nacionales de Cuba habian descendido 130 millones en 1958 en comparación con el año 1957. Batista huyó de Cuba el primero de enero de 1959,
En julio de 1956, el Departamento de Comercio de los Estados Unidos publicó "Inversiones en Cuba”, el cual decía:
La vida mínima para sobrevivir, que tanto prevalece en muchas regiones de la América Latina, no es característica de Cuba, cuyos ingresos nacionales reflejan la economía de salarios del país. La com- pensación de los empleados representó del 56 al 61 por ciento de los ingresos nacionales totales entre 1946 y 1949, y del 39 al 65 por ciento entre 1950 y 1954,
Los ingresos nacionales de Cuba han alcanzado niveles que dan al pueblo cubano uno de los niveles más altos de vida en la América Latina. La misión económica y técnica del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento dijo lo siguiente en su informe sobre Cuba, en 1951:
“La impresión general de los miembros de la misión, gracias a sus observaciones hechas en los viajes por toda Cuba, es de que el nivel de vida de los agricultores, campesinos, obreros, tenderos y otros, es más alto que en los grupos correspondientes de diversos países tropi- cales y en casi todos los demás países latinoamericanos, Esto no quiere decir que no haya miseria en Cuba, sino, sencillamente, que, en tér- minos relativos, los cubanos se encuentran en mejores condiciones que los pueblos de otras regiones.”
É— o o
1 Según las cifras compiladas por el Fondo Monetario Internacional, mayo de 1962, Vol. XV, número 5.
2 Jbid.
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querían que Castro fracasara en ninguna circunstancia. Dichas personas estaban tan estrechamente vinculadas al concepto re- volucionario, que inclusive parecian dispuestas a arriesgar la perspectiva del dominio comunista de Cuba. No acuso a nadie de falsificar deliberadamente los hechos, pero, desde mi puesto, pude percatarme de la parcialidad de los informes, y la parcia- lidad era siempre favorable a Castro.
Las simpatías del mundo libre estaban a favor de Castro, quien había sido pintado por la prensa liberal como un Robin Hood. “Todo acto de violencia de' parte de Batista recibía gran publicidad en las primeras páginas. Poca mención se hacía de la violencia de los terroristas.
En las plazas públicas de Cuba, los terroristas hacían esta- llar bombas. Mujeres y niños quedaban lisiados. Los rebeldes castristas ponían bombas en los teatros, las escuelas, las tiendas, en todas aquellas partes donde se reuniera una multitud. Los terroristas se volvían cada vez más osados en La Habana. Todo ello era parte de la campaña de terror para desorganizar la economía del país. En la prensa norteamericana se hacía poca mención de estos actos de violencia.
Al público norteamericano se le hizo creer, mediante una falsa propaganda, que los problemas fundamentales de Cuba eran económicos y sociales. No es cierto. Los problemas funda- mentales eran políticos. El mejor año económico de la historia cubana fue el de 1957. Durante veinticinco años después del derrocamiento del Presidente Machado, el nivel de vida de Cuba se elevó hasta figurar entre los más altos de la América Latina. La balanza comercial favorecía a los Estados Unidos cuando estuve de jefe de misión en La Habana. Cuba com- praba más artículos en dólares de los Estados Unidos que lo que los Estados Unidos compraban de Cuba, aun cuando los Estados Unidos adquirían aproximadamente 3.000,000 de tone- ladas de azúcar al año de Cuba con un subsidio de más de dos centavos por libra, lo cual representaba, aproximadamente, la mitad de la producción azucarera cubana,
CENSURA Y PROPAGANDA 45
De la misma manera, algunas de las publicaciones libe- rales de los Estados Unidos se convirtieron en instrumentos inconscientes de la propaganda comunista porque publicaban noticias escogidas e inexactas sobre los sucesos de Cuba y les daban un tono desfavorable al gobierno cubano y favorable a Castro.
La prensa contribuyó mucho para crear la ilusión popular de que debido a que Batista era el dictador que detentaba ile- galmente el poder, Castro, en cambio, tenía que representar la libertad y la democracia. Desde 1917, los pueblos del mundo han estado buscando “buenos dirigentes”, “buenos dictadores”, “buenos gobiernos”. Por lo común, han permitido que perso- nas tales como Stalin, Hitler y Mussolini los gobiernen. Así nació un culto del buen dictador y del mal dictador. Para algunos, Castro parecía un buen dictador antes de que subiera al poder.
Antes de que Castro saliera de Cuba, él y muchos otros dirigentes del Movimiento 26 de Julio eran miembros activos de la Federación Estudiantil Universitaria (FEO), que en gran parte fue responsable de los actos de terrorismo y motines que se produjeron en Cuba antes de que Fidel Castro desembarcara en las montañas de Oriente en diciembre de 1956. Desde 1952, la FEU era una organización terrorista y se sabía que la habían infiltrado los comunistas. Tenía una historia de parti- cipación en actividades gangsteriles comunes y se encontraba bajo la influencia comunista,
Cuando Fidel Castro estuvo en Costa Rica, México y otros lugares, sus discursos de dirigente estudiantil revelaban clara- mente su tendencia marxista de pensamiento político. Ade- más, sus entrevistas durante el tiempo en que estuvo en México como exiliado indicaban igual tendencia de pensamiento po- lítico,
Hubo un momento en que algunas personas que tenían autoridad en los Estados Unidos y algunos periódicos no
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a conclusiones fijas sobre situaciones complejas políticas y eco- nómicas de una nación en uno o dos días. Por desgracia, esto no solamente reza con los turistas, sino también con los perio- distas y comentaristas de la televisión. Aun suponiendo que Batista ya no fuera un hombre útil, quienes con tanta petu. lancia se resolvieron en favor de Castro pusieron en peligro no sólo a Cuba, sino también a los Estados Unidos.
LA DISOLUCIÓN 55
Como no apruebo la publicidad superficial, me negué, y fue una fortuna, pues el señor Paar regresó a los Estados Unidos convertido en uno de los distinguidos admiradores de Castro.
Hubo un periodista que tuvo el valor suficiente de reco- nocer en letras de molde que había cometido un error de juicio, y me refiero al señor Ed Sullivan. Después de una corta visita a Cuba, escribió:
El embajador de los Estados Unidos en Cuba, Earl E. T. Smith, y el personal de la embajada, se equivocaron de medio a medio. Mordieron el anzuelo de la propaganda de Batista, y se lo tragaron con todo y caña de pescar. En los periódicos del domingo, la Casa Blanca anunció que había sido aceptada la renuncia del embajador Smith. Nuestro embajador debió haber escuchado a los corresponsales extranjeros veteranos de los Estados Unidos en la América Latina. Jules Dubois, del Chicago Tribune, le suplicó al embajador Smith que no permitiera que la Comisión Militar de los Estados Unidos entrenara a los pilotos de Batista para bombardear al pueblo cubano, haciendo observar que ei ejército barbudo de Castro representaba y expresaba el sentimiento profundo del pueblo de Cuba. Nuestro embajador en La Habana consideró ridícula esta interpretación y no impidió los bom- bardeos del pueblo. Si nuestro Departamento de Estado diera instruc- ciones a los embajadores de los Estados Unidos en todo el mundo a fin de que se pusieran en contacto con los corresponsales extranjeros norteamericanos que están en la escena, con el objeto de que se ente- raran de lo que piensa el hombre común, nos ahorraríamos incidentes coma el fracaso en Cuba?.
Se necesitó valor cuando, el 4 de abril de 1960, Sullivan escribió lo siguiente:
Farl E. T. Smith, ex embajador en Cuba, relevado de su puesto cuando Castro llegó al poder, no ha sido felicitado por su análisis de Castro por ninguno de los que lo censuramos en ese tiempo. Pero Smith tenía la razón y todos los demás estaban equivocados ?.
Fueron muchos los que, sin considerar debidamente la st- tuación y sin hacer un estudio diligente de los hechos, llegaron
2 New York Daily News, 12 de enero de 1959. 3 New York Daity News, 4 de abril «de 1960.
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Los comunistas son demasiado hábiles para infiltrarse abiertamente al principio y descubrir así su juego. Muchas veces, cuando estaba yo en Cuba, dije que el Movimiento 26 de Julio era un movimiento de niños exploradores en comparación con los comunistas, y que éstos lo borrarían cuando lo- consideraran conveniente, y así fue como lo hicieron, absorbiéndolo.
Al no apoyar ya al gobierno constituido de Cuba, los Estados Unidos contribuyeron a que Castro subiera al poder, prefiriéndolo a cierto número de dirigentes propicios y polí- ticamente rectos que hubiéramos podido apoyar. Lo que podía ocultarse tras nuestro apoyo renuente y tímido a Batista, tuvo un efecto sicológicamente devastador en las fuerzas armadas y en los dirigentes del movimiento obrero, Estos dirigentes se pusieron nerviosos y se atemorizaron. El régimen empezó a desintegrarse por dentro. Se difundió el rumor de que los Estados Unidos ya no apoyaban a Batista, pero hasta que algu- nos miembros idealistas, pero poco realistas, de la prensa norteamericana descendieron a Cuba para «destruir a Batista y Crear una imagen mundial del nuevo salvador del pueblo, Fidel Castro, la revolución castrista no progresó.
Fue desafortunado que tantos periodistas norteamericanos que iban a Cuba no visitaran la Embajada de los Estados Unidos para discutir la posición de este país con respecto a Cuba y Castro. Los periodistas tienen la obligación de escribir sobre los hechos tan objetivamente como sea posible, En algu- hos casos, antes de volver a la patria para escribir sus Opinio- nes sobre una situación complicada, sólo pasaban veinticuatro horas en Cuba, lo que apenas es suficiente para echar un vistazo al país. En cierto momento, hubo inclusive un influjo de personalidades de la televisión que se convirtieron en auto- ridades y gente sabia de la noche a la mañana.
Tomemos como ejemplo al señor Jack Paar, quien fue 2 Cuba a pasar unos días produciendo una versión cubana de su variedad para los cabarets, El productor nos invitó a mi esposa y a mí a aparecer entre el público del “Tropicana” a fin de que las cámaras pudieran ftotografiarnos brevemente.
LA DISOLUCIÓN 53
Batista me dijo que cuando Prío se fue de Cuba, Prío y Almasía se llevaron de Cuba ciento cuarenta millones de dólares. Si reducimos esa cifra a la mitad, quizá se llevaron setenta millones. Se cree que Prío gastó muchos millones de dólares en los Estados Unidos para ayudar a los revolucionarios. Lo hizo desde nuestras propias costas.
Senador Eastland: ¿No se hizo ningún intento de evitarlo?
Señor Smith: El gobierno de Batista se quejaba continuamente de los vuelos y descensos de soldados y armas que iban desde Jos Estados Unidos. Siempre mantuve completamiente informado al Departamento de Estado.
Pero, al parecer, nos era muy difícil hacer cumplir nuestras leyes de neutralidad. A veces he deseado que hubiéramos sido en esa época la mitad de diligentes que hemos sido después para hacerías cumplir.
Como embajador de los Estados Unidos, era fácil leer los presagios: que Cuba habría de tener un nuevo caudillo, un caudillo que creyera en el proceso democrático del gobierno para el pueblo, pero resultaba evidente que Castro no era la solución. Para mí era tan evidente, a juzgar por mis primeros informes de primera mano, que Castro no era la solución, que, como lo dije en una conferencia de prensa celebrada en Washington el 16 de enero de 1958, un año antes de que Batista huyera de Cuba, “Los Estados Unidos no podrán tratar nunca con Fidel Castro.”
Entonces tenía la certeza de que Fidel Castro nunca sería el gobernante de Cuba. Sus antecedentes eran los de un terro- rista que trabajaba para las fuerzas revolucionarias que querían derrocar a los gobiernos latinoamericamos. El hecho de que Castro fuera o no miembro del Partido Comunista cuando desembarcó en Oriente, no era lo que más importaba. Los puntos importantes eran los siguientes: Sus antecedentes de inestabilidad emocional, pensamiento político socialista radical, unido a un odio muy arraigado contra los Estados Unidos, y, fuera de Cuba, los antecedentes policiacos de un terrorista violento.
Bajo juramento, ante el Subcomité del Senado, declaré en agosto de 1960:
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El 30 de agosto de 1960 se produjo el siguiente diálogo sobre “La Caída de Batista” en las audiencias del Subcomité del Senado de los Estados Unidos:
Senador Eastland: ¿Alguna vez ganó Castro una batalla?
Señor Smith: Castro nunca tuvo una victoria militar. Las más grandes victorias que alcanzó fueron incursiones contra los cuarteles cubanos que están esparcidos en el interior, y pequeñas escaramuzas con las tropas del gobierno,
Senador Eastland: ¿Cómo llegó al poder? En primer lugar, ¿por qué se fue Batista?
Señor Smith: ¿Por qué se fue Batista?
Senador Eastland: Sí.
Señor Smith: En mi opinión, si los Estados Unidos hubieran sido completamente imparciales, Batista no se habría tenido que ir de Cuba hasta después de que hubiera tomado posesión el presidente electo (Rivero Agiiero).
Senador Eastland: No tenía que haberse ido. No lo habrían derro- tado con la fuerza armada.
Señor Smith: Permitaseme decirlo de esta manera: hay muchas razones para que Batista se fuera. Batista había dominado con inter- valos durante (dieciocho) años. Su gobierno se estaba desintegrando, al final, debido a la corrupción (y) al hecho de que había estado demasiado tiempo en el poder. La brutalidad de la policia iba em- peorando,
Agregué también:
El hecho de que los Estados Unidos no apoyaran ya a Batista tuvo un efecto sicológicamente devastador en las fuerzas armadas y en los dirigentes del movimiento obrero. Esto contribuyó mucho para provo- car su caída.
Por otra parte, lo que hicimos en los Estados Unidos fue causa le que subiera Castro al poder. Hasta que ciertas porciones de la prensa norteamericana empezaron a escribir artículos desdeñosos contra el gobierno de Batista, la revolución castrista no había progresado.
Batista incurrió en el error de exagerar la importancia de (doctor Carlos) Prío (Socarrás), quien residía en Florida, y de menospreciar la importancia de Castro. Prio trabajaba desde los Estados Unidos, desde Florida, enviando a los revolucionarios armas, municiones, sol- dados y dinero,
LA DISOLUCIÓN 531
En 1900, dos años antes de que se independizara, su po blación era, aproximadamente, de 1.600,000 habitantes, y el
pais era pobre. En los cincuenta y seis años de independencia, la población aumentó a más de 6.500,000 y, gracias al sistema de libre empresa, los cubanos construyeron Una próspera república.
Entre algunas de las razones qué podría mencionar (aun- que no son todas ni las enumero en el orden de su impor- tancia) para explicar la caída de Batista figuran las siguientes:
1) Lo que hacían día a día los del Cuarto Piso del Departamento de Estado ?.
2) El empeño en derrocar a todos los dictadores izquierdistas, de parte de ciertas personas € instituciones influyentes de los Estados Unidos.
3) La falta de honradez y la corrupción que provocaron la desintegración del gobierno cubano y afectaron a las fuerzas armadas.
4) Los métodos violentos de los órganos encargados de hacer cumplir la ley.
5) La necesidad de elecciones libres y abiertas,
6) La falta de educación de las masas.
7) La necesidad de escuelas y hospitales en las provincias del interior.
8) La necesidad de alojamientos de costos reducidos en el interior.
9) Diversificación de la economía: Cuba dependía demasiado de un solo producto, el azúcar. Toda la economía del país se basaba en el volumen y el valor de la cosecha de azúcar. El volumen afectaba al empleo de los trabajadores, la duración de la zafra, el tráfico ferro- viario y el movimiento de los puertos. El valor de la cosecha de azúcar determinaba los salarios y la cantidad de dinero que había en circu- lación. Durante la temporada del azúcar, había prosperidad en el inte- rior de la isla. Durante la temporada muerta de la cosecha de azúcar, el gobierno de Batista creaba empleos para los trabajadores mediante gastos que producían défici. Se hicieron intentos para rectificar la dependencia cubana del cultivo de la caña de azúcar diversificando su producción agrícola, fomentando la industria minera y la industria ganadera y lechera.
1 Las referencias al Cuarto Piso del Departamento de Estado deben tomarse simbólicamente. El Cuarto Piso es donde tienen sus oficinas los funcionarios que se ocupan de los asuntos latinoamericanos.
Capítulo IX
ASESINATO Y CONFIANZA
En diciembre de 1957, unos seis meses después de mi lle- gada, la Embajada de los Estados Unidos en La Habana recibió míormes de que los miembros comunistas de la revolución castrista estaban tramando mi asesinato por razones políticas. Los informes sobre la maquinación nos llegaron de los servi- cios de inteligencia de la Embajada de los Estados Unidos en Ciudad Trujillo, República Dominicana. El complot, que más tarde fue verificado por el Departamento de Estado, consistía en que enviarían dos comunistas de México a La Habana para matar al embajador de los Estados Unidos. El plan tenía por objeto crear un incidente internacional con la esperanza de que el escándalo consiguiente provocaría la caída del go- bierno de Batista,
También los servicios de inteligencia de la Embajada de Haití en México se enteraron del complot comunista para asesinarme, El agregado militar haitiano en Cuba comunicó al agregado militar de los Estados Unidos, teniente coronel Joseph Treadway, los informes recibidos por la Embajada de Haití. Aunque se discutió la cuestión de protegerme y me ofrecieron guardias personales, no los quise ni los acepté. El haberlos aceptado habría sido una ofensa para los buenos elementos de la oposición.
Nuestra única preocupación fue la seguridad de nuestro hijo de cinco años de edad. Debido a la posibilidad de que
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58 EARL E. T. SMITH
lo secuestraran, dispuse que un empleado cubano de la em- bajada acompañara al niño para llevarlo y traerlo de la escuela.
Cuando estuve en Washington en uno de mis viajes de consulta, la situación de La Habana se volvió particularmente tensa debido al aumento de las actividades terroristas de los revolucionarios y al aumento de las medidas de represión de la policía. Creí necesario ponerme en contacto con mi esposa, Florence, para recordarle discretamente que nuestro hijo se ha- llaba enfermo y debía permanecer en la residencia de la em- bajada de acuerdo con las órdenes del médico. Fue necesario disfrazar nuestra conversación, pues todos los teléfonos de la embajada estaban intervenidos por el gobierno de Batista. Florence entendió inmediatamente. Me tranquilizó diciéndome que pensaba tener al pequeño Earl en la alcoba porque estaba resfriado,
El 24 de enero de 1958, Batista ofreció una solución elec- toral y prometió públicamente entregar el gobierno al sucesor que fuera elegido. Sin embargo, Batista no ayudó mucho a su causa con el departamento o con la embajada cuando hizo aprobar una ley que lo haría elegible para el mando del ejér- cito en la siguiente administración. Según esta ley, Batista sería elegible para ocupar el nuevo puesto de jefe del Estado Mayor Conjunto. La oposición afirmó inmediatamente que Batista se proponía perpetuarse en el poder.
Los revolucionarios deseaban destruir la confianza del pueblo en el gobierno de Cuba y desorganizar la economía cubana. En 1957 y a principios de 1958, estas actividades de los revolucionarios dieron poco resultado.
No fue sino hasta principios de 1958 que estas actividades empezaron a tener efecto sobre la economía cubana. Durante algún tiempo, los revolucionarios castristas se portaron más bien como rufianes irresponsables que como una organización bien dirigida. Para el otoño de 1958, según pareció, habian recibido consejos profesionales sobre la manera de desorga- nizar la economía de Cuba, esto es, destruyendo las principales arterias de transporte, para lo cual volaban puentes y dislo-
ASESINATO Y CONFIANZA 59
caban las carreteras más importantes. volando las vías del ferrocarril y atacando a los trenes. Como consecuencia de la desorganización de los transportes, reinaba en la isla el temor sobre la posibilidad de transportar la cosecha de azúcar a los ingenios. Las comunicaciones quedaron desorganizadas destru- yendo las lineas telefónicas y telegráficas. Los revolucionarios intentaban cortar a la isla en dos en la Provincia de Las Villas, e interrumpiendo todas las comunicaciones y transportes entre los dos extremos de la isla. El cambio de los ataques fortuitos a una campaña bien dirigida fue sorprendente.
Los rebeldes hacian incursiones periódicas sobre la mina de níquel de Nicaro, propiedad del gobierno de los Estados Unidos, y sobre Moa Bay Mining Company, propiedad de la Freeport Sulphur Company. En respuesta a mi solicitud, Ba- tista envió tropas a las dos minas de míquel para proteger estas propiedades. Me dijo: “Pondré mil hombres en cada mina si usted me proporciona dos mil rifles.”
Batista trató siempre de colaborar y siempre quiso acceder a las solicitudes de la embajada, sobre todo para la protección y salvación de las vidas norteamericanas. Insistía en que tenía conciencia de su responsabilidad por la conservación de la ley y el orden, comprendiendo la salvación de las vidas norteame- ricanas y la protección de la propiedad norteamericana, aun: que ello significara un predicamento. Batista no quería que se dijera que su gobierno no podia cumplir ya sus obligaciones. No puedo recordar una sola ocasión en que no hiciera un esfuerzo por cumplir su obligación de proteger las vidas y las propiedades norteamericanas.
Batista me decía: “Viene usted a verme para que salve las vidas norteamericanas y proteja las propiedades norteamerica- nas. Es ésta una obligación del gobierno de Cuba que sabré cumplir. Sin embargo, no puedo comprender por qué su go- bierno se niega a vender armas a mi gobierno, que es amigo de ustedes y enemigo del comunismo.” Recuerdo muy bien que me preguntó: “¿Puede usted nombrar a otro gobierno amigo al que no quieran venderle armas?”
60 EARL E. T. SMITH
Cada vez que le pedía al Presidente Batista el voto Ccu- bano para apoyar a los Estados Unidos en las Naciones Uni- das, daba instrucciones a su Ministro de Estado para que la delegación cubana votara de acuerdo con la delegación de los Estados Unidos y diera todo su apoyo a la delegación nortea- mericana ante las Naciones Unidas.
La predicción que hice en la primera reunión del perso- nal de la embajada, de que "la tarea del embajador de los Estados Unidos en La Habana durante ese periodo era un puesto en el que ningún embajador podía ganar” se estaba cumpliendo. Para ser correcto, el embajador de los Estados Unidos tenía que ser estrictamente imparcial y, como dije en la reunión del personal, “conozco lo bastante a los cubanos para saber que hay que estar con ellos o contra ellos”.
Los Estados Unidos eran objeto de críticas cáusticas de ambos bandos. Nuestra supuesta política era de completa no intervención. Sin embargo, las fuerzas antagónicas de Cuba nos atacaban a pesar de nuestra posición imparcial en la larga y latente lucha.
Los rebeldes afirmaban que nuestra no intervención tendía a favorecer al régimen de Batista porque el gobierno que estaba en el poder gozaba del reconocimiento oficial de los Estados Unidos. Este hecho fomentaba los sentimientos anti- norteamericanos entre los rebeldes debido a que tendía a serles desfavorable.
Por otra parte, los funcionarios del gobierno estaban pro- fundamente inquietos porque el Departamento de Estado sus- pendió los embarques de armas al gobierno de Cuba. Los funcionarios del gobierno de Batista estaban inquietos porque no haciamos cumplir nuestras leyes de neutralidad, porque permitiamos que se desfiguraran las noticias sobre el gobierno de Cuba, exagerando las atrocidades del gobierno cubano y paliando las de los rebeldes, y debido a nuestra “intervención por insinuaciones”, usando la presión moral para impedir que otras potencias vendieran armas al gobierno de Cuba.
ASESINATO Y CONFIANZA 61
Ántes de la suspensión de la venta de armas, se daba ayuda militar a Batista para la defensa del hemisferio como protec- ción contra “cualquier subversión comunista”, y cada vez te- níamos más pruebas de que el Movimiento 26 de Julio diri- gido por Fidel Castro estaba siendo infiltrado por los comu- nistas, y de que cada día lo dominaban más los comunistas.
Al mismo tiempo, los revolucionarios estaban irritados con los Estados Unidos porque creían que eran aeroplanos de fabricación norteamericana y bombas hechas en los Estados Unidos (entregadas antes al gobierno de Cuba) las que se dejaron caer sobre la ciudad de Cienfuegos durante el levan- tamiento naval de septiembre de 1957, Además, los revolucio- narios estaban furiosos con los Estados Unidos y con su emba- jador porque, según se decía, las fuerzas de Batista usaban armas norteamericanas contra los revolucionarios de la Provin- cia de Oriente, Dichas armas habían sido entregadas al go- bierno cubano de acuerdo con el Programa de Ayuda para la. Defensa Militar.
La pregonada política de los Estados Unidos era de no intervención, a pesar de que para una potencia tan importante como este país, resulta casi imposible no intervenir en una nación tan estrechamente vinculada a nosotros como Cuba. Antes de Castro, las relaciones entre Cuba y los Estados Uni- dos eran cordiales, estrechas y amistosas. Durante años había- mos estado unidos en una lucha común contra la subversión comunista. Los cubanos y los norteamericanos habian luchado juntos en varias ocasiones, en defensa de los ideales democrá- ticos. Antes de Castro, Cuba era tan leal y había sido tan buena amiga de los Estados Unidos como cualquiera otra de nues- tras repúblicas hermanas. Tanto el gobierno cubano como el Movimiento 26 de Julio esperaban que les ayudáramos y que no ayudáramos al otro bando. |
Capitulo X
CONFERENCIA DE PRENSA EN WASHINGTON
Para mí se había hecho evidente, pero no para William Wieland, director del Departamento de Asuntos del Caribe y de México del Departamento de Estado (Sección MID), que Fidel Castro no era la solución de los problemas cubanos. Á principios de enero de 1958, Wieland visitó la Embajada de los Estados Unidos en La Habana y nos enseñó un documento que había escrito, el cual decía que la economia cubana se estaba desmoronando y recomendaba que los Estados Unidos hicieran presión sobre el gobierno de Cuba para acelerar su caída. En realidad, las condiciones económicas de Cuba no habían sido nunca mejores que en el año que acababa de ter- minar. Dicho documento seguía diciendo que el gobierno cubano caería, probablemente, en un periodo de tiempo rela- tivamente corto.
El propósito de su visita a La Habana era el de conseguir que la embajada preparara y presentara Un documento que dijera más o menos lo mismo, a fin de respaldar su posición. William Wieland y John Topping, jefe de la oficina política de la embajada, prepararon a nombre de éste un bosquejo de dicho documento diciendo que la economía de Cuba era pobre en las caóticas condiciones y previendo la pronta caída del gobierno cubano.
Cuando me presentaron este documento, no estuve de acuer- do con la premisa. Dije que cualquier documento que quisiera
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66 EARL E. T. SMITH
Continuaron los encuentros entre el ejército y las fuerzas rebeldes. La prensa norteamericana que simpatizaba con Cas- tro exageró los ataques rebeldes. Según los informes rebeldes, habían capturado y ocupado varios pueblos. Sin embargo, no podían conservar dichas poblaciones más que unas horas. Los rebeldes se retiraban antes de que llegara el ejército. La prensa norteamericana hacía gran propaganda a los informes rebeldes y desestimaba los informes oficiales de que las tropas del gobierno no habían sufrido ninguna baja en sus encuen- tros con las fuerzas rebeldes. La prensa simpatizadora de Castro llamaba al ejército cubano el “ejército a prueba de balas”.
El 20 de enero de 1958, la delegación cubana de seis miembros que representaba a la Confederación de Trabaja- dores de Cuba (CTC) regresó a una reunión del comité ejecutivo de la Organización Regional Interamericana de Tra- bajadores (ORIT) que se celebró en Washington del 13 al 15 de enero de 1958. El secretario de la CTC, Eusebio Mujal, informó que el comité ejecutivo de la ORIT había acordado unánimemente declarar que tenía absoluta confianza en que se cumplirían las garantías ofrecidas por el gobierno cubano y el poder legislativo para las elecciones, y que esto llevaria a la nación por el camino de la democracia, la paz y la libertad.
Con el apoyo de las fuerzas armadas y los dirigentes obre- ros, más la floreciente economía, el gobierno de Cuba parecía estar firmemente protegido a principios de 1958.
CONFERENCIA DE PRENSA EN WASHINGTON 65
Cuando volví a La Habana, me recibieron los periodistas. Comprendí que al gobierno de Cuba le incomodaría que se hubiera hecho pública prematuramente su intención de resta- blecer las garantías constitucionales al terminar el periodo de suspensión, el 29 de enero de 1958. Por eso hice la siguiente declaración, con la esperanza de verter un poco de aceite en las agitadas aguas: “Ojalá los negocios, en términos genera- les, prosperaran en los Estados Unidos como están prospe- rando en Cuba.” En esa época nos encontrábamos en un periodo de receso en los Estados Unidos.
Al día siguiente, 17 de enero, la prensa cubana publicó en la primera plana la declaración que hice, subrayando lo que se refería a la no intervención. No se hizo mención alguna de mis observaciones acerca de Castro, Dichas observaciones habían sido hechas en reserva. El Ministro del Interior, San- tiago Rey, hablando en nombre del gobierno, indicó la inco- modidad de éste por haberse revelado prematuramente sus intenciones de restablecer las garantías constitucionales, di- ciendo que esto se haría “tan pronto como fuera posible y cuando las circunstancias lo aconsejaran”; que le inquietaba la preocupación del Departamento de Estado en lo que veía a los problemas interiores de Cuba y que comprendía que los buenos amigos pueden preocuparse de los problemas de cada uno de ellos; que el gobierno de Cuba agradecía el inte- rés norteamericano por las futuras elecciones, y que también se daba cuenta de que el embajador se proponía hacer un llamamiento a los agitadores y terroristas cubanos para que desistieran de su campaña de terrorismo en el momento en que el embajador manifestaba su esperanza de que se resta- blecerían las garantías constitucionales.
Sin embargo, la declaración de Santiago Rey no alteró las intenciones del gobierno cubano de restablecer las garantías al terminar el periodo de suspensión, el 29 de enero. El 18 de enero, el doctor Giiell reiteró, en confianza, que las garantías serían restablecidas a fines del mes, pero que esto estaría supe- ditado a que no se cometieran actos de violencia imprevistos,
64 EARL E. T. SMITH
la violencia en el país y podría crear condiciones que fueran aceptables para las elecciones libres y abiertas.
Después de asistir a la conferencia de prensa del Secre- tario de Estado, John Foster Duiles, el 16 de enero, durante la hora del almuerzo, me apresuré a ir a la oficina del señor Wieland, donde encontré al señor Leonhardy, así como al señor Wieland y a varios periodistas. Leí la declaración preparada, la cual decía que los Estados Unidos tenian la esperanza de que el gobierno de Cuba podría celebrar elecciones acep- tables, hablaba de nuestra preocupación por los problemas políticos cubanos y reiteraba muestras intenciones de adherir- nos estrictamente a nuestra política de no intervención.
Después de leer la declaración, se me preguntó, reservada- mente, si creía que el gobierno de los Estados Unidos podría tratar con Fidel Castro. Respondí que no creía que los Esta- dos Unidos podrían munca tratar con Castro. Entonces me preguntaron las razones de mi afirmación. Repliqué que el gobierno de los Estados Unidos no podía tratar más que con un gobierno que cumpliera sus obligaciones internacionales y que pudiera mantener la ley y el orden. En mi opinión, Castro no haría ninguna de las dos cosas.
Aunque la declaración la hice reservadamente, antes de que hubieran transcurrido veinticuatro horas, Castro, en la Sierra Maestra, y ciertos miembros del Congreso de los Esta- dos Unidos que simpatizaban con Castro, habían recibido la noticia de que yo había afirmado que Fidel Castro era comu- nista, aunque mi declaración se publicó como lo he dicho. A partir de ese momento (casi doce meses antes de que hu- yera Batista), oficialmente se consideró que estaba contra Castro. Además, a partir de ese momento los revolucionarios y los comunistas realizaron una campaña para destruir mi efi- cacia. La noticia sólo pudo saberla Castro por alguien que estaba en el Departamento de Estado o por alguno de los periodistas presentes. También se supo que el gobierno de Cuba se proponía restablecer las garantías constitucionales.
CONFERENCIA DE PRENSA EN WASHINGTON 63
preparar Wieland con esas afirmaciones tendría que ser en- viado al Departamento de Estado con su firma. Cualquier documento que saliera de la embajada con mi firma diría cosas muy distintas.
Debido a la visita de Wieland a La Habana, resolví ir a Washington para explicar en persona mis ideas sobre los pro- blemas políticos de Cuba. Por eso, telefoneé al secretario auxi- liar Roy Rubottom diciendo que quería ir a Washington para hacer una consulta y que estaba dispuesto a discutir con cual- quiera sobre la situación económica y política de Cuba. El señor Rubottom contestó que al Departamento no le quedaban fondos suficientes para pagar mi viaje. Respondí que me com- placería pagar mis gastos. Entonces accedió a que fuera, y dispuso lo necesario para que se dieran las órdenes del viaje.
Llegué a Washington el 16 de enero y fui recibido en la estación del ferrocarril por el señor Wieland y el señor Leon- hardy (encargado de la oficina cubana). El señor Wieland me informó que había convocado una conferencia de prensa para esa tarde, a las dos y media. Me opuse a la conferencia, pues no tenía nada de interés que pudiera revelar a la prensa. Wieland dijo que era demasiado tarde para cancelarla.
En una consulta esa mañana, en la oficina del secretario Rubottom, informé a los funcionarios del Departamento de Estado que Batista había aceptado levantar la cemsura de la prensa y restablecería las garantías constitucionales. Sin em- bargo, no debería darse a conocer esta información, pues el Presidente Batista no haría el anuncio durante varios días. No discutimos el documento del señor Wieland, y fue dese- chado por instrucciones del secretario Rubottom.
A cambio del restablecimiento de las garantías constitu- cionales, recibí la autorización para informar a Batista que podía esperar la entrega de veinte carros blindados que había pedido desde hacia nueve meses. Al mismo tiempo, el De- partamento de Estado me pidió que informara a Batista que los Estados Unidos tenían la esperanza de que podría eliminar
Capitulo XI
PROMESAS ROTAS Y DECEPCIONES
La embajada había estado recibiendo informes sobre el mal trato de varios dirigentes del Movimiento 26 de Julio, que estaban prisioneros en la cárcel de Santiago. Eran los siguien- tes: Antonio Buch, Javier Pazos, Armando Hart y Emilio Vallejo. Como consecuencia del interés que demostró la em- bajada, y debido a los informes de la prensa, el 18 de enero se permitió que los periodistas de Santiago visitaran a los dirigentes revolucionarios. El general Alberto del Río Cha- viano, comandante en jefe militar de la Provincia de Oriente, explicó que el propósito de la invitación a los periodistas para que visitaran a los dirigentes revolucionarios era el de probar la falsedad de las noticias de la prensa norteamericana de que habian sido torturados o los habían matado. Los pe- riodistas informaron que los prisioneros parecían estar en buen estado de salud. La embajada recibió informes del servi- cio de inteligencia de que a las madres de Antonio Buch y Armando Hart se les permitía visitar a sus hijos. A pesar de este incidente, persistieron las noticias sobre las brutalidades de la policia.
Poco después de mi regreso a Cuba, informé al Presi- dente Batista que recibiría los carros blindados. Y le dije: “Señor Presidente, ¿puedo hacer una sugerencia y pedir que no se considere como intervención en los asuntos de su patria?” |
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El Presidente Batista replicó: “Está usted en libertad de decir lo que quiera, señor embajador.”
Hice observar que sus relaciones públicas en los Estados Unidos eran muy deficientes y sugerí que se crearía una reac- ción favorable en los Estados Unidos si destituía a los funcio- narios de la policía que habían sido acusados de violencia excesiva. El Presidente contestó que estaba de acuerdo con- migo, pero que el hacerlo se interpretaría como señal de debi- lidad. Batista tenia a un tigre sujeto de la cola. Asimismo, sugerí a Batista que creara una atmósfera apropiada para las elecciones generales, y que debía declarar una amnistía general para los prisioneros políticos,
El Presidente Batista estuvo de acuerdo con estas suge- rencias y se refirió a ellas en el «discurso que pronunció ante una asamblea política. Al mismo tiempo, anunció su inten- ción de terminar la suspensión de garantías constitucionales en todas las provincias, menos en la «de Oriente, y levantar la censura de la prensa, lo cual se hizo el 25 de enero de 1958.
Sin embargo, el Departamento de Estado no cumplió más tarde su promesa de entregar los veinte carros blindados,
Desde el otoño anterior, había hecho yo todos los esfuer- zos posibles durante muchas entrevistas con Batista para obte- ner el restablecimiento de las garantías constitucionales y que se levantara la censura de la prensa. Batista había accedido por fin, aunque se quejaba amargamente de que los Estados Unidos no hacían cumplir sus leyes de neutralidad.
Desde Florida salían soldados, municiones y armas en corriente incesante, y se entregaban a los revolucionarios que se hallaban en las montañas de la Sierra Maestra.
Por último, gracias a los esfuerzos de nuestro capacitado subprocurador general, William F. 'Tompkins, el Departa- mento de Justicia obtuvo en febrero de 1958 una acusación por el Gran Jurado Federal contra el doctor Prio Socarrás, ex presidente de Cuba, quien había sido el principal respon- sable de los contrabandos de armas de Florida a los revolu- cionarios. Los agentes de Prio eran los principales culpables,
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y durante algún tiempo desafiaron abiertamente las leyes de neutralidad de los Estados Unidos enviando material de guerra desde Florida a las fuerzas revolucionarias en la Sierra Maestra y en la Sierra del Escambray.
Además del doctor Prio y sus agentes, había muchos gru- pos que trabajaban activamente en los Estados Unidos para derrocar al gobierno de Batista.
El Movimiento Cívico de Resistencia, organización for- mada en Santiago de Cuba para ayudar y alentar al Movi- miento 26 de Julio, trabajaba en los Estados Unidos. Entre otros que trabajaban en el mismo país se encontraban la Universal de Trabajadores, el Partido Demócrata, la Orga- nización Cuatro de Abril y el Partido del Pueblo Cubano.
El 19 de febrero de 1958, en una reunión con el Presi- dente de la República, le sugerí que invitara a representantes de: a) las Naciones Unidas, b) la Organización de Estados Americanos, y €) la prensa mundial para que presenciaran las elecciones. Batista se mostró comprensivo, pero indicó que era muy importante el momento en que lo hiciera. Por lo pronto, dijo, el gobierno estaba muy ocupado formando las listas de candidatos.
Algunos de los periódicos moderados de Cuba apoyaron las elecciones y dijeron que las urnas eran la única solución del problema. El periódico Prensa Libre instó a ambos bandos a llegar a una solución pacífica. El Mundo, cuyo director era opositor de Batista, dijo en un editorial a fines de enero de 1958: “El problema fundamental para restablecer la nor- malidad institucional en Cuba deberá resolverse en las urnas, en un clima de garantías absolutas para todos, Con el resta- blecimiento de las garantías constitucionales y el levantamiento de la censura, el gobierno ha dado un paso muy importante para hacer posibles las elecciones. Si se establece un clima de libertad, como prometió el gobierno, la oposición tiene el deber de acudir civicamente a las urnas.”
Fidel Castro se opuso violentamente a las elecciones y anunció que todo aquél que participara en las elecciones gene-
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rales, comprendiendo a los enemigos políticos de Batista, serían hechos prisioneros o fusilados por los revolucionarios,
Para diciembre de 1957, se hacía cada vez más claro que la única manera de salvar la situación era que Batista aca- bara por renunciar a la presidencia y, al mismo tiempo, desig- nara un gobierno de unidad nacional sin Castro y sin repre: sentantes de los terroristas, pero comprendiendo representantes de los mejores elementos de la oposición. El mandato de ese gobierno de unidad nacional tendría vigencia hasta que se hubieran celebrado las elecciones generales.
Teniendo esto en cuenta, tuve un intercambio de puntos de vista con algunos dirigentes cívicos cubanos, entre ellos el doctor Guillermo Belt, ex embajador de Cuba en los Estados Unidos. Estaba bien enterado de todo lo que se refería a Castro y se encontraba en contacto con muchos cubanos dis- tinguidos que gustosamente habrían participado en un gobierno de unidad nacional. Sin embargo, no podría obtener la cola- boración de ninguna de estas personas sin el apoyo de los Estados Unidos, pues dicho plan no podría ser eficaz sin nuestro apoyo.
Luis Machado, ex embajador de Cuba en los Estados Unidos, también intentaba muy activamente la formación de otra comisión de paz, que nunca se formó.
Guillermo Belt era opositor de Batista, pero tenía buenas razones para temer aún más a Castro. El doctor Belt fue el representante de Cuba en la Novena Conferencia Paname- ricana que se reunió en Bogotá del 30 de marzo al 2 de mayo de 1948, en la época del “bogotazo”, el cual ocurrió el 9 de abril de 1948. El “bogotazo” de 1948 principió con el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, dirigente liberal, a fin de preparar el levantamiento de las masas que formaba el Partido Liberal, pues Gaitán gozaba de gran popularidad. El levantamiento de Bogotá fue inspirado y dirigido por los comunistas, por un grupo de dirigentes comunistas internacionales que fueron llevados a Bogotá para ese fin. El esfuerzo de quebrantar la Novena Conferencia Panamericana de Bogotá y demostrar al
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mundo el poder de las multitudes dirigidas por los comunistas para hacer estragos era parte de la estrategia general- anti- norteamericana ?!,
En el levantamiento de Bogotá, Fidel Castro representó su primer papel serio como organizador activo de la imsu- rrección comunista. Tenía entonces veintidós años de edad y era estudiante de la Escuela de Derecho de la Universidad de La Habana. Fue el doctor Guillermo Belt quien dio asilo a Fidel Castro en la Embajada Cubana y le consiguió un salvoconducto después del levantamiento de Bogotá, El doctor Belt me contó que se acusaba a Fidel Castro de haber come- tido varios asesinatos en ese levantamiento.
Cuando le pregunté al doctor Belt por qué le había dado asilo a Castro en la Embajada Cubana y por qué le había conseguido el salvoconducto para ir a Cuba, respondió que en esa época no conocía los crímenes de Castro,
El Departamento de Estado debe haber estado completa- mente informado no solamente de los antecedentes policiacos de Fidel Castro, sino también de su participación activa en el levantamiento de Bogotá, inspirado y dirigido por los co- munistas. Sin embargo, nadie me mencionó en el Departa- mento de Estado el levantamiento de Bogotá durante el pe- riodo de orientación, cuando me preparaba para ocupar mi nuevo puesto de jefe de misión en La Habana. No puedo recordar que nadie hiciera ninguna observación desdeñosa de Fidel Castro durante ese tiempo, aunque el señor Rubottom y el señor Wieland dispusieron que Herbert Matthews me ozientara sobre las virtudes de Castro, pues consideraban que Matthews era un experto. No puedo recordar, durante mi orientación o mientras estuve como jefe de misión en La Ha- bana, ninguna expresión de aprobación del Cuarto Piso al referirse al gobierno amigo de Cuba.
Mi primera información sobre el papel que representó Castro en el levantamiento de Bogotá me la dio el doctor
1 Nathaniel Weyl da un relato auténtico del levantamiento de Bo- gotá en su obra Red Star over Cuba.
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Belt, unos meses después de que ocupé mi puesto de jefe de misión en La Habana. No se me había dicho que, en los días del “bogotazo”, el Secretario Auxiliar de Estado para los Asuntos Latinoamericanos, Roy Rubottom, estaba en Bogotá, Colombia, donde prestó sus servicios como secretario y cónsul en la Embajada de los Estados Unidos de 1947 a 19492. El secretario Rubottom también prestó sus servicios como secre- tario de la delegación de los Estados Unidos en la Novena Conferencia Panamericana de Bogotá, Colombia, en 19483. No tuve conocimiento de este hecho hasta que di mi testimonio ante el Comité del Senado.
Fidel Castro era miembro del grupo comunista que se proponía hacer naufragar a la organización a la que el secre- tario Rubottom servía como secretario (Novena Conferencia Panamericana).
Volviendo a mis conversaciones con los dirigentes cívicos cubanos, diré que ninguno de ellos quería caer en el riesgo de incurrir en la ira tanto del gobierno de Batista como de Fidel Castro a menos que el plan de paz tuviera probabili- dades de triunfar. Sabían que no podrían triunfar sin el apoyo de los Estados Unidos. El gobierno de unidad nacional sólo serviría de gobierno provisional y sólo estaría en el poder el tiempo suficiente para celebrar las elecciones generales.
Tuve muchas entrevistas con el nuncio papal, monseñor Luigi Centoz, para un intercambio de puntos de vista sobre estos respectos, El nuncio papal, que era un caballero anciano y encantador, de agudos y penetrantes ojos azules, sabía muy poco inglés, A pesar de mis lecciones, mi español era todavía muy deficiente. Por lo tanto, sosteníamos nuestras conversa- ciones en francés.
El nuncio papal abrigaba la esperanza de que pudiera tenderse un puente entre Castro y Batista. Para repetir las palabras textuales del nuncio papal: Pour etablir un pont
e. —e
2 Según aparece en el Who's Who in America, Vol. 28. 8 Pbíd.
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entre Batista et Castro. Sin embargo, convinimos en que había que buscar la paz mediante un gobierno de unidad nacional. -
Cuando el nuncio papal preguntó sí el gobierno de los Estados Unidos prestaría su apoyo a nuestros planes, lamenté decirle que no podía obtener ningún compromiso del Depar- tamento de Estado. El Departamento de Estado no me permi- tiría dar ninguna indicación de apoyo a la Iglesia Católica Romana. La posición que adoptaba el Departamento de Esta- do era la de que sólo si los esfuerzos de la Iglesia triunfaban, los Estados Unidos harían una declaración pública de apoyo. De otra manera, se consideraria que era una intervención.
El nuncio papal y yo llegamos al entendimiento de que en el gobierno de unidad nacional figurarian miembros de la oposición política, representantes de los revolucionarios y miembros del gobierno de Cuba: representantes de todos los sectores. Tendría que ser un gobierno de base muy amplia, y Batista lo presidiría, Aunque la jerarquía de la Iglesia adoptaba la posición de que la paz debía obtenerse mediante un gobierno de unidad nacional, no toda la Iglesia Católica Romana pensaba lo mismo. Había discordia entre los miem- bros de la Iglesia. La Acción Católica y la JOC (Juventud Obrera Católica) confiaban en la caída de Batista y simpa- tizaban con Castro,
Mientras representé a los Estados Unidos en Cuba, los representantes de Castro: eran oídos con simpatia en el Cuarto Piso del Departamento de Estado.
En julio de 1958, en una conferencia celebrada en Cara- cas, Venezuela, se formó una confederación de los grupos revo- lucionarios, conocida con el nombre de Frente Cívico Revo- luciónario. El doctor José Miró Cardona, exiliado político, era el secretario de dicha asociación. Me dijo que se había hecho muy buen amigo de William Wieland,' de nuestro Departa- mento de Estado.
Además del representante legalmente establecido de los revolucionarios, Ernesto Betancourt, el Departamento de Es- tado estableció un enlace con los revolucionarios mediante el
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doctor Miró Cardona, ex decano de la Asociación Cubana de Abogados. El doctor Miró Cardona, fidelísta, se oponía vigorosamente a cualquier solución que no entregara el go- bierno de Cuba a Castro. A pesar de sus tratos con los repre- sentantes de los revolucionarios, el Departamento de Estado sostenía que no estaba interviniendo en los asuntos cubanos.
A fines de enero, Fidel Castro se encontraba en un estado de ánimo conciliador. Envió una proposición a Batista para terminar la guerra civil de Cuba. Se informó que Castro aceptaría las elecciones generales bajo el Presidente Batista, a condición de que fueran vigiladas en toda la isla por la Organización de Estados Americanos, y a condición de que Batista aceptara retirar todas las fuerzas milttares del gobierno de la Provincia de Oriente. Castro quería también que el ejército dejara todo el equipo al retirarse, pues los rebeldes lo necesitaban desesperadamente.
En una entrevista exclusiva con Homber Bigart, del New York Times, Castro explicó por qué queria tener el dominio militar de Oriente como condición previa para las elecciones. “Si sus tropas vigilan la votación en Oriente y si se distribu- yen observadores extranjeros en todas las provincias, Castro cree que su Movimiento 26 de Julio ganará las elecciones.”
El editorialista del New York Times seguía diciendo que la proposición de Castro fue sometida al diputado Manuel de Jesús León Ramírez, de Manzarillo, el 28 de enero, y que el diputado conferenció después con miembros del gabinete de Batista.
En La Habana corrieron rumores sobre la oferta de Castro. Aunque lo más probable es que Batista no habría aceptado la exigencia de Castro de que evacuara la Provincia de Oriente, me aseguró personalmente que estaría de acuerdo en que los observadores de la OEA presenciaran las elecciones generales. Allí se presentaba una oportunidad para que los Estados Unidos, con la ayuda de la Iglesia, tendieran un “puente entre Castro y Batista”.
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A principios de febrero, la fuerza rebelde había declinado y Castro se mostró mucho más conciliador. Le preocupaba el hecho de que pudiera perder la simpatía de los Estados Uni- dos, debido al arresto en Miami del doctor Carlos Prio Socarrás por haber violado las leyes de neutralidad de los Estados Unidos.
Si el Departamento de Estado lo hubiera querido, ése era el momento oportuno para insinuar a Batista que debía ausen- tarse de Cuba y designar un gobierno de unidad nacional, excluyendo a Castro. Basándose en la no intervención, el De- partamento de Estado no explicó nunca seriamente ninguno de los planes sugeridos para encontrar una solución pacifica que excluyera a Castro, Por lo tanto, la situación política cu- bana tenía que empeorar,
Castro insinuó públicamente cue se había hecho un trato entre los Estados Unidos y el gobierno cubano. Según Castro, habían convencido a Batista de que restableciera las garantías constitucionales a cambio del acuerdo de los Estados Unidos de proceder contra los grupos revolucionarios cubanos en los Estados Unidos que enviaban armas y dinero a la Sierra Maestra.
En la última parte de febrero de 1958, la Iglesia Católica Romana de Cuba llegó a la decisión de mediar en los proble- mas políticos cubanos por si misma. Se pensó originalmente nombrar una comisión con representantes de la Iglesia, la clase obrera, las universidades, las organizaciones cívicas y la prensa. Dicha comisión visitaría primero al Presidente. Fue una buena noticia en €se tiempo, porque de esa manera podría obtenerse una solución pacífica, El pueblo de Cuba, que se estaba can- sando de la revolución, se sintió alentado por la posibilidad de encontrar una solución pacífica gracias a la Iglesia.
El primero de marzo de 1958, la jerarquía de la Iglesia Católica Romana en Cuba, bajo la dirección del cardenal y el nuncio papal, adoptó una actitud definida publicando una declaración en la que instaba a los revolucionarios cubanos a
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desistir de sus actividades terroristas, y pedía al gobierno cu- bano que solucionara pacificamente el problema mediante la formación de un gobierno de unidad nacional. La declara- ción, que estaba firmada por la jerarquía de la Iglesia, no entraba en detalles acerca de qué grupos figurarían en el go- bierno de unidad nacional. En respuesta a mi pregunta, el nuncio papal dijo que la Iglesia había pensado en los diri- gentes de la oposición, pero no en Fidel Castro.
Capitulo XII
LAS ELECCIONES Y LA INTERVENCIÓN
En la mañana del 3 de marzo de 1958, el doctor Gonzalo Giiell me pidió que me detuviera en su casa cuando iba en mi camino a la cancillería. Cuando llegué, me informó que el Presidente había aceptado mis peticiones: a) de invitar a le prensa mundial a presenciar las elecciones, b) de invitar a los observadores de las Naciones Unidas a presenciar las elecciones, y c) de invitar a los representantes de la OEA a presenciar las elecciones. Agregó que el Presidente de Cuba estaba dispuesto a cooperar de todas las formas posibles a fin de crear una atmósfera favorable para las elecciones, y garantizaría unas elecciones libres y abiertas. Al parecer, la resolución de la Iglesia había apresurado la decisión de Batista.
La decisión final de la Iglesia era la de nombrar una pequeña comisión que no se considerara hostil a Batista. Te- míase, además, que una comisión numerosa sería demastado difícil de manejar, por lo que el 6 de marzo de 1958 se anun- ció que se formaría una comisión de unidad nacional con la esperanza de que pudiera encontrarse una solución pacífica a los problemas políticos de Cuba. Los miembros de la comi- sión eran los siguientes: Raúl de Cárdenas, ex vicepresidente de Cuba; Gustavo Cuervo Rubio, ex vicepresidente de Cuba; Pastor González, representante de la Iglesia; Victor Pedroso, presidente de la Asociación Nacional de Bancos de Cuba.
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La comisión fue bien recibida en Cuba, pues aún preva- lecía la esperanza de una solución pacífica. Los editoriales de la prensa cubana apoyaban vigorosamente la actitud de la iglesia de que había que buscar la paz mediante un gobierno de unidad nacional. Los principales periódicos publicaron las sugerencias de la comisión de paz, que pedían lo siguiente para crear un clima favorable para las elecciones:
a) Amnistía política.
b) Que todos los exiliados regresaran a Cuba.
c) Restablecimiento de las garantías constitucionales,
d) Que se permitiera que los miembros del Movimiento 26 de Julio participaran en las elecciones.
Teniendo presente que Batista y Fidel Castro eran los únicos factores importantes, la comisión de unidad nacional, que llegó a ser conocida con el nombre de Comisión de la Armonía Nacional, pensaba en un principio solicitar el apoyo de la prensa, las universidades, las organizaciones cívicas, la clase obrera y la oposición política. Después de que se hubiera obtenido dicho apoyo, se pensaba que la Comisión de la Armonía se pusiera en contacto con los revolucionarios y soli- citara su colaboración para encontrar una solución pacifica. Aun" cuando los revolucionarios no colaboraran, estos grupos continuarían negociando con el gobierno. Sin embargo, la comisión se reunió primero con Batista. Después de varios días, el Presidente recibió a la Comisión de la Armonía Na- cional y les informó -que estaba dispuesto a colaborar con sus sugerencias de formar un gobierno de unidad nacional, pero que no acortaría la duración de su mandato, Tampoco renun- ciaría a la presidencia amtes de que terminara legalmente el 24 de febrero de 1959.
El Presidente dio a conocer la siguiente declaración pública: |
A) Aunque el gobierno de Cuba había considerado siempre que todos los observadores extraños que presenciaran las elecciones cuba-
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nas estarían interviniendo en los asuntos de Cuba, Batista estaba dispuesto a pedir a las Naciones Unidas que enviara observadores y estaba dispuesto a invitar a la prensa mundial a que observara las elecciones, si así lo pedía la oposición.
B) Estaba dispuesto a colaborar con cualquiera de las demandas de la oposición a fin de crear una atmósfera favorable para las elecciones.
En esa época, Batista se encontraba en el proceso de elegir un nuevo gabinete, Para hacer una oferta conciliatoria, nombró a varios profesionales y designó Primer Ministro a Núñez Portuondo. Batista lo eligió porque era bien visto en los Estados Unidos y en las Naciones Unidas.
Bajo la orientación de la Iglesia, la Comisión hizo pro- posiciones a Fidel Castro. Pero Castro rechazó a la comisión porque creía que ésta era simpatizadora de Batista y que no tenía el apoyo de los Estados Unidos. No solamente se negó a recibir a la comisión, sino que tampoco quiso recibir a ninguno de sus representantes. Esto ocurrió el 10 de marzo de 1958. Castro dijo que el gabinete no sería aceptable para él si lo presidía Batista. En consecuencia, todo el gabinete re- nunció,. El Ministro de Estado Gonzalo Giiell fue nombrado Primer Ministro, y ocupó ambos puestos hasta que huyó Batista.
Batista, el "hombre fuerte”, había estado dispuesto a acep- tar la mediación; pero Fidel, no. Como consecuencia de ello, Castro se convirtió en el hombre de la hora y aumentó su prestigio, mientras disminuía el de Batista debido a que su voluntad de aceptar la mediación fue interpretada como señal de debilidad.
Entonces, a la Comisión de la Armonía Nacional no le quedó más remedio que renunciar después de que Fidel Castro rechazó su oferta de paz. Esto ocurrió el 12 de marzo, y se expresó la esperanza de que se obtendrían sus objetivos rme- diante la formación de otra comisión.
Por el nuncio papal me enteré de que la Iglesia se pro- ponía nombrar una nueva comisión de tres obispos: uno de Matanzas, el obispo Martín Villaverde; uno de la Provincia
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de Oriente, el arzobispo Pérez Serantes, y uno de la Provincia de Las Villas, el arzobispo Dalmau. La Iglesia comprendía que si el gobierno de Cuba caía, quienes apoyaban al gobierno le reprocharían el haber intervenido. A pesar de todo, la Igle- sia quería, por razones humanitarias, encontrar una solución pacífica.
El Episcopado de Cuba confiaba en que el arzobispo Pérez Serantes tendría aún influencia sobre Fidel Castro, pues en 1953 le había salvado la vida a éste consiguiendo que se le entregara sin sufrir daño a los tribunales civiles de Oriente después del ataque contra el cuartel “Moncada”. La Iglesia había sufrido una amarga decepción porque Castro rechazó las ofertas de paz de la Comisión de la Armonía Nacional, y por fin resolvió adoptar por el momento una política de espera. De esto me enteré el 10 de marzo, cuando visité al nuncio papal en su residencia.
Después del 25 de enero de 1958, cuando se restablecieron las garantías constitucionales, los terroristas intensificaron sus actividades. Se colocaron bombas en las casas, en los teatros, las tiendas y las plazas públicas. Había muchachas que intro- ducían las bombas en los cines debajo de las faldas. Algunas de ellas salieron mal heridas cuando las bombas hicieron explo- sión antes de tiempo. Se propagó la violencia. Se intensificó el incendio de la caña de azúcar, para causar daño a la econo- mía cubana. Soltaron ratas y ratones con trapos ardiendo atados a la cola para que corrieran por los sembrados de caña.
Se intensificaron actos ilegales como los asaltos de los avio- nes comerciales para demostrar al mundo que el gobierno cubano no podía mantener la ley y el orden. Plagiaron al corredor argentino Juan Fangio para obtener publicidad.
En los intentos de la Iglesia y en los mios por encontrar una solución, recibimos el apoyo moral de muchas organiza- ciones cívicas que estaban alarmadas por las actividades terro- ristas de los revolucionarios. La mayor parte del pueblo deseaba la paz, comprendiendo a los mejores elementos de la oposición. Los revolucionarios terroristas y los ardientes partidarios de
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Castro no querían que se celebraran las elecciones generales. Temiían cualquier intento que hiciera posibles las elecciones generales y que estableciera un gobierno provisional en Cuba, con Batista en el extranjero. Si Batista renunciaba a la presi- dencia y se iba de Cuba, se obtendría el objetivo principal por el que supuestamente luchaba Fidel Castro; es decir, destituir al déspota. Entonces, Castro no tendría una causa legítima para continuar la revolución.
Durante este periodo, muchas organizaciones cívicas, así como profesionales y religiosas, creían que eran deseables las elecciones, pero que no podrían celebrarse hasta que no se restableciera la tranquilidad en el país.
El 10 de marzo, todas las escuelas de Cuba cerraron sus puertas. El temor se extendía por toda la isla. Aumentaban los actos de terrorismo y de sabotaje. Se hablaba de una huelga general. Eusebio Mujal, secretario general de la Confederación de Trabajadores de Cuba, me mandó decir que temía que ya no podría dominar a las organizaciones obreras,
Al aumentar las actividades de terrorismo y violencia en todo el país, el gobierno cubano, so pretexto de mantener la ley y el orden, intensificó las represalias.
Las mujeres y los niños eran víctimas inocentes de las bombas que hacían estallar los terroristas en las plazas públicas, los cines, los supermercados y diversos lugares donde podría reunirse la gente. Ea policía, a las órdenes de su jefe, Her- nando Hernández, se portaba a veces de manera brutal en sus represalias.
Los miembros de la profesión médica que daban atención a los rebeldes heridos eran víctimas de la violencia de la policía. Un delegado de la Asociación Médica Mundial pre- sentó una protesta en nombre de los médicos cubanos. Como consecuencia de esta publicidad, el gobierno de Cuba tomó algunas medidas para mejorar la situación.
El gobierno hacía presión sobre los jueces que se consi- deraban hostiles al gobierno cubano. Batista se quejaba de que estos jueces, con autos de habeas corpus, dejaban salir
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inmediatamente de la prisión a los revolucionarios. La prensa de los Estados Unidos publicó con veracidad los casos de algu- nos prisioneros a los que volvían a detener inmediatamente, lo cual demostraba desacato a los autos de habeas corpus dic- tados por el tribunal.
Cuando habié con el Presidente sobre la publicidad desfa- vorable y la hostilidad que estaban produciendo estos actos en los Estados Unidos, replicó: “Cuando los terroristas son arrestados por ataques cobardes contra los miembros de las fuerzas armadas y del gobierno de Cuba, y hay víctimas ino- centes que sufren, los jueces dejan libres a los prisioneros por- que hay autos de habeas corpus antes de que los testigos tengan la oportunidad de declarar. No podemos tener en la cárcel a los culpables a menos que se suspendan las garantías cons- titucionales.” .
El 11 de marzo recibí un recado del Primer Ministro, doc- tor Giiell, diciéndome que iría a la residencia de la embajada para verme por una cuestión importante. Nos retiramos a la biblioteca y pude advertir que el doctor Gúell se encontraba muy inquieto. Me dijo que la situación se estaba volviendo muy grave. El gobierno tenía que sufrir constantes actos de terrorismo y sabotaje. El Presidente había autorizado al doctor Gúell para decirme que temía que sería necesario suspender otra vez las garantías constitucionales.
El Presidente Batista sabía que esta noticia sería una amar- ga decepción para mí, pues tanto él como el doctor Giiell conocían cuántos esfuerzos había hecho para inducir a Batista a restablecer las garantías constitucionales y levantar la cen- sura de la prensa. Por eso envió a su Primer Ministro a fin de prepararme para el golpe antes de que hablara con él.
Le dije al doctor Gúiell que mi gobierno se ceñiría estric- tamente a su política de no intervención, pero que sufriría una honda y amarga decepción si el Presidente Batista consi- deraba necesario imponer de nuevo la censura a la prensa y suspender las garantías constitucionales.
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El doctor Giell recordó que había ayudado a convencer al Presidente a levantar la suspensión de las garantías. Me recor- dó que el Presidente se oponía a ello, pero que había accedido a fin de colaborar con los Estados Unidos. En esta reunión, el doctor Gúiell dijo que el gobierno de Cuba recibiría con agra- do la mediación de la Iglesia y le complacería colaborar con ella para buscar una solución pacífica,
Al día siguiente, 12 de marzo de 1958, el gobierno de Cuba suspendió otra vez, por un periodo de cuarenta y cinco días, las garantías constitucionales,
El mismo día me visitó en la embajada mi buen amigo, el doctor Mario Lazo, y su primo, el doctor Márquez Sterling, opositor político de Batista y candidato presidencial del Par- tido del Pueblo Libre. El propósito de esta vísita era el de hablar acerca del aplazamiento de las elecciones generales. En mayo de 1957, el gobierno cubano había adelantado la fecha de las elecciones nacionales que se celebrarían en 1958, del primero de noviembre al primero de junio.
El doctor Márquez Sterling creía que las elecciones debían aplazarse hasta noviembre y que durante ese periodo de tiempo adicional debía hacerse todo lo posible por disminuir la tensión en el país y crear un clima electoral favorable. Al día siguiente me dijo el Presidente Batista que, de acuerdo con la solicitud de la oposición, las elecciones se aplazarían hasta el 3 de noviembre.
Tanto el doctor Márquez Sterling como el doctor Lazo creían que la mejor manera de obtener un clima favorable para las elecciones generales consistía en imducir a Castro a suspender sus actividades revolucionarias. Sin embargo, esto no era posible porque Fidel Castro se oponía violentamente a las elecciones.
El doctor Márquez Sterling afirmó que Castro se oponía a las elecciones porque creía que aun cuando Batista fuera derrotado en unas elecciones justas, la autoridad pasaría a la oposición política, y no a él. Agregó, además, que Castro haría todo lo posible por impedir que se celebraran las elecciones
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porque creía que el gobierno caería en sus manos en febrero de 1959. Para entonces, Batista tendría que entregar las rien- das del gobierno a su sucesor y retirarse, O aceptar abierta- mente el papel de dictador.
El doctor Lazo y el doctor Márquez Sterling tenían la im- presión de que había una buena probabilidad de que se cele- braran las elecciones en el otoño si la Iglesia, apoyada por la oposición política y las organizaciones cívicas, con la colabo- ración del gobierno, hacía un esfuerzo decisivo por crear una atmósfera que permitiera celebrar elecciones libres y abiertas. Se confiaba en que los Estados Unidos darían su aprobación y apoyo a dicha solución.
Estos caballeros consideraban que la oposición política triunfaría en unas elecciones justas, en el otoño, Inclusive un candidato mediocre de la oposición podría ganarle a un can- didato del gobierno, suponiendo que las elecciones fueran honradas.
Discutimos las posibilidades de que yo obtuviera de los Estados Unidos la aprobación para que sugiriera a Batista que abandonara el país, y que éste, antes de irse, estableciera un gobierno provisional que sería apoyado por los Estados Unidos. En su opinión, Batista no entregaría el poder a un sucesor o a un candidato victorioso de la oposición a menos que tuviera garantías satisfactorias de que no se reemplazaría a los jefes del ejército y de que no se tomarían represalias contra sus partidos. Si fuera posible obtener esas garantías, en su parecer Batista no se negaria a entregar la presidencia. Yo puse en tela de juicio que me fuera posible obtener ese apoyo del Departamento de Estado.
El doctor Mario Lazo y el doctor Márquez Sterling convi- nieron en que era necesario que el gobierno cubano renovara la suspensión de las garantías constitucionales a fin de man- tenerse en el poder en vista de las actividades revolucionarias, En su opinión, el gobierno podria sobrevivir a esas activida- des y, con esfuerzos concentrados, derrotar a Castro. Sin em- bargo, Batista no podía esperar ya mucho, pues la incerti-
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dumbre y el temor empezaban a obrar en favor de Castro. Evi- dentemente, había que restablecer las garantías constitucio- nales antes de las elecciones.
El doctor Márquez Sterling dijo que tenia muy mala opi- nión de Batista. Sin embargo, por mucho que lo odiara, Castro sería diez veces peor. El político cubano afirmó que la única solución racional del problema cubano era una solución paci- fica y que él daría su apoyo a cualquier recurso que condujera a esa solución. Estaba dispuesto a apoyar la suspensión de garantías en ese momento, si la acompañaba el aplazamiento de las elecciones y la garantía de que las elecciones serían honradas.
El 13 de marzo, un día después de que el doctor Giiell me había visitado en la embajada, recibí un recado del Primer Ministro diciéndome que el Presidente quería verme a las siete en “Kuquine”. Cuando nos vimos en su estudio, rodeado de bustos de Abraham Lincoln, de quien Batista era un gran admirador, no pude evitar advertir que no mostraba señales de cansancio. Podría decirse que parecía correrle agua helada por las venas. Para ser un hombre que había pasado crisis diariamente, estaba por fuera completamente tranquilo. El doctor Giell se encontraba presente, Se veía cansado y ojeroso.
Batista dijo que el aumento del sabojate y el terrorismo, y el aumento de la tensión en el país, lo habían obligado de nuevo a suspender las garantías constitucionales. Sin em- bargo, confiaba. en que podría dominar la situación y estaba aumentando el ejército para dar la protección debida al pueblo cubano, y también para dar protección a las vidas y propie- dades norteamericanas.
Más tarde resultó que el ejército, aumentado, no servía de mucho, pues las tropas no se hallaban adecuadamente prepa- radas. A los oficiales les interesaba más la corrupción y gozar de las oportunidades que ofrecía el cohecho, Permitían que pasaran suministros y armas por las líneas para los rebeldes, a cambio de dinero.
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Batista me habló de su buena disposición para acceder a todas las peticiones razonables de la Comisión de la Ármo- nía y colaborar con la comisión a fin de tener una atmósfera favorable a las elecciones generales. Creía que la Comisión de la Armonía Nacional había incurrido en un grave error. En su opinión, la comisión debía solicitar la ayuda de la opo- sición política, de las asociaciones comerciales, la Iglesia y las organizaciones cívicas y la prensa; luego, después de obtener un acuerdo entre estos grupos y el Presidente, en su concepto la comisión debería acercarse a los revolucionarios. Por el con- trario, la comisión se había puesto en contacto con Castro antes de dar esos pasos. La consecuencia era que Castro los había rechazado y la comisión se había disuelto.
Batista dijo que el aumento de las fuerzas armadas reque- riría más armas y me preguntó si el gobierno de Cuba podía esperar la entrega de las armas que yo había gestionado con los Estados Unidos.
Por lo que yo sabía, le contesté que no había cambio en la política sobre la venta de armas al gobierno cubano, salvo que el Departamento de Estado deseaba estar informado cuan- do las armas se usaran para fines de seguridad. La razón de ello era que los Estados Unidos querian hacer cumplir la estipulación del tratado que requería que el gobierno de Cuba consultara a los Estados Unidos cuando usara el equipo para otros fines que no fueran los de la defensa del hemisferio.
En esta reunión le hablé al Presidente de la supuesta brutalidad policiaca del capitán Sosa y le indiqué que la prensa le prestaba mucha atención en los Estados Unidos. Me contestó que había ordenado a la policia hacer una investiga- ción; que si la investigación probaba que eran ciertas las acusaciones, le pondría remedio, “El hombre es un mons- truo”, dijo Batista. Pero nunca le puso remedio.
Hablamos de las elecciones generales y «de la fechas que fijaría el tribunal, y dijo que haría la promesa pública de que las elecciones serían completamente honradas, y que accedería a todas las solicitudes razonables de la oposición, como: a)
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pedir a la prensa mundial que presenciara las elecciones, b) pedir a las Naciones Unidas y a la OEA que enviaran obser- vadores. Además, dijo que estaba dispuesto a conceder una amnistía general en las próximas elecciones, de manera que los revolucionarios pudieran ir a las urnas. No obstante, ten- drían que prometer que dejarían las armas en sus casas.
Batista agregó que estaba absolutamente seguro de que los comunistas ayudaban y fomentaban el derrocamiento del go- bierno cubano. Conviene en que era ingenuo pensar que los comunistas no estarían aprovechando la situación política de Cuba. Sin embargo, necesitaria pruebas concretas para conven- cer al Departamento de Estado.
Le sugerí a Batista que invitara a los dirigentes de todos los grupos cívicos responsables, de la Iglesia, la clase obrera, la prensa y la oposición política a fin de hablar sobre el mejor medio de crear una atmósfera que fuera favorable para celebrar elecciones libres y abiertas. Además, le sugerí que diera gran publicidad a las estipulaciones de las leyes elec- torales y que hiciera la declaración de que el gobierno cubano obraría de acuerdo con esas leyes.
Batista se mostró inclinado a aceptar esas sugerencias y me aseguró que accedería a todas las solicitudes razonables. Pero agregó que no abandonaría su puesto hasta el 24 de febrero de 1959, cuando terminara su mandato. Esto le daría tienpo al nuevo presidente de establecer su gobierno, “El gobierno de Cuba tiene la obligación de mantener la ley y el orden y de impedir las posibles represalias contra mi gobierno entre el momento de las elecciones y febrero de 1959”, dijo el Presidente.
Batista me aseguró que con gusto se retiraría de una ma- nera honorable, y que la mejor forma «de conseguirlo era mediante las elecciones honradas.
El 14 de marzo de 1958, un día después de mi reunión con el Presidente Batista en “Kuquine”, el Departamento de Estado dictó una orden suspendiendo el embarque de 1,950 rifles Farand que habían sido adquiridos por el gobierno cu-
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bano y se hallaban en los muelles, listos para ser llevados a Cuba por barco.
Fidel Castro consiguió poner agentes de espionaje en la Embajada Cubana en Washington, D. C. Estos agentes mante- nían informado a Castro en la Sierra Maestra.
Los revolucionarios y los simpatizadores de los revolucio- narios cubanos en Nueva York tenían información de los rifles y del destino que pensaba dárseles. Los revolucionarios cono- cían inclusive los número de serie de los rifles. Los represen- tantes de los revolucionarios en Washington ejercieron gran presión sobre el Departamento de Estado para que suspen- diera este embarque. Dicha presión se aplicó fructuosamente en el momento en que el Presidente Batista anunció que sus- pendería de nuevo las garantías constitucionales.
La oficina cubana del Departamento de Estado estaba segura de que las noticias salían de la Embajada Cubana en Washington. Sólo había dos lugares donde podían obtenerse los números de serie de esos rifles: del Departamento de Gue- rra o de la Embajada Cubana. Yo adverti al Primer Ministro, y también al Presidente Batista, que creíamos que habia espías de Castro en la Embajada Cubana en Washington. Hice más: le sugeri al embajador cubano Arroyo que sería conveniente para su gobierno destituir a todo el personal de la embajada cubana, que era reducido, y nombrar un personal enteramente nuevo a fin de cerciorarse de que se había deshecho de los espías castristas. Desde entonces, se ha demostrado categórica- mente que había espías de Castro en la Embajada Cubana en Washington.
El mismo día, 14 de marzo de 1958, recibí instrucciones del Departamento de Estado de notificar al gobierno de Cuba que los Estados Unidos suspendian el embarque de todas las armas. Sin embargo, se me dieron instrucciones de asegurar al gobierno cubano que no había cambio alguno en la política fundamental de los Estados Unidos, que las medidas que se habían tomado para suspender los embarques de armas se
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debian únicamente a las censuras resión que ejercía la y Pp J prensa norteamericana y algunos miembros del Congreso.
El diputado Charles Porter, de Oregon, y el diputado Adam Clayton Powell, de Nueva York, fueron provechosos para la causa de Castro. Una de las arduas tareas del Departamento de Estado era la de aplacar al diputado Porter, que llevaba la antorcha en favor de los revolucionarios. Refiriéndome al diputado Powell, repetiré las palabras de un artículo que apa- reció el 5 de enero de 1959 en el Washington Star, escrito por Robert K. Walsh:
El diputado Powell dijo en una conferencia de prensa que había estado trabajando de acuerdo con los partidarios de Fidel Castro en los Estados Unidos desde marzo de 1958. Afirmó que no tuvo nada que ver con los embarques de armas, pero que buscó información para familiarizar al Congreso y al pueblo norteamericano con el movi- miento castrista, Anunció que estaba solicitando del Presidente Eisen- hower que propusiera el inmediato reconocimiento del régimen de Castro, y el envío de unos dos millones de dólares como préstamo o subvención para ayudar al gobierno.
También pidió el retiro de Earl E. “. Smith como embajador de los Estados Unidos en Cuba. Dijo que el señor Smith era 100 por ciento anticastrista,
En cambio, muchos otros miembros de ambas cámaras del Congreso, como el senador Smathers, demócrata de Florida, tenían conocimiento de las inclinaciones marxistas de Castro, muchos meses antes de que éste llegara al poder.
Ante el Subcomité del Senado de los Estados Unidos sobre la Seguridad Interior, declaré el 30 de agosto de 1960:
Fundamentalmente, yo diría que cuando nos negamos a vender armas al gobierno cubano y también con lo que llamé intervención por insinuaciones (que era persuadir a otros gobiernos amigos de que no le vendieran armas a Cuba), estos actos tuvieron un efecto moral, sicológico, en las fuerzas armadas, que fue desmoralizador hasta el extremo,
En cambio, alentó el espíritu de las fuerzas revolucionarias, Evi- dentemente, cuando nos negamos a vender armas a un gobierno amigo,
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el gobierno constituido, el pueblo de Cuba y las fuerzas armadas com- prendieron que los Estados Unidos ya no apoyarían al gobierno de Batista.
El 14 de marzo, la embajada se enteró de que el Comité Coordinador Cívico, formado por todos los grupos cívicos de Cuba, estaba pensando seriamente en hacer una declaración pública contra el gobierno cubano.
A fin de no menoscabar la futura utilidad del Comité Coordinador Cívico para actuar como órgano mediador en cualquier solución pacífica futura, consideré que el comité debería saber, antes de hacer una declaración pública, que Batista estaba dispuesto a crear una atmósfera favorable en la cual se celebraran las elecciones generales y fomentar la con- fianza en el pueblo cubano de que las elecciones serían hon- radas. Por ello, creí que tenía la obligación de conferenciar con el doctor Raúl de Velasco, presidente del Comité Coor- dinador, así corno presidente de la Asociación Médica Nacional.
En nuestra conferencia, le dije que el gobierno de los Estados Unidos tenía una actitud firme de no intervención y que de ninguna manera recomendaba que el grupo del doctor De Velasco usara mi. información para hablar con el góbierno. Sin embargo, consideraba que el grupo cívico debía tener cono- cimiento del hecho de que podría haber una probabilidad de éxito si tenía el deseo de acercarse a Batista.
Según el doctor De Velasco, el Comité Coordinador Cívico había llegado más o menos a una decisión final de hacer la declaración. Empero, dijo que comunicaría nuestra conversa- ción a su comité,
A fin de evitar cualquier futura posibilidad de censura, informé al Primer Ministro Gúell de mi conversación con el doctor De Velasco. El Primer Ministro dijo que la aprobaba y que informaría al Presidente.
Pocos días después, los grupos civicos hicieron una decla- ración al pueblo de Cuba pidiendo al Presidente que renun- ciara. Fue una declaración sin firmas; por ello, el documento,
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en mi opinión, no menoscababa forzosamente la utilidad de las organizaciones cívicas en cualquier posible mediación futu- ra en que quisieran participar.
La noche del 15 de marzo, fui informado por el ex Minis- tro cubano de Obras Públicas y el ex embajador cubano en los Estados Unidos, Nicolás Arroyo, en la casa del Primer Ministro, que el gobierno de Cuba se hallaba muy preocupado porque el gobierno de los Estados Unidos había considerado necesario suspender el embarque de armas al gobierno amigo de Cuba. Dijo que el gobierno cubano necesitaba las armas, pues proyectaba un gran ataque contra Castro. Sus palabras fueron las siguientes: “No es posible armar a las tropas con mondadientes. Necesitan armas de fuego.”
Al mismo tiempo, el doctor Giiell me recordó que el gobierno había tomado siempre la actitud de que no deseaba poner en un aprieto a los Estados Unidos; por ello, si éstos tenían la intención de cancelar los embarques de armas, supli- caba que se informara así al gobiernó cubano. Entonces, el gobierno de Cuba cancelaría todos sus pedidos pendientes e intentaría comprar esas armas en otras naciones. Oficialmente, los Estados Unidos sólo habían suspendido el embarque de armas.
Hice la sugerencia de que diera a sus observaciones la forma de un memorándum del gobierno de Cuba a los Estados Unidos y de que yo me encargaría de que fuera enviado inme- diatamente a mi gobierno. A continuación, agregué las segu- ridades del gobierno de los Estados Unidos de que no había ningún cambio en su actitud fundamental. Sin embargo, sabía que, después del 12 de marzo, esto no era cierto,
El 12 de marzo de 1958 es una fecha importante en la historia cubana. Después de esa fecha ya no fue posible obtener ningún apoyo del Departamento de Estado para el gobierno de Batista. Fue el 12 de marzo cuando Batista consideró nece- sario renovar la suspensión de las garantías constitucionales y volver a imponer la censura de la prensa. En el mismo día, Raúl Castro consiguió establecer un segundo frente en las mon-
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tañas de la Sierra del Cristal. Esto fue un grave golpe para el gobierno de Cuba y aumentó grandemente el entusiasmo entre los fidelistas.
Durante meses había recurrido yo a todos los medios de persuasión para convencer a Batista de que restableciera las garantías constitucionales en la isla. Pasando por alto los consejos de sus hombres de confianza, accedió y lo hizo el 25 de enero. El departamento, creyendo que éste era un gran paso en la dirección que deseaba, adoptó una actitud de espera. Como ya dije antes, aceptaron renovar las instrucciones de entrega de los veinte carros blindados, que habían sido pedidos desde hacía algún tiempo.
Ahora, después de siete semanas, aproximadamente, el hombre fuerte se vio obligado a tomar las mismas medidas debido al aumento de las actividades terroristas. Terminó la actitud de espera. Los enemigos de los dictadores derechistas y los elementos simpatizadores de Castro, cuya opinión de la situación era que Batista no podía ya dominar con métodos violentos, volvieron a la carga.
Recordé al departamento que el hecho de dar a la publ:- cidad su decisión de suspender los embarques de armas y hacer cumplir la enmienda que requería que Cuba consultara con los Estados Unidos antes de usar las armas para cualquier otro fin que no fuera la defensa del hemisferio tendría un devas- tador efecto sicológico. Si Batista caía después de que se dieran a la publicidad estas decisiones, muy bien podría acha- carse a los Estados Unidos el derrocamiento del gobierno cubano y el caos y derramamiento de sangre consiguientes.
Aun cuando Batista había suspendido otra vez las garan- tías constitucionales, recomendé que continuáramos nuestra política de procurar obtener una atmósfera favorable en Cuba para celebrar las elecciones, Si no estábamos dispuestos a salvar la situación apoyando a un gobierno de unidad nacional (com- prendiendo la venta de armas a ese gobierno), entonces era éste el único camino lógico que podían seguir los Estados Unidos.
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El 17 de marzo, en una reunión del personal de la emba- jada (compuesto de jefes de todas las secciones, jefes de todos los órganos que prestaban sus servicios en Cuba, contando los oficiales del ejército que formaban parte del Programa de Ayuda para la Defensa Mutua), bosquejé el cambio de política de los Estados Unidos hacia Cuba, como lo indicaba la suspen- sión del embarque de armas.
Era evidente que ya no había ningún apoyo al gobierno constituido de Cuba.
El 17 de marzo, Jules Dubois, corresponsal del Chicago Pribune, cuyas convicciones contra Batista se habían vuelto una obsesión, vino a la Cancilleria de la Embajada de los Estados Unidos. Cuando entró en mi oficina, sus primeras palabras fueron para decir que la caída de Batista era inevi- table y para preguntar cuándo me uniría a los demás para librarme del hijo de p... Insistió en que no habría elecciones en Cuba y dijo que, en su opinión, el Departamento de Estado debía hacer una declaración que provocara el derrocamiento del gobierno cubano.
Repeti que estábamos buscando una solución pacífica y afirmé que la caída del gobierno de Cuba sería seguida por un baño de sangre. Además, repetí que el Departamento de Estado no tenía ninguna intención de hacer semejantes decla- raciones y, con ello, intervenir en los asuntos de Cuba.
Raúl Menocal, ex alcalde de La Habana y Ministro de Comercio en el gabinete de Batista, casi fue asesinado cuando un hombre le hizo siete disparos y mo atinó. Dos balas rom- pieron el brazo del secretario que lo acompañaba. Menocal dijo que estaba mirando la cara del hombre y pudo ver el fuego que salía de la pistola, y probablemente disparó cinco tiros antes de que él se agachara. Menocal no iba protegido por ningún guardián. Éste fue otro intento de los terroristas de asesinar a los miembros del gobierno cubano.
La noche del 17 de marzo, me notificó el señor Houser, del Hotel Hilton, que los periódicos de California publicaban la noticia de que todos los norteamericanos deberían alejarse
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de Cuba. Estos incidentes eran parte de la propaganda que se hacía entre el pueblo norteamericano a fin de contribuir al derrocamiento del gobierno cubano. El señor Houser quería saber si estaba sucediendo algo drástico, porque el hotel espe- raba dos días más tarde a 300 huéspedes para la gran inau- guración de gala del Hotel Hilton. Le dije al señor Houser que, por lo que sabía la embajada, la inauguración del Hotel Hilton se realizaría sin ningún incidente.
El 18 de marzo, nuevamente recomendé al Departamento de Estado que cumpliera su compromiso de entregar los veinte carros blindados. Según mis instrucciones, había informado al Presidente Batista que podía esperar la entrega. Sin embargo, tenía indicaciones de que el Departamento de Estado no iba a cumplir su compromiso.
Lo que hicieron los Estados Unidos al suspender el em- barque de armas tuvo un devastador efecto sicológico en el gobierno de Cuba; en cambio, dio gran aliento sicológico 2 los revolucionarios, Los cubanos dieron a este acto la inter- pretación de que retirábamos el apoyo a Batista, lo cual era cierto.
El gobierno de Cuba puso reparos a nuestro acto, por ser contrario a la Convención de La Habana de 1928 sobre los Derechos y Deberes de los Estados en el caso de una guerra civil. Pidieron que se. renovaran los embarques de armas, ya que tanto los Estados Unidos como Cuba eran signatarios de dicha convención.
El 21 de marzo, el gobierno de Cuba anunció oficialmente que las elecciones se aplazarían hasta el 3 de noviembre de 1958. Este anuncio estaba de acuerdo com la declaración que me había hecho Batista.
El 24 de marzo envié otra vez un telegrama al Departa- mento de Estado pidiendo que continuaran los embarques de armas en vista de que el Presidente había declarado pública- mente que aceptaría cualquier petición razonable de la oposi- ción para celebrar elecciones honradas y crear la atmósfera adecuada para las elecciones, y en vista del hecho de que
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estaba dando protección y salvaguardando las vidas y propie- dades norteamericanas, También basé mi solicitud para la renovación de los embarques de armas en mi opinión sobre la situación política de Cuba que había enviado el día anterior. En esta opinión, una vez más afirmé que si el gobierno de Cuba caía, los únicos beneficiados serían los comunistas.
Citaré un memorándum personal que hice para posible consulta futura:
Mi posición no ha variado. Soy imparcial en lo que se refiere al gobierno con respecto a la oposición política; sin embargo, no existe ningún grupo que esté preparado para encargarse del gobierno de Cuba. Considero que tengo la obligación de hacer todo lo posible, dentro de mis limitaciones, para obtener una solución pacífica, aun cuando no pueda conseguir el apoyo del Departamento de Estado para cualquier solución de esa naturaleza. Si Batista abdicara o fuera derro- cado, indudablemente habría caos, derramamiento de sangre y vanda- lismo. Esto significaría el sacrificio de muchas vidas, comprendiendo muchas víctimas inocentes, La locura de la sicología de las multitudes o del populacho es algo aterrador.
Cuando terminaba el mes de marzo, le pedí al Departa- mento de Estado, antes de adoptar una nueva política de apla- zamiento de todos los embarques de armas, que me permitiera sondear a Batista respecto a la posibilidad de que se ausen- tara de la isla y de que nombrara un gobierno provisional con el apoyo del ejército para vigilar las elecciones. Esto debe- ría responder a las objeciones de la oposición de que no se podrían celebrar elecciones honradas bajo la actual adminis tración.
El Departamento de Estado replicó que no estaba de acuerdo con mi sugerencia, pues la considerarían intervención.
En una cena que dieron el 25 de marzo el embajador peruano, doctor Brandáriz, y su esposa, el Primer Ministro Giiell me Hevó aparte después de la cena para decir que el Movimiento 26 de Julio tenía conocimiento de que habían embarcado 1,950 armas cortas y después las habían sacado
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del barco, y que los revolucionarios aprovecharían esta intor- mación. El Primer Ministro me pidió que informara a mi go- bierno que el gobierno cubano estaba muy preocupado por lo que veía a la política de los Estados Unidos sobre los embar- ques de armas,
Hice observar al Primer Ministro que la actitud oficial de los Estados Unidos no había cambiado hacia el gobierno de Cuba, pero que la suspensión de las garantías había sido una gran decepción para mi gobierno. Además, la ocasión en que se había dictado la suspensión de garantías habia sido desafor- tunada, porque se produjo inmediatamente después del test- monio del Secretario Auxiliar de Estado Rubottom ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de los Estados Unidos. Entendía yo que Rubottom había declarado que el gobierno de Cuba estaba haciendo todos los esfuerzos posibles por establecer un clima adecuado para las elecciones.
A la mañana siguiente recibí una Hamada telefónica del Primer Ministro para decirme que el gobierno cubano había decidido cancelar el pedido de veimte carros blindados, No habíamos cumplido nuestra promesa de entregarlos, y el go- bierno de Cuba trataba de salvar las apariencias. Daban este paso a fin de no poner en un aprieto a los Estados Unidos y también para demostrar el deseo de Cuba de colaborar con el gobierno de los Estados Unidos. Sin embargo, el Primer Mi- nistro insistió en el punto de vista de que las armas de que disponía Cuba eran anticuadas y se encontraban en mal estado; por lo tanto, el gobierno cubano tenía el vehemente deseo de que los Estados Unidos continuaran el embarque de armas que habian prometido porque las necesitaban para mantener la ley y el orden.
Nuevamente hice la recomendación al departamento de que continuaran los embarques de armas a fin de que el go- bierno de Cuba pudiera mantener la ley y el orden. Si lo que nos proponíamos era conseguir una solución pacífica y evitar un baño de sangre, debíamos continuar enviando armas.
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En dos ocasiones distintas, en el mes de marzo, me reuní con Herbert Matthews, del New York Times. En la primera reunión, el día 18, él y la señora Matthews almorzaron con mi esposa y conmigo en la residencia de la embajada. Antes había hablado yo con el doctor Guillermo Belt, quien me contó que en una larga conversación con Matthews el periodista le había dicho que se había enterado por Homer Bigart, del Times, de que yo había dicho que Castro era un bandido. Aun cuando esto incomodó a Matthews, no mencionó mi observación durante el almuerzo, aunque fue él quien más habló,
En opinión de Matthews, Batista caería; habría una huelga general y los resultados serían inevitables. Dijo que la emba- jada y los Estados Unidos habían intervenido en los asuntos cubanos al tratar de obtener unas elecciones libres y abiertas. Me pareció divertida la afirmación de Matthews porque no pude menos que pensar en cuánto había estado interviniendo él con sus vígorosos editoriales contra Batista. El señor Mat: thews no quiso aceptar el hecho de que la embajada no podía seguir otro camino.
En nuestra segunda reunión, el día 26, advertí que Herbert Matthews estaba inquieto y preocupado por la situación. No podía entender por qué no caía el gobierno de Batista. Repitió sus acusaciones de intervención del gobierno norteamericano, Le dije a Matthews que yo esperaba una solución pacífica y que continuaría buscándola por remota que fuera la probabi- lidad de encontrarla. Si mi gobierno no quería ayudar a obtener una solución pacífica debido al miedo de la inter- vención, entonces la única esperanza que quedaba era la inter- vención de la Iglesia y la fuerza de su prestigio.
Matthews no estuvo de acuerdo conmigo. En su concepto, no era posible una solución pacífica debido a las emociones exacerbadas del pueblo cubano. Estas emociones tenían que encontrar una salida. Si así fuera, hice observar que sufrirían muchas víctimas inocentes,
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Matthews había estado en contacto con el Movimiento 26 de Julio en La Habana y con los revolucionarios en Pinar del Río. Dijo que se realizaria la esperada huelga general, pero ahora no estaba seguro de su resultado. En opinión del periodista, Batista cometió un gran error al restablecer las garantías constitucionales el 25 de enero, pues Matthews estaba convencido de que Batista no sobreviviría.
Le pregunté a Herbert Matthews si los rebeldes habian hecho algunos planes por lo que veía al gobierno provisional o si había un acuerdo sobre los miembros del nuevo gobierno. El editorialista del Times replicó que no habia acuerdo alguno, fuera de que Fidel Castro quería que Urrutia fuera presidente. Agregó que, a su parecer, Urrutia no duraría mucho en el nuevo gobierno, Era un buen hombre, pero desconocido.
Le dije a Matthews que la actitud oficial del departa- mento era de no intervención, es decir, que los Estados Unr- dos no darían ningún paso para mantener a Batista en el poder y tampoco para que lo abandonara.
En este punto, la embajada en La Habana decidió enviar un avión de la misión del ejército de los Estados Unidos a visitar la base naval de. Guantánamo, la mina de níquel de la Freeport Sulphur en la bahia Moa y la mina de níquel de Nicaro, propiedad del gobierno norteamericano, El objetivo del envío del avión era el de obtener un efecto tranquilizador y demostrar el interés de la Embajada de los Estados Unidos por los norteamericanos que se encontraban en la Provincia de Oriente (cuartel general de los revolucionarios). Era tam:- bién el de demostrar a los revolucionarios que la embajada estaba dispuesta a cuidar del personal norteamericano.
La noche del 29 de marzo, el padre John Kelly, presidente de la Universidad Villanova de Cuba, apareció en la residencia de la Embajada Norteamericana sin anunciarse. Después de un saludo cordial, me informó que la Iglesia temía la guerra civil y deseaba conocer cuál era la actitud de los Estados Uni1- dos. Le dije que estábamos gravemente preocupados y nos dábamos cuenta de cuáles eran las condiciones que prevalecían
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en Cuba, y agregué que, en mi opinión, la Iglesia era en ese momento nuestra última esperanza de obtener una solución pacífica.
El padre Kelly me dijo que la Iglesia no había podido ponerse en contacto con Fidel Castro y agregó: “Aunque el obispo Serantes de Oriente le salvó varias veces la vida a Castro, me temo que éste no es tan agradecido como debía serlo.”
El padre Kelly me habló de los informes de que Fidel, cuando era un niño que asistía a la escuela parroquial, sufrió un accidente en una motocicleta que lo dejó sin sentido du- rante ocho días. Muchos tienen la opinión de que Fidel no es normal, según el padre Kelly, y atribuyen su falta de norma- lidad a este accidente.
En opinión del eclesiástico, el gobierno de los Estados Unidos debía hacer una investigación concienzuda sobre los antecedentes de Fidel Castro, pues muy bien podría suceder que Castro fuera el sucesor de Batista.
El padre Kelly, de quien se sabía que era opositor de Batista, estaba muy preocupado por las afiliaciones comunistas del Movimiento 26 de Julio y temía por Cuba si Castro se apoderaba del gobierno.
El padre Kelly dijo que seria mejor que los Estados Uni- dos intervinieran en ese momento, porque creía que seis meses después de que Castro tomara el poder, tendrían que interve- nir por razones humanitarias,
Lo único que pude contestar fue que los Estados Unidos seguirían su política de no intervención y que sólo darfamos nuestro apoyo moral a cualquier intento de la Iglesia de con- seguir una solución pacífica. Sin embargo, era posible que los Estados Unidos hicieran una declaración respaldando dichos objetivos.
Al padre Kelly le interesó saber que yo había pedido per- miso al Departamento de Estado para ponerme en contacto con el Presidente Batista a fin de hablar con él sobre la conveniencia de que se ausentara de Cuba, estableciendo un
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gobierno provisional de unidad nacional y obteniendo el apo- yo de los Estados Unidos para ese gobierno provisional hasta que pudieran celebrarse las elecciones generales,
La conversación terminó con una discusión sobre la espe- rada huelga general. La embajada consideraba que si fraca- saba el intento por falta de organización, era posible que los revolucionarios estuvieran más conciliadores. Si el gobierno cubano aplastaba la huelga con grandes pérdidas de vidas, sería difícil predecir los resultados. Si la huelga tenía éxito, el gobierno de Cuba caería, y entonces habría derramamiento de sangre por un periodo indefinido.
La reacción inmediata de Batista a nuestra suspensión de embarques de armas fue la de cancelar todos los pedidos pendientes de armas al gobierno de los Estados Unidos. Quiso contrarrestar la publicidad adversa haciendo aparecer que el gobierno podía obtener armas en otras partes. Sin embargo, el Presidente Batista me informó en numerosas ocasiones que la suspensión de armas de parte de los Estados Unidos retardó su programa de seis meses, por lo menos, porque había que reemplazar esos pedidos con otros gobiernos. El gobierno de Cuba podía comprar material de guerra de la República Do- minicana, Inglaterra, Italia y otros países. La consecuencia fue una aglomeración de armas de diferentes tipos y de varios países,
Los revolucionarios seguían recibiendo embarques de armas de los Estados Unidos, Venezuela, México y otras naciones. Asimismo, los revolucionarios podían obtener armas de las fuerzas armadas cubanas. Algunos miembros del ejército cu- bano no tenían escrúpulo en vender las armas a los revolu- cionarios. Obtenían algunas armas mediante la captura y otras por la deserción. Los rebeldes robaban dinamita y explosivos de los campos mineros norteamericanos. Los rebeldes hacian minas terrestres y granadas de mano con los explosivos y la dinamita que robaban de las compañías norteamericanas.
Además de la suspensión de los embarques de armas a Cuba, el Departamento de Estado ejercía presión sobre el go-
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bierno de Cuba llamando su atención sobre la violación de las estipulaciones del Programa de Ayuda para la Defensa Militar con Cuba, las cuales determinaban que el uso del equi: po para cualquier otro propósito que no fuera la defensa del hemisferio necesitaba el consentimiento previo de los Estados Unidos. El gobierno norteamericano ostenía que las fuerzas armadas cubanas habían usado cierto equipo para aplastar la revuelta de Cienfuegos en septiembre de 1957.
Se ejerció presión sobre el gobierno de Cuba declarando que un batallón de infanteria, que había sido equipado gracias al Programa de Ayuda para la Defensa Militar, estaba siendo usado en la Provincia de Oriente contra las fuerzas de Castro. Cuando le pregunté al Presidente Batista sobre este respecto, dijo que era imposible en esos momentos obtener información precisa sobre el despliegue de este batallón, pues había sido absorbido por las fuerzas expedicionarias y se había desple- gado en varias unidades de combate del ejército.
Por instrucciones del Departamento de Estado, informé al Primer Ministro Gúell que mi gobierno esperaba que todo el personal equipado y entrenado de acuerdo con el Programa de Ayuda para la Defensa Militar sería retirado de la lucha contra los revolucionarios.
El Cuarto Piso del Departamento de Estado sufría la cons- tante presión de los representantes de los revolucionarios en Washington y de muchos importantes rebeldes en el exilio, Algunos de estos dirigentes revolucionarios habían sido dete- nidos alguna vez por Batista, tan sólo para salir de la prisión y que se les permitiera buscar asilo en los Estados Unidos.
- Batista se inclinaba a acceder a la presión y dejar en liber- tad a sus enemigos. En una u otra ocasión, muchos de los revo- lucionarios distinguidos habían sido aprehendidos por Batista, comprendiendo a Fidel Castro y Manuel Antonio de Varona, La libertad de Castro y sus partidarios contribuyó más tarde «+ provocar la caída de Batista. A éste lo dominaba una com- binación extraña y contradictoria de impulsos. Aunque lo consideraban un dictador cruel, en todos los años en que fue
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el poder dominante en Cuba se abolió la última pena. Fue el “salvador del pueblo cubano”, Fidel Castro, quien restable- ció la pena de muerte y la impuso de manera repugnante y excesiva a los enemigos de su revolución.
Los representantes de los revolucionarios en Washington ejercían constante presión sobre el Departamento de Estado en lo que se refiere al uso del equipo del Programa de Ayuda para la Defensa Militar en Cuba. El Departamento de Estado siguió ejerciendo presión sobre el gobierno de Cuba por lo que respecta a las violaciones de estas estipulaciones por medio de la Embajada Cubana en Washington y de la Embajada de los Estados Unidos en La Habana.
A principios de marzo de 1958 se entregó una nota formal al gobierno cubano llamando su atención sobre estas cues- tiones y pidiendo un informe. La nota puso en un aprieto al gobierno de Cuba, que deliberadamente retrasó la respuesta a la nota del gobierno de los Estados Unidos. Recibí instruc- ciones de recordársela de vez en cuando al Primer Ministro y de preguntarle cuándo podría esperar la respuesta el Depar- tamento de Estado.
En una reunión con los jefes de la misión, les pedí que evitaran toda publicidad y que se cercioraran de que no les tomaran ninguna fotografía en relación con las armas que ésta- ban en Cuba de acuerdo con el Programa de Ayuda para la Defensa Militar. Insistí en que todas sus actividades tuvieran como guía la más absoluta discreción, pues el Departamento de Estado se encontraba bajo la presión de los revolucionarios cubanos por lo que veía a las actividades de nuestras misiones. El Departamento de Estado informó a los exiliados cubanos que las misiones norteamericanas en Cuba servían para un fin muy útil y cumplían las estipulaciones del tratado, según el cual se establecieron, y su fin era el de ayudar al gobierno de Cuba a entrenar sus fuerzas militares para la defensa del hemisferio. Asimismo, se recordó a todo el personal de las misiones, comprendiendo los agregados, que no deberían acer- carse a las áreas de combate. De otra manera, acusarían a los
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Estados Unidos de estar ayudando activamente a las fuerzas del gobierno,
Tanto el Presidente Batista como el Primer Ministro Gúell me dijeron que el gobierno cubano estaba luchando por su vida misma contra los terroristas y los revolucionarios inspi- rados por los comunistas. Batista agregó que el gobierno de Cuba era amigo de los Estados Unidos y apoyaba sinceramente a este país en su lucha contra el comunismo, No podía enten- der la intervención de los Estados Unidos en favor de Castro en aquellas horas de necesidad para Batista.
El Presidente hizo observar, además, que el acuerdo del Programa de Ayuda para la Defensa Militar se había cele- brado entre Cuba y los Estados Unidos en 1952, cuando el Presidente de Cuba era el doctor Prío Socarrás y antes de que Batista tomara el poder. Las misiones militares de los Estados Unidos se establecieron un año antes de que el doctor Prio fuera Presidente.
Expliqué a Batista que las razones de que nuestro gobierno se viera obligado a suspender los embarques de armas se debían a la presión pública y a la presión de los miembros del Con- greso que no entendían que vendiéramos armas al gobierno de Cuba para ser usadas por los cubanos contra los cubanos.
En marzo de 1958, el Departamento de Estado hizo pública la suspensión del embarque de 1,950 rifles Garand. El efecto sicológico de este anuncio fue perjudicial para el gobierno de Cuba. El Primer Ministro Gúell me informó que el go- bierno cubano estaba muy preocupado por la ocasión y la necesidad de este anuncio. El Primer Ministro Gúell no creía que fuera necesario que los Estados Unidos hicieran pública esta decisión.
El Presidente Batista me informó que había sabido por sus embajadores en diversas naciones que el Departamento de Estado había persuadido a esos países a no vender armas al gobierno cubano. También a esto lo consideraba intervención en los asuntos cubanos, en favor de los terroristas. Al preguntar al Departamento de Estado, me enteré de que lo que decía
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Batista era cierto. Cuando a ciertos funcionarios del Cuarto Piso del Departamento de Estado les preguntaron los repre- sentantes de otras naciones sobre la venta de armas a Cuba, aclararon que los Estados Unidos verían con desaprobación esas ventas, aunque los Estados Unidos comprendían muy bien que la decisión final en tales cuestiones era exclusiva- mente de la jurisdicción de una nación soberana. Dicha inter- vención por insinuaciones fue parte de la campaña para pro- vocar la caída del gobierno de Batista.
La presión continuó hasta que algunos ciudadanos nor- teamericanos, comprendiendo infantes de marina y marineros, fueron secuestrados por Raúl Castro.
El 18 de marzo recibí una visita del doctor Guillermo Belt con la buena noticia de que la iglesia podría volver a entrar en escena. Su información provenía del cardenal, y el doctor Belt me informó que estaba usando su influencia para este fin.
El doctor Jorge de Cubas vino a la Embajada de los Es- tados Unidos para hacer una visita el 19 de marzo a fin de inquirir sobre la actitud del gobierno de los Estados Unidos. El doctor De Cubas era miembro de la firma de abogados Lazo y Cubas, probablemente la más distinguida y más conocida de La Habana. El doctor Cubas es un hombre de estudios, inteligente y bien informado. Esta visita era la segunda vez en que venía a verme en un periodo de tiempo relativamente corto,
En su visita previa, unos días antes, el doctor De Cubas había venido a verme para preguntar si habia algún cambio en la actitud del gobierno de los Estados Unidos. El doctor Jorge de Cubas había visitado 2 Eusebio Mujal, dirigente del movimiento obrero cubano (Confederación de Trabajadores de Cuba) y me informó que Mujal estaba muy preocupado por la actitud de la Iglesia y la actitud del gobierno de los Esta- dos Unidos hacia el gobierno de Cuba. Si la actitud del go- bierno de los Estados Unidos hacia Batista cambiaba, segu- ramente Mujal no se mantendría firme. En .nuestra primera
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entrevista, le dije al doctor De Cubas que la actitud de los Estados Unidos no había cambiado. Cuba era un gobierno arnigo, reconocido por los Estados Unidos, y continuarían nuestras relaciones amistosas, No había cambio alguno en las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Además, agregué que los Estados Unidos no cambiarían sus relaciones con un gobierno amigo tan sólo porque las circunstancias se volvie- ran insostenibles para ese gobierno.
En nuestra segunda reunión, el 19 de marzo, el doctor De Cubas me dijo que si no hubiera sido por las seguridades que le di en la entrevista anterior, Eusebio Mujal se habría ido seguramente de Cuba. Como hice observar más tarde, Ba- tista seguía en el poder porque contaba con el apoyo del ejército y los dirigentes obreros, y porque la situación econó- mica era buena. Si Mujal se hubiera ido de Cuba, se habría eliminado uno de los principales puntales que sostenían a Ba- tista, pues Mujal dominaba el movimiento obrero en favor de Batista.
Me enteré por el doctor De Cubas que el arzobispo Pérez Serantes, de la Provincia de Oriente, había celebrado una en- trevista con el Presidente Batista el día anterior. El obispo Martín Villaverde, de la Provincia de Matanzas, había hablado también con Batista y le había asegurado a éste que la Iglesia no se oponía a él, El obispo Villaverde le sugirió a Batista que se estableciera un gobierno provisional en Cuba para vigilar las elecciones generales. Para que éste tuviera éxito, el gobierno provisional debería contar con el apoyo del ejército. Batista tendría que retirarse y, según la ley, el magistrado más antiguo de la Corte Suprema encabezaría al gobierno provi- sional. Aunque Batista no quiso comprometerse, el obispo Martín Villaverde se sintió lo suficientemente alentado para pensar en una entrevista con Fidel Castro.
El doctor De Cubas me preguntó si existía alguna posi- bilidad de que yo pudiera obtener el apoyo de los Estados Unidos para este plan, Le contesté al doctor De Cubas que ya había hablado de ello con el Departamento de Estado en
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numerosas ocasiones. La decisión del Departamento era que no apoyarían a ningún plan, debido a la política de los Esta- dos Unidos de no intervención. De buena gana respaldarían un plan semejante y darían su apoyo moral, pero únicamente si tenía éxito.
El doctor De Cubas dijo que el obispo Martín Villaverde estaba dispuesto a celebrar las negociaciones como persona par- ticular, Si la misión no tenía éxito, entonces podría asumir la responsabilidad el obispo como persona particular.
Evidentemente, la Iglesia estaba dispuesta a entrar de nuevo en la escena. A la Iglesia le inquietaba la actitud adop- tada por el gobierno de los Estados Unidos. Si el gobierno de Cuba caía durante estas negociaciones, se achacaría la culpa a la Iglesia. Ésta consideraba que los Estados Unidos deberían estar dispuestos también a compartir esa responsa- bilidad.
Mientras tanto, en la embajada proseguimos nuestros pla- nes de evacuación por si derrocaban al gobierno cubano. El cónsul general Brown había hecho el plan. Bajo la vigilancia del ministro consejero Braddock se entregó cierta cantidad de carteles con la bandera norteamericana (para fijarse en las casas del personal). Obtuvimos del departamento veinticinco mil dólares en efectivo a fin de que la embajada pudiera satis- facer las necesidades de los norteamericanos en el caso de que la situación se tornara caótica.
El 29 de marzo me reuní con Stanley Fordham, embaja- dor de la Gran Bretaña, en el Biltmore Club de La Habana, y le indiqué que, en caso urgente, teníamos la esperanza de que el gobierno de la Gran Bretaña y el de los Estados Unidos crabajarían' tan unidos como gemelos siameses. La Embajada de los Estados Unidos quería que el embajador de la Gran Bretaña supiera que todos nuestros recursos estarian a su dis- posición, y le di a conocer nuestros planes.
Tuve la misma conversación con el embajador del Ca- nadá, y también de aseguré que, en caso urgente, los recursos de la Embajada de los Estados Unidos estaban a su disposición.
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La esposa del ministro consejero Braddock, la esposa de Eugene Gilmore, jefe del Departamento Económico, y mi es- posa, prepararon y mecanografiaron una serie «de planes para el caso de la evacuación urgente, los cuales deberían ser se- guidos por las esposas de los funcionarios de la embajada. El memorándum abarcaba gran parte de lo que se esperaba de las mujeres norteamericanas que se encontraban en la emba- jada, como llenar la bañera de agua, preparar de antemano la comida, permanecer en el interior, etc.
La sensación de inquietud se propagaba a todos los gru- pos. Muchos de los dirigentes sociales estaban perdiendo la confianza en que sobreviviera Batista y pensaban en buscar otro puerto. Ahora que el barco parecía irse a pique, muchos de ellos, que ocho meses antes eran entusiastas simpatizadores de Batista, empezaban a hablar claro del actual régimen.
Serafin Romualdo, dirigente obrero, legó con una dele- gación para la inauguración del Hotel Hilton. Me dijo que tenía miedo de que lo vieran con Batista porque no quería que se le considerara simpatizador ni opositor de éste. Ro- mualdo me había preguntado antes si debía asistir a la inau- guración. Le contesté que sería mejor que usara su propio juicio. De los dirigentes obreros a los dirigentes sociales, todos estaban dispuestos a abandonar el barco ahora que sentían llegar el inminente desastre.
Para el 31 de marzo, la Iglesia estaba dividida en su acti- tud a fin de obtener una solución pacífica en Cuba. El arzo- bispo de la Provincia de Oriente, Pérez Serantes, no estaba dispuesto a pedir una tregua, A pesar de ello, hizo un lla- mamiento por medio de una carta pastoral el domingo 31 de marzo, pidiendo la paz. No pedía una tregua. La mayoría de los habitantes de la Provincia de Oriente no querían una tregua. Oriente era el cuartel general de los rebeldes.
Entre el primero y el 5 de abril habían fijado los castristas la fecha para que se iniciara la huelga general, y exhortaban a todo el mundo a participar en ella, Castro habia hecho el voto de iniciar su guerra total contra Batista en ese momento.
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En La Habana, que Castro tenía que capturar para triun- far en Cuba, la situación era tensa, pero, al parecer, todavía el primero de abril era normal. Para ese día, la ciudad estaba lena de periodistas norteamericanos que esperaban la inicia- ción de la huelga general y la posibilidad de la guerra civil.
Los periodistas norteamericanos explotaban las noticias en favor de los revolucionarios y exageraban las condiciones caó- ticas de La Habana. Los barbudos rebeldes, con sus curiosos uniformes, despertaban el interés y daban mucho que escribir, pero la descripción de las condiciones caóticas en Cuba no eran exactas y aumentaron las dificultades en ese país.
Esa semana reinó la tranquilidad en La Habana, a pesar de que los castristas siguieron hostilizando a las propiedades norteamericanas. Ciento cincuenta revolucionarios armados lle- garon a las propiedades morteamericanas en la bahía de Moa y suspendieron las operaciones de la compañía minera du- rante un día, lo cual mo era muy difícil hacer ya que sólo habia entonces unos cuantos soldados. Mataron a un cabo. Ésta fue una incursión típica.
El 30 de marzo, el gobierno capturó un gran embarque de armas y también obtuvo los nombres de las personas a las que se habían enviado.
A principios de marzo había tenido yo informaciones del doctor Guillermo Belt que me hicieron creer que la huelga general no tendría éxito, El doctor Belt se enteró, gracias a una persona que ayudaba económicamente al Directorio Revo- lucionario (DR) de que el movimiento del DR había enviado decir a Castro que nombrarían al alcalde, al jefe de la policia y a los dirigentes del gobierno político de La Habana cuando terminara con éxito la huelga general.
Fidel Castro respondió que todos los nombramientos los haría él en persona y que nadie más tenía autorización para hacerlos. Los dirigentes del DR se indignaron y le dijeron a Fidel Castro que, si ésa era su actitud, no participarían en la huelga general. Desde que el movimiento del DR atacó el Palacio Presidencial en marzo de 1957, había habido celos
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entre el Movimiento 26 de Julio y el DR. Éste era otro indicio de que Fidel se proponía manejar el gobierno completamente solo y que no colaboraría con ninguna otra autoridad.
Sabía por experiencia que la información del doctor Belt era digna de confianza, por lo que pensé que la huelga gene- ral no tendría éxito. Aunque la embajada tenía pruebas de que los comunistas apoyaban activamente al Movimiento 26 de Julio en sus planes para que triunfara la huelga general, no creía yo que tendría éxito, Sin la participación del DR, la huelga no podría tener éxito en la Provincia de La Habana. Y a no ser que tuviera éxito en la Provincia de La Habana, es- taba condenada al fracaso. Nuestros pronósticos resultaron correctos.
Poco antes del 9 de abril, las fuerzas armadas de la repú- blica estaban a la defensiva. El gobierno sabía que tenía que fortalecer su posición, pues sería un error negociar con los rebeldes en una posición débil.
Entre la oposición había una división completa acerca de qué es lo que negociarían, salvo el aplazamiento de la fecha de las elecciones. El gobierno cubano, a petición de la oposición política, había adelantado la fecha de las elecciones, a fin de que pudieran hacerse los cambios debidos en el código electoral. El gobierno de Cuba aceptaría una tregua única- mente después de haber fortalecido su posición, pues no creía que los rebeldes respetarían la tregua, sino que continuaría la violencia y el sabotaje, y entonces acusarían al gobierno de violar la tregua.
La actitud por lo que ve a la aceptabilidad de la tregua dependía de cuál de los bandos tuviera la ascendencia. En ese momento particular, antes de las elecciones y antes de la huelga general, los rebeldes creían que su posición se encon- traba en un punto culminante y se sentían optimistas en cuanto a sus probabilidades de apoderarse del gobierno de Cuba. Por lo tanto, no se hallaban en estado de ánimo para discutir sobre una tregua.
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La situación de Cuba era como dejar caer soda en un vaso de agua. Burbujea un momento y luego se acaba, Cuando burbujeaba, los rebeldes parecían tener la ascendencia, Cuando se detenía, el gobierno de Cuba parecia haber recuperado el dominio de la situación.
El doctor Giiell, que también ocupaba el puesto de Primer Ministro, era un diplomático caballeroso, apacible. Declaraba estar contra la violencia y contra los dictadores, pero confesaba que a veces la policía era demasiado celosa al recurrir a la violencia. Fue desafortunado para el Ministro de Estado Gúell que aceptara el nombramiento de Batista de Primer Ministro. Este nombramiento lo sacó del mundo diplomático y lo puso al lado de Batista, con su lucha por la supervivencia política. Gúell era sincero en su creencia de que con Castro habría una dictadura izquierdista en Cuba. En lo que ve al comunismo, las palabras del Primer Ministro eran las siguientes: “Si Castro llega al poder, la situación de Cuba será peor aún que la de Guatemala, El comunismo prevalecerá.”
El doctor Giiell parecía sincero en sus seguridades de que Batista quería entregar el poder a un nuevo Presidente, ya fuera un candidato del gobierno o del partido de la oposición, el cual tendría que ser elegido por el pueblo y estar dispuesto a garantizar el desarrollo democrático normal de Cuba.
En respuesta a mi sugerencia de que el Presidente debía anunciar públicamente su intención, el doctor Gúell dijo que creía que Batista accedería.
Estuvimos de acuerdo en que esto podría lograrse haciendo que el Presidente apoyara públicamente una declaración en esos términos, que harían los cuatro partidos de coalición del gobierno. El Primer Ministro llamó más tarde por telé- fono para decir que el Presidente habia convenido en hacer dicha declaración. Batista lo hizo unos días después, pero la declaración no fue lo bastante vigorosa para ser convincente.
El Departamento de Estado me autorizó para sugerir al Presidente que invitara, además de la Iglesia, a los dirigentes políticos de la oposición y de la clase obrera y a los dirigentes
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cívicos para discutir los pasos que debían darse a fin de ase- gurar que las elecciones serian libres y abiertas. Además, me autorizaron para sugerir al Presidente que «discutiera con estos dirigentes las maneras y los medios de obtener la colabora- ción de estas diversas organizaciones con el objeto de asegurar que las elecciones serían honradas,
No cabe ninguna duda de que la decisión del Departa- mento de Estado de suspender los embarques de armas a Cuba fue el paso más eficaz que diera el Departamento para provocar la caida de Batista. Apenas pasaba día sin que el gobierno de Cuba me recordara esta cuestión,
El doctor Gmiiell insinuó afablemente que comprendía la situación embarazosa en que las criticas de la premsa y del Congreso de los Estados Unidos habían colocado al Departa- mento de Estado. Le dije que el secretario auxiliar Rubottom esperaba ser Mamado pronto ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado para explicar la política del Departa- mento de Estado con respecto a las armas. Intenté aclarar que nuestras relaciones amistosas con el gobierno de Cuba no habían cambiado,
Al informar sobre estas conversaciones al Departamento de Estado, hice el comentario de que, en mi opinión, la ma- yoría de los cubanos deseaban una solución pacífica, y que ésta era también la esperanza y el objetivo de la embajada. También recordé al Departamento de Estado que es muy difi- cil deshacerse de las dictaduras, aunque es relativamente fácil cambiar de dictadores; que el pueblo de Cuba tenía que vér- selas con un tigre y que no sería solución cambiar de tigres.
A fin de salvar las apariencias, el gobierno cubano canceló todos los pedidos de tanques, granadas y rifles, Sin embargo, deseaban saber si continuaría el embarque de partes de re: puesto.
El 3 de abril, recomendé encarecidamente al Departa- mento de Estado que se hiciera algo favorable sobre el em- barque de las partes de repuesto pedidas. Hice observar que
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la situación política de Cuba se había convertido en una guerra civil entre dos figuras dominantes, el pretendiente a dictador Castro y el dictador Batista. Recordé al departamento que estábamos pidiendo constantemente al gobierno cubano que protegiera las propiedades norteamericanas contra los esfuerzos de sabotaje de los revolucionarios y enumeré ciertas instala- ciones de los Estados Unidos que ya habían sido dañadas. Además, afirmé que los comunistas apoyaban activamente a Castro y colaboraban con su Movimiento Revolucionario en sus esfuerzos por hacer que triunfara la esperada huelga general.
Capitulo XII
LA BASE NAVAL DE GUANTÁNAMO
Fuera de los límites continentales de los Estados Unidos, una de las principales bases navales norteamericanas es la que se encuentra en la bahía de Guantánamo, en la Provincia de Oriente.
Cuando fui embajador en Cuba, había, aproximadamente, 2,500 infantes de marina y marineros en la base y más o menos 2,500 parientes de los hombres que estaban en servicio. Ade- más, la base empleaba a unos 5,000 cubanos.
El abastecimiento de agua de Guantánamo viene de una instalación en Yateras, situada en territorio cubano, a ocho kilómetros de la base. Esta instalación era propiedad de una compañía cubana y la manejaban los cubanos. El agua lle- gaba a la base mediante una cañería. La instalación estaba custodiada por soldados cubanos,
En marzo de 1958, me enteré por el comandante de la base, almirante R. B. Ellis, de que estaba muy preocupado por la seguridad de la instalación de Yateras y pedía que se comu- nicara esto al gobierno cubano, pues corrían rumores de que los revolucionarios cortarían el abastecimiento de agua da- ñando la instalación. Existía también el problema de que únicamente el personal cubano conocía el funcionamiento de la planta.
Le pedí autorización al Presidente Batista para que el comandante de la base norteamericana enviara a Yateras per-
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sonal de la base, no uniformado, a fin de que pudieran fami- liarizarse con el funcionamiento de la planta,
Batista quería la protección conjunta de la planta entre la armada de los Estados Unidos y el ejército cubano, cosa que no podíamos conceder. El Departamento de Estado deseaba aclarar que los Estados Unidos de ninguna manera violarían la soberanía de Cuba y que en ningunas circunstancias po- drían emplearse tropas norteamericanas con las tropas cubanas para proteger la instalación. Informé al Presidente que las fuerzas de los Estados Unidos no se usarían en el funciona- miento de la instalación más que en el caso de que el gobierno de Cuba no pudiera dar la protección necesaria. En el caso de que el gobierno cubano considerara necesario retirar las tropas de la instalación, le pedía permiso al Presidente para usar a los infantes de marina norteamericanos,
Quedó claramente entendido que no quedaría personal cubano en el lugar de la instalación si el comandante de la base de Guantánamo enviaba personal norteamericano.
El 4 y 5 de abril se celebraron negociaciones entre el Pri- mer Ministro Gúell y yo. Por fin llegamos a un acuerdo que permitiría a los norteamericanos aprender el manejo del acue- ducto. Los cubanos tendrían la principal responsabilidad en la protección del abastecimiento de agua. Si era necesario reti- rar las tropas cubanas en un caso urgente, los infantes de marina de los Estados Unidos tendrían de antemano autoriza- ción para encargarse de la protección de la instalación.
Me empeñé particularmente en cerciorarme de que el gobierno cubano entendía que los infantes de marina nortea- mericanos no podian pelear y no pelearian junto con las tropas cubanas. Sería éste un arreglo informal, que terminaría cuando se acabara la necesidad urgente actual. Unos días des- pués, el comandante de la base norteamericana recibió la autorización de Batista para usar a los infantes de marina en las condiciones indicadas, si se consideraba necesario.
El Departamento de Estado autorizó al comandante de la base para que asumiera la responsabilidad de proteger el abas
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tecimiento de agua de Guantánamo si el gobierno de Cuba no podía dar la protección adecuada. Con la aprobación del gobierno de Cuba, la armada de los Estados Unidos hizo arre- glos para la preparación del personal no uniformado en el funcionamiento de la planta.
En abril, Batista me dijo que las tropas lo estaban haciendo bien en la Provincia de Oriente, donde se hallaba situada la instalación de agua, y que el gobierno cubano dominaba la situación.
Para julio, dijo: “Los soldados que se encuentran en la instalación son presa fácil. Los rebeldes pueden tenderles una emboscada cuando quieran.”
A fines de julio, fueron retiradas las tropas cubanas que custodiaban la instalación. El comandante de la base naval pidió autorización para enviar infantes de marina a la insta- lación. Recibí permiso del Departamento de Estado para con- ceder dicha autorización al comandante de la base naval nor- teamericana, de acuerdo con nuestro arreglo de abril anterior. El 28 de julio, un destacamento de infantes de marina de los Estados Unidos se encargó de la instalación de agua de Yateras.
Los Estados Unidos no tenían otra alternativa. Era abso- lutamente necesario proteger el abastecimiento de agua porque había 10,000 personas que no podían conseguirla en otra parte. Además, el envio de los infantes de marina para proteger la instalación se hizo con la aprobación previa del gobierno de Cuba.
Yo tenía la creencia de que a Fidel Castro le molestaría el envío de infantes de marina norteamericanos a la instala- ción porque esto permitía que el gobierno de Cuba retirara tropas del servicio de guardia a fin de usarlas en el área de combate. Efectivamente, Fidel Castro gritó: “¡Intervención!” y exigió el retiro inmediato de las tropas norteamericanas, afirmando que los Estados Unidos estaban violando la sobe- ranía cubana. Los comunistas renovaron sus viejas acusaciones al imperialismo yanqui.
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El Departamento de Estado sucumbió a la presión de los representantes de los revolucionarios en Washington y pidió al Departamento de Marina que retirara a los imfantes de la instalación. El Departamento de Estado preparó un anuncio a la prensa anunciando el retiro de los infantes de marina.
En la noche del 30 de julio, el Primer Ministro Gúell vino a la residencia de la Embajada de los Estados Unidos para protestar contra el esperado anuncio a la prensa sobre el retiro de los infantes de marina, del cual se enteró por medio de la Embajada Cubana en Washington. El anuncio lo haría el Departamento de Estado sin informar al gobierno de Cuba. Como consecuencia de una llamada por teléfono al secretario auxiliar Rubottom, pude aplazar el anuncio del departamento hasta que el gobierno cubano fuera informado sobre la ma- nera en que estaba redactado, Esto dio al gobierno de Cuba la oportunidad de hacer un anuncio simultáneo por su cuenta para salvar las apariencias.
El 3l de julio fueron retirados nuestros infantes de marina y la instalación de agua quedó provisionalmente sin protección. El 2 de agosto, el gobierno envió nuevas tropas para protegerla, e indicó que sólo se habían usado infantes de marina norteamericanos en ella durante el intervalo nece- sario para reemplazar a los soldados cubanos. Después «del retiro de los infantes de marina, el Departamento de Estado conferenció directamente con los representantes de Castro en Washington, pidiéndoles que no estorbaran el abastecimiento de agua de la base, e hizo observar que podría haber una reac- ción desfavorable en los Estados Unidos.
El temor de que los rebeldes cortaran el abastecimiento de agua continuó durante todo el año 1958.
El Presidente Batista me aseguraba «de vez en cuando que daría la protección necesaria a la instalación. A pesar de sus seguridades, no pudo hacerlo cuando este territorio fue domi- nado por los rebeldes.
En noviembre, los rebeldes empezaron otra vez sus acti- vidades de hostilidad contra la instalación de Yateras. De
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acuerdo con la conocida táctica comunista de guerrillas, corta- ron el abastecimiento de agua durante una hora el primer día, dos horas el segundo día y tres horas el tercer día. El coman. dante de la base naval norteamericana me pidió autorización para enviar infantes de marina a Yateras. Inmediatamente envié esta petición al Departamento de Estado, apoyando las recomendaciones y comunicando al Departamento que Batista había aprobado nuestra solicitud de enviar infantes de ma- rina a la instalación hasta que él pudiera proporcionar tropas cubanas. Pedí la autorización del Departamento de Estado para aprobar la petición del comandante de la base naval si había nuevas interrupciones del abastecimiento de agua.
El Departamento de Estado, mediante sus relaciones con los revolucionarios en Washington, nuevamente instó a Castro a no reanudar estos actos hostiles e irresponsables. El Depar- tamento de Estado procuraba todavía incitar el sentido de res- ponsabilidad entre los dirigentes revolucionarios.
El Presidente Batista dijo que tenía tres alternativas. Pre- guntó cuál de las tres recomendábamos:
a) Dejar sin protección la instalación.
bj) Proteger la instalación conjuntamente con infantes de marina norteamericanos y tropas cubanas,
c) Destinar aproximadamente a cincuenta soldados para ser sacrificados.
El Departamento de Estado contestó que informara al Presidente Batista que debía escoger la alternativa cj Batista me dijo que enviaría tropas navales a la instalación y solicitó permiso para desembarcar a los infantes de marina cubanos en la base naval a fin de enviarlos a la instalación de agua. Yo no podía acceder a esta petición, pues los Estados Unidos quedarían en la situación comprometedora «de estar ayudando activamente al gobierno de Cuba.
Por fortuna, las fuerzas de Castro no cortaron nueva: mente el agua, por lo que no fue necesario hacer nada más.
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Estos actos irresponsables de los revolucionarios para hostili- zar a los Estados Unidos estaban inspirados por los comu- nistas y eran típicos de las maquinaciones de Raúl Castro.
El uso de los infantes de marina norteamericanos para servicio de protección en territorio cubano planteaba un deli- cado problema para el Departamento de Estado, aun cuando nuestros infantes fueran invitados por el gobierno cubano para proteger el abastecimiento de agua que era indispensable para la vida de 10,000 seres humanos.
A los revolucionarios les divertía imsultar, atormentar y hostigar a los Estados Unidos porque parecían considerar que no haríamos nada para dañar a la revolución,
Capitulo XIV
INTERVENCIÓN NORTEAMERICANA Y CAÍDA DE BATISTA
Lo que hacían cotidianamente los del Cuarto Piso del Departamento de Estado determinaba la politica exterior lati- noamericana de los Estados Unidos por lo que veía a Cuba. Estos funcionarios procuraban complacer a la opinión liberal norteamericana, a veces a riesgo de sacrificar la dignidad norteamericana.
Enumeré algunos de los actos cotidianos de los del Guarto Piso del Departamento de Estado que determinaron la polí- tica exterior de los Estados Unidos hacia Cuba (no están enumerados en el orden de su importancia):
1) Suspensión de la venta de armas y municiones al gobierno de Cuba, la cual tuvo un devastador efecto sicológico en quienes apo- yaban al gobierno cubano. Por otra parte, este acto tuvo un Bran efecto sicológico de aliento para los partidarios de Castro. Obligó a Batista a buscar armas en otra parte, lo cual entrañaba gran retraso. Además, la negativa de los Estados Unidos hacía difícil que Cuba obtuviera armas de otras naciones.
9) Negativa a cumplir los pedidos de armas pendientes, que habían sido pagados previamente.
3) Suspensión del embarque de todas las partes de repuesto para el equipo de combate.
4) Consejo al Departamento de Defensa de no embarcar equipo militar que pudiera ser causa de polémicas,
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5) El no cumplir muestra promesa de entregar veinte carros blindados.
6) El no cumplir nuestra promesa de entregar quince aeroplanos de instrucción.
7) El hacer declaraciones públicas que dañaban al gobierno cu- bano, ayudaban a los rebeldes y no ayudaban a los Estados Unidos, como el dar a la publicidad la suspensión del embarque de 1,950 rifles Garand; el dar a la publicidad la noticia de la suspensión del embarque de equipo del Programa de Ayuda para la Defensa Militar; el dar a la publicidad la noticia de que los Estados Unidos no envia- rían armas ni al gobierno cubano ni a los rebeldes. Con esto, el personal subalterno del Departamento de Estado creó la impresión en el público de que los Estados Unidos reconocían a los revolucionarios como beligerantes.
8) Intervención por ¡nsinuaciones: el persuadir a otros gobier- nos de que no vendieran armas al gobierno cubano.
9) El no permitir que los oficiales de los servicios militares, agregados a los grupos consejeros de Ayuda Militar, cumplieran debi- damente sus funciones, según do estipulaba el Programa de Ayuda para la Defensa Militar; es decir, el reprimir todas las actividades que pudieran considerarse ofensivas para los revolucionarios.
10) El ejercer presión sobre el gobierno de Cuba llamando conti- nuamente su atención sobre la violación de las estipulaciones del Pro- grama de Ayuda para la Defensa Militar con Cuba, el cual determinaba que el equipo militar no podría usarse para otros fines que no fueran la defensa del hemisferio sin el consentimiento previo de los Estados Unidos.
11) El ejercer presión sobre el gobierno cubano afirmando repe- tidamente que el batallón de infantería que hábía sido equipado de acuerdo con el Programa de Ayuda para la Defensa Militar, estaba siendo empleado para suprimir la rebelión en la Provincia de Oriente, e intentando luego obligar al gobierno a dispersar y retirar a este batallón de infantería del servicio activo.
12) El pedir al gobierno de Cuba que retirara de la zona de combate todo el equipo del Programa de Ayuda para la Defensa Mili- tar y el personal entrenado.
13) El poner en un predicamento al gobierno de Cuba entre- gando una nota formal en marzo de 1958, en la que se llamaba su atención sobre estas cuestiones y se pedía un informe.
14) El no ejercer suficiente presión sobre el Departamento de Justicia para hacer cumplir nuestras leyes de neutralidad.
15) El permitir que el doctor Carlos Prío Socarrás y sus parti- darios violaran las leyes de neutralidad de los Estados Unidos. Al doctor
INTERVENCIÓN NORTEAMERICANA Y CAÍDA DE BATISTA 121
Prío Socarrás se le permitió entrar en los Estados Unidos en la prima- vera de 1956 de manera condicional, Se convino en que, si violaba las leyes norteamericanas, automáticamente terminaría su derecho a permanecer en territorio norteamericano. Según el acuerdo, podía haber sido expulsado de los Estados Unidos. Batista estaba convencido de que el doctor Prío y sus agentes eran la principal fuente de abaste- cimiento de armas, municiones y soldados para la Sierra Maestra. No se obtuvo el enjuiciamiento del doctor Prío hasta mediados de febrero de 1958, y salió inmediatamente libre bajo fianza. Las actividades del doctor Prío eran motivo de grave preocupación para el Presidente Batista. Éste me dijo en numerosas ocasiones que si los Estados Unidos reprimían las actividades del doctor Prío, él podría derrotar a Fidel Castro.
16) El pedir al Departamento de Inmigración que fuera indul- gente con ciertos exiliados revolucionarios cubanos, permitiéndoles pro- longar su visita a los Estados Unidos,
17) El mantener relaciones amistosas con los representantes de los revolucionarios, con lo que daban oídos y aliento a quienes abo- gaban abiertamente por el derrocamiento del gobierno cubano.
18) El permitir que los simpatizadores y partidarios de Castro en los Estados Unidos formaran grupos y organizaciones que se dedi- caban a reunir fondos y a hacer propaganda abiertamente.
19) El poner en un predicamento al gobierno de Cuba dándome instrucciones de obtener seguridades de que el gobierno cubano no dejaría caer bombas sobre las ciudades cubanas donde se hallaban los rebeldes, y que los bombarderos del Programa de Ayuda Militar usaran bombas sin metralla.
20): El mantener relaciones estrechas con Herbert Matthews, del New York Times, quien daba la impresión en sus editoriales de abogar por la caída de Batista.
El 8 de septiembre de 1960 se produjo el siguiente diálogo cuando William D. Pawley, ex embajador de los Estados Uni- dos en el Perú, declaró ante un subcomité del Senado de los Estados Unidos para investigar la “Amenaza Comunista en el Caribe”:
Señor J. G. Sourwine (primer asesor): Señor embajador, en su testimonio nos ha dicho que creía que gran parte de la política res- pecto a la América Latina se había hecho en el Departamento de
Estado, no en el nivel superior, sino en un nivel inferior. Según lo explicó usted, se hace en el cuarto piso, y no en el quinto,
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¿Tiene usted alguna duda de que esta situación afecta a la segu- ridad interior de los Estados Unidos?
Señor Pawley: Sí, creo que tiene influencia directa en la segu- ridad de esta nación.
El 12 de junio de 1961, Robert €. Hill, ex embajador de los Estados Unidos en México, en Costa Rica y en El Sal- vador, y también ex Secretario Auxiliar de Estado encargado de las Relaciones con el Congreso, declaró lo siguiente ante el subcomité del Senado de los Estados Unidos para investi- gar la “Amenaza Comunista en los Estados Unidos en el Caribe”:
El presidente (senador Eastland): Entonces, ¿quiere usted decir que todos los informes de la CIA y de otros órganos en 1957 y 1958, antes de que Castro tomara el poder en Cuba, indicaban que era pro-comunista?
Señor Hill: No quiero decir que lo indicaran todos los informes del servicio de inteligencia, senador Eastland, sino que, como ya dije, los representantes de la inteligencia de los Estados Unidos que estaban comisionados en México me llamaron la atención sobre Castro y sus afiliaciones. Empezaron a hablarme de Castro y el problema a principios de 1957. Yo estaba muy ocupado empezando a trabajar en México como embajador, y transcurrió gran parte de 1957 antes de que pu- diera examinar los sucesos cubanos en relación con el señor Castro. Los informes del servicio de inteligencia de nuestra embajada empe- zaróon a acumularse en 1958, y en 1959, mostrando cada vez más indicios de comunismo, de pro-cormunismo, y de que los comunistas rodeaban a Fidel Castro en Cuba.
El Presidente: Es cierto. Se reunieron antes de que tomara el poder en 1959, los informes de que era pro-comunista y estaba rodeado de comunistas.
Ahora, la pregunta que voy a hacerle es la siguiente: ¿No tenía usted la opinión de que la oficina del Caribe del Departamento de Estado de los Estados Unidos era simpatizadora de Castro?
Señor Hill: ¿Antes de que fuera yo a México?
El Presidente: ¿Dice usted?
Señor Hill: Recuerdo el hecho de que en la primavera de 1957, Earl Smith, que fue a Cuba como embajador, vino a mi oficina y me pidió hablar conmigo acerca de sus preparativos para su puesto en Cuba.
INTERVENCIÓN NORTEAMERICANA Y CAIDA DE BATISTA 123
Había conocido al embajador Smith en las convenciones repu- blicanas que se celebraron en Chicago y San Francisco, En realidad, trabajé con él en 1956 en San Francisco, en problemas de la política exterior,
Le dije: “Earl, lamento que vayas 2 Cuba. Tal vez te interese saber que a Cheap Bohlen lo iban a mandar allá,” Esto lo sorprendió. “ «Quieres decir que al embajador Bohlen lo iban a cambiar de Moscú a La Habana?” Respondí: “Eso era lo que se pensaba hace algunos meses. Luego, el Presidente y el secretario Dulles decidieron enviarlo a Manila. Te envían a Cuba para presidir la caída de Batista. Se ha tomado la decisión de que Batista tiene que desaparecer. Necesitas andar con mucho cuidado.”
El Presidente: ¿Dónde se tomó la decisión?
Señor Hill: Me refiero a los corredores del Departamento de Es- tado, senador,
El Presidente: Pero, ¿usted tenía la opinión de que el Departa- mento de Estado había tomado la decisión de que Batista tenía que desaparecer?
Señor Hill: No me refiero a la decisión en el nivel superior, sino en el inferior,
El Presidente: Le pregunté sobre la sección del Caribe.
Señor Hill: Se sabía en el Departamento de Estado que Batista tenía que desaparecer. Se lo dije al embajador Smith.
El Presidente: ¿Que Castro tomaría el poder?
Señor Hill: Así es. Le dije al embajador Smith que debía pedirle al Secretario de Estado que le permitiera llevar a La Habana hombres en los que tuviera confianza, comprendiendo su ministro, porque si no tenía cuidado, se arruinaría su reputación. Recuerdo que almorza- mos en el Chevvy Chase Club con mi esposa. En ese momento me preguntó si tenía algunas sugerencias que hacerle respecto a quiénes podrían ocupar el puesto de ministro en la embajada de La Habana. Le di los nombres de los funcionarios del servicio exterior que, a mi juicio, podían ayudarle y conocían esa región. Ninguno de ellos quiso aceptar el puesto. Algunos me dijeron en confianza: “No quiero ir a La Habana porque Castro va a tomar el poder.” Me dijeron que iba a haber problemas muy graves allá. Dijeron que tenían hijos pequeños y no querían verse complicados.
Además, le dije al embajador Smith que no saliera de la emba- jada. Le dije: “Procura estar cerca de tu residencia en la cancillería hasta que sepas qué es lo que está pasando en La Habana. No viajes fuera de la región de la capital.” Traté de ayudarlo cuanto me fue posible.
124 EARL E. T. SMITH
Mi predecesor como embajador de los Estados Unidos en Cuba, Arthur Gardner, declaró el 27 de agosto de 1960, ante el mismo subcomité del Senado de los Estados Unidos, que “durante dos años los Estados Unidos hicieron que Batista sintiera poco a poco que lo estábamos abandonando”, y que a él (Gardner), el Departamento de Estado mo le había hecho caso, se había desentendido de él y había salvado su conducto.
El 17 de julio de 1959, Spruile Braden (ex embajador en Colombia, Cuba y Argentina, y ex secretario auxiliar de Estado para los Asuntos de las Repúblicas Americanas, de- claró también: “A principios o mediados de 1957 concedí una entrevista a Human Events, en la cual hablé de ciertas acti- vidades de Fidel Castro —hoy Primer Ministro de Cuba—, actividades relacionadas con las imsurrecciones inspiradas por los comunistas en Bogotá durante la Conferencia Panameri- cana que se celebró en esa ciudad en abril de 1948, y declaré que era comunista o instrumento de los comunistas, y que su victoria traería el caos político y económico y la<